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Al teléfono con Cecilia, La Incomparable

Al teléfono con Cecilia, La Incomparable

cecilia, la incomparable

Semanas ajetreadas para Cecilia, La Incomparable. Mientras pasa sus días de encierro por la cuarentena ensayando sus canciones, también contesta entrevistas y llamadas telefónicas por su postulación al Premio Nacional de Música de este año. Una de esas llamadas fue la nuestra.


Una de las actividades preferidas de Cecilia durante el encierro debido a la pandemia es seguir tocando música. Pasa las tardes con su guitarra “y también ensayo con mis backgrounds”, dice. “Hay unas cosas que tengo que grabar en el estudio de Carlos Corales, lo quiero terminar ya, para dejar una música para cuando me vaya”, responde al otro lado del teléfono.

Su pasado reciente ha estado lleno de días ajetreados y emocionantes. Hace una semana se elevó una petición desde La Matria, para postular a La Incomparable al Premio Nacional de Música, con la que se alcanzaron más de once mil firmas. “Fue todo de repente, me dejó para adentro todo. Me siento maravillosamente, ya con eso me siento emocionada, que haya tanta gente que quieren postularme al premio, fantástico”.  

“Una guitarra muy charcha”

Para Cecilia, sus inicios están indudablemente marcados por la figura y la música de Elvis Presley, pero también Bill Halley y Aretha Franklin. “Toda esa gente top”, dice, “porque de ahí salían las grandes voces de Chile, como Luz Eliana, maravillosa”. Luz Eliana que fue incluso comparada con Ella Fitzgerald, a raíz de su registro grave y la improvisación vocal que realizaba. Una de sus primeras grabaciones fue ‘Lullaby Of Birdland’, antes registrada por la estadounidense en el año 1954.

“Ahí me meto yo en la lista”, dice Cecilia.

Y vaya que se metió. Desde un inicio fue una singularidad dentro de la piscina de estrellas de la Nueva Ola. Pero la música estuvo presente desde mucho antes de 1962, el año en que despegó como solista. “Sabes tú que el precedente que no puedo dejar de reconocer es a Los de Tomé. Yo hacía la voz primera ahí. Grabábamos en los estudios de RCA. Ahí otra chica nos acompañaba y hacíamos voces, era caperuza para hacer voces ella. Tengo un grato recuerdo y los agradecimientos también, porque yo empecé con ellos. Luego grabé yo sola con Los Singers”, el grupo de apoyo vocal que la acompañó en su primer trabajo en solitario. 

Y ¿por qué solista?, pregunto.  “Javierita, el director de Odeón, hoy EMI, determinó que yo iba a ser solista”, responde. Esa persona se llama Rubén Nouzeilles. 

Pero antes de Odeón y antes de Los de Tomé, la música vivía en Cecilia. De nuevo volvemos a hablar de Elvis, de Aretha. “Eso es lo que yo escuchaba y aprendí a tocar guitarra con una muy charcha, mala, mala. No sé cómo le busqué el ajuste y afiné mi oído musical, que es bastante amplio”, reconoce. 

“En Chile las salas de grabaciones eran muy escuálidas de instrumentación en ese tiempo, hasta que uno mandó a comprar máquinas buenas para hacer ocho pistas. Ahí grabamos Violeta, yo, Los Huasos Quincheros y… puta, ya ni me acuerdo, hueón, ja, ja, ja ja”, se ríe un buen rato de sí misma y, según ella, una mala memoria que a mi parecer está intacta. 

“Ahí se grababa, esperaba que Violeta se desocupara y entraba yo. Claro que hablábamos en un intermedio que hacíamos. Fue una época muy bonita, mija. sana. No había envidia, nada, solamente el deseo de cantar”. 

Poco se ha hablado y hasta registrado sobre la relación entre Violeta Parra y Cecilia. Dos aproximaciones al arte estéticamente muy diferentes, pero en esencia ¿también lo eran? Por lo que cuenta Cecilia, al parecer, no. “Nuestros encuentros eran maravillosos. Ella tenía tres canciones que desgraciadamente no las fui a buscar en el momento de su tragedia. En honor a Violeta me tomé la atribución, con permiso de su hija Isabel, y grabé ‘Gracias a la vida’ con una gran orquesta, al igual que ‘Plegaria a un labrador’, Javierita. ¿Has escuchado mis versiones?. Encuentro hermoso todo lo que conversábamos de música, cómo vivíamos, las cosas que hacía ella en su vida cotidiana, que era muy interesante. Era muy linda la Violeta, sí, de alma”. 

Una mujer muy joven, en plenos años sesenta, tomó un himno poderoso escrito por otra mujer y lo hizo suyo. En sus términos, desde su manera de concebir las melodías. Y asi nació junto a Valentín Trujillo como arreglista, una nueva aproximación a la canción, con la influencia de ‘Take five’ de Dave Rubreck. 

Su relación con Violeta Parra es algo que merece un registro más allá de lo anecdótico, sobre todo porque la misma Cecilia explica que “prácticamente no había tantas músicas y, las que existíamos, nos relacionamos más con músicos. Creo que después ya empezamos a sentar más cabeza y empecé a estudiar música. Pero ahora empiezan a florecer recién músicas mujeres, te lo digo y a nivel internacional también, directoras orquestales, jovencitas y aquí también. Me parece maravilloso pues, hija”. 

“Que escuchen”

“Yo siempre he compuesto canciones. A todas mis canciones yo les hacia los montajes como autodidacta ¡Yo tengo un sistema!”, dice. Pero se niega, entre risas, a revelarlo. “¡Ja, ja, ja es secretooooo!”, responde. “Yo elijo al director y le digo hágame esto, pero yo hago el montaje, tengo el estilo, tengo la creatividad, tengo todo”, explica. 

Esa respuesta me hizo pensar en otra música, en otra entrevista, otra conversación. Cuando entrevisté a Mon Laferte para mi libro Amigas de lo Ajeno, conversamos sobre lo que significa para una música trabajar con un productor o un equipo. Y aparece nuevamente la confirmación: las redes que nos conectan con otras en esta piscina de agua sucia llamada patriarcado, supera cualquier límite del espacio o tiempo. 

El 9 de noviembre del 2018, Mon Laferte lanzó Norma, posiblemente su mejor disco a la fecha de publicación de este libro, donde se muestra como una artista poderosa y libre, buscando en las raíces de la música latina más variada, la manera de contar un relato. Ese mismo día el diario La Tercera publicaba una nota titulada “La figura del rock detrás del nuevo disco de Mon Laferte” y tres días más tarde, en La Razón de México se publicaba el titular “Mon Laferte graba Norma en una sola toma como Sinatra”.

“Tengo cinco discos y todas las canciones son mías. Siempre hay una necesidad de decir «ok, hay un hombre participando, entonces la pega se la hizo el hombre» (…) “Una aprende”, dice Mon. “Por ejemplo, yo he tenido que aprender en el camino a ser líder, tomar decisiones y también a escuchar y a trabajar en colaboración. No tiene nada de malo decir “oye sí, me ayudó mucho Juanito, porque aprendí de él esto”, pero eso también no quita que sean tus ideas, tu proyecto, que es tu voz. A mí más que molestarme, me entristece que todavía el mundo funcione de esa manera, donde se crea que siempre tiene que haber un hombre haciéndole el trabajo a una mujer”.

Cecilia quiere que las nuevas generaciones de mujeres simplemente se atrevan. “Que escriban canciones, como autodidacta y que estudien música, por último las cosas básicas, pero que salgan adelante, que escuchen. Que sean creativas. Que perseveren. ay, Javierita…”.

“Yo también tengo un corazoncito, pues”

Algo de lo que sí se ha escrito es sobre cómo Cecilia, simplemente existiendo y tomando las decisiones con las que se sentía cómoda para llevar su carrera, derribó estereotipos en la época de la Nueva Ola. “Sí, era muy diferente a todos los demás. Mis músicos, mi pantalón arriba del escenario… los trajes con cremallera, con el pelo corto. Eso sí yo lo veo yo ahora. Yo me presenté de forma natural así, pero fue muy ingenuo de mi parte también, no era planificado. A mí me gustaba estar con pantalones, porque me desplazaba mejor, y cantando en un escenario, más todavía. Y me gustaba salir con buzo, con un gorrito y todas esas cosas mononas”, dice. 

Cree que indirectamente puede haber influido Elvis Presley, “pero igual, nada que ver, muy lejano. En Latinoamérica, nadie”, dice. “Todas salían con esos visones largos. Yo no me hubiese atrevido a salir con visón, te digo, ja, ja, ja. Yo como mujer arriba del escenario, la verdad es que no me importaban los comentarios ni nada de esas cosas. No les hacía caso. Mi papá me acompañó siempre, gracias a dios, fue un gran maestro y apoyo”. 

Inevitablemente, ese reconocimiento a su padre, una persona que la acompañó en su libertad, me hace pensar en lo importante que son las redes de apoyo. Ningún ser humano está hecho para resistir solo. En este caso fue un padre, pero muchas veces son otras personas: madres, amigas, compañeras o compañeros de oficio. ¿De cuánto talento y arte nos habremos privado por la inexistencia de redes? De contención. De un apoyo que “te deje ser”, como dice Cecilia. 

El concepto de fama va mutando con el tiempo, tanto para nosotres, simples espectadores, como -me imagino- también para una artista con décadas de carrera. Se lo pregunto. Ella me responde que sí, que ha cambiado. “La fama se transforma en icono y llegar a ese punto es muy bonito, es muy bueno”. Le pregunto también sobre ser parte de la memoria musical de muchas generaciones. Y ella solo responde con una palabra, al inicio: “Felicidad”. “Yo me siento feliz con eso, que tus abuelitos, tus papás, tu familia haya escuchado cantar a una niña de tan pocos años, eso me impresiona. Yo también tengo un corazoncito, pues”, continúa.

Hablamos de ‘Puré de papas’, una de las canciones más brillantes y alegres del cancionero chileno. “Cuando yo canté ese tema era muy jovencita, tenía unos 18 años más o menos, muy jovencita. Es una canción muy divertida y a todos les llamaba la atención, ahí llegaban… este es un tema americano traducido no sé por cual señor al español y esa traducción yo la canté. Los montajes los hago yo, eso sí”. 

“En cada canción, en cada interpretación, hay una historia en mi vida”, me dice. Y yo no puedo evitar preguntarle cuál es la canción que más le costó hacer. “Uy, nunca me habían hecho esa pregunta, Javierita. ¡Justamente ‘Puré de papas’! Porque tú escuchas la original en inglés y otra gente que la sacaba en castellano, no tenía nada que ver a lo mío y eso es un logro para mí. ‘Baño de mar a medianoche’ no fue nada de fácil tampoco. Yo le hice muchos cambios y al escuchar el montaje que hice, en instrumentación, me impactó mucho  y eso fue muy grande para mí, cuando la acompañó la sinfónica”. 

En este punto, la conversación se va hacia cualquier parte. Figuramos más como conversadoras que como entrevistadora y entrevistada. Hablamos de música, le hablo de mis tías abuelas fanáticas y algunos episodios familiares marcados con sus canciones. No puedo evitarlo, porque me pregunta y quiere saber más. Quién soy yo para llevar la contraria. Antes de cortar, eso sí, me cuenta que le encanta el reggae. “Me encanta. Siempre me ha gustado. El reggaetón hasta por ahí no más. Es que a mí me gustan las melodías, mijita. El reggae es maravilloso, es muy sabroso, muy cándido y llevador, es muy íntimo”. 

Se ríe y se despide. 

“Llámame cuando gustes, mijita”.