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Amistades peligrosas

Amistades peligrosas

Por Francisca Julve, Melissa Gutiérrez, Maritza Piña,  Betania Bunster y Myriam Aravena.

 “Estaba de vacaciones con varios amigos hombres, cuando en mi pieza uno se tiró encima mío. Bromeaba con que me iba a violar, que quería tirar conmigo. Le dije que parara, pero él siguió aplastándome, sin dejarme salir. Los demás miraban y se reían. Quizás se sintieron incómodos, pero nadie hizo nada por sacarlo o ayudarme. Sentí miedo y desesperación de que estuviera hablando en serio o que mi voluntad por zafarme no fuera suficiente contra el peso de su cuerpo. Cuando me soltó, no supe cómo reaccionar. A pesar de mi enojo y lo horrible que me había sentido, lo dejé pasar porque era una ‘broma’. Sólo ahora entiendo que eso fue violencia. Siento rabia con él y con una sociedad que nos hace sentir que no tenemos derecho a enojarnos cuando somos vulneradas”. (Testimonio de cultura de la violación).

La violencia de género en la pareja se ha instalado en la discusión pública. Hemos tenido varias campañas de concientización y, si bien es cierto, falta mucho camino por recorrer en ese ámbito, creemos que vale la pena ir más allá y levantar la pregunta: ¿Qué pasa con la violencia de género entre amigos?

La violencia de género está en todas partes. Desde que nacemos y se nos impone un estereotipo de género hasta que envejecemos empobrecidas por pensiones injustas y sin la valoración adecuada al trabajo no remunerado del hogar. Y eso es la punta del iceberg: todavía hay muchos tipos de violencias invisibilizadas porque el patriarcado es un sistema social, político, económico y cultural que permea todas las relaciones sociales e incluso a nosotras mismas. Por eso es tan importante que partamos por reconocer nuestras propias actitudes machistas y tratemos de cambiarlas para vivir relaciones más sanas.

Las feministas que escribimos esta columna nos hemos dado cuenta, con mucha pena, cómo el machismo fue minando algunas de nuestras relaciones de amistad y lo queremos contar como una forma de advertencia y un llamado a la reflexión para otras feministas.

“A él no le gustó la columna que una amiga feminista había escrito y no encontró nada mejor que pedirme explicaciones a mí. Como era un amigo muy querido, traté de evitar el tema. En una segunda junta, lo volvió a sacar. No quería hablar de eso porque sabía que íbamos a discutir. Contesté con monosílabos, le pedí que, por favor, cambiáramos de tema. Se lo pedí, no una, sino varias veces, pero él insistió. Me sentí muy mal, mal de que no me tomara en cuenta, mal de que no le importara, mal sobre todo porque era mi amigo el que me estaba haciendo esto. Para más remate cuando le dije, llorando, que el tema me afectaba que por favor parara, me dijo que no debería sentirme así, que no era para tanto”. (Testimonio de gaslighting).

La primera reacción ante una situación de violencia que proviene de alguien muy cercano y muy querido es invisibilizarla y/o naturalizarla. “No, si son tallas que nos tiramos entre nosotros no más”; “Es que él es así”; “¡Obvio que lo dice en broma! Lo que pasa es que tiene humor negro”; “Ha tenido un montón de atados en su vida, está dañado”; “Si igual es buena persona, en el fondo”.

Siempre tenemos excusas para el resto y reproches o dudas para nosotras mismas. Hemos crecido en una sociedad que mira en menos nuestros puntos de vista y nuestros sentimientos y que nos cuestiona cuando nos atrevemos a exponerlos libremente. Por eso no es de extrañar que siempre ronden en nuestra cabeza preguntas como “¿no le estaré poniendo color?”, “¿será para tanto?”.

“Bastó una publicación atacando dichos machistas en mi Facebook para que saltara la ventanita del chat con un argumento de por qué mi feminismo no era necesario. Me disculpé por si se había sentido agredido, pero él siguió haciéndome entender que era yo la que no captaba bien, que no necesitaba ser feminista porque el problema no era el patriarcado, sino la tontera humana, la falta de sentido común nomás. Me hizo sentir que al expresar mis ideas con pasión fui histérica y feminazi. Y que luego, al tratar de entender su punto de vista, fui condescendiente, por ofrecerle tomarnos un café para debatir un tema que excedía una conversación por chat. No hablamos hace semanas. A veces me dan ganas de conversar, pero no sé cómo volver a conectar. A veces me siento culpable y me pillo analizando todo otra vez para cachar dónde me equivoqué. No entiendo por qué lo quiero justificar”. (Testimonio de mansplaining)

Somos feministas, participamos en una organización feminista. Muy de pecho inflado decimos que ante una relación de pareja jamás soportaríamos actitudes machistas y violentas. Sin embargo, de repente nos dimos cuenta, con dolor, de que no somos tan pulentas como creíamos: habíamos soportado muchísimas actitudes machistas de amigos, en silencio, o incluso riendo.

Soportamos comentarios y juicios sobre nuestros cuerpos, soportamos chistes sobre mujeres histéricas, putas y violaciones, soportamos que nos digan que lo que pensamos y sentimos en realidad no es tan importante. Aprendemos a callarnos cuando nos pasan a llevar por miedo a que ellos se ofendan, se nos tilde de histéricas o “meemos el asado” poniéndonos serias cuando es un momento de pasarlo bien. Entonces, ¿ellos no más pueden pasarlo bien? ¿Mejor quedarse piolita? Si toda la vida nos han enseñado a no molestar ¿Cómo no vamos a dudar de nuestros sentimientos? ¿Qué nos queda para defendernos?

“Estaba en un matrimonio familiar y siento que me agarran el poto con firmeza. ‘La mansa raja que te gastai, prima’. Un primo riéndose y tocándome al lado de su polola, buscando que ella estuviera de acuerdo. ‘Ya oh, córtala weón’, dije riendo incómoda. Volvió a hacerlo. Quería mandarlo a la chucha, pero tampoco quería hacer una escena. No hice nada más que alejarme”. (Testimonio de cosificación)

En el fondo, todas las formas de violencia hacia las mujeres significan quitarnos nuestra humanidad: nos convierten en cosas, en caricaturas o simplemente no nos ven, invalidando nuestras opiniones y sentimientos, anulándonos como personas.

Hemos querido exponer esto porque, al igual que muchas formas de violencia hacia las mujeres, creemos que no somos las únicas a las que les pasa. Todavía es una conversación silenciada, porque nadie quiere que le digan que le está poniendo color y se burlen de nosotras. Menos aún, nadie quiere perder un amigo, pero creemos que es necesario abrir la discusión porque se trata de violencias pequeñas, diarias y soterradas, que preferimos pasar por alto porque siempre hay una violencia mayor de la que ocuparse. Pero si hay algo que el feminismo nos ha enseñado es que no sacamos nada con combatir las grandes violencias si al mismo tiempo no lo hacemos con las pequeñas, porque son esas las que sustentan día a día un sistema opresor.

“Tenía un compañero de pega con el que hice buenas migas por nuestros intereses comunes, incluido el feminismo. No sé si de repente empezó a hacerlo o sólo me demoré en darme cuenta, pero era el típico hombre que hace mansplaining disfrazado de ‘es que yo soy demasiado crítico y sospecho de todo’. El ejemplo más evidente fue una vez que le conté que había leído un estudio que decía que hay 14 veces más muertes por parto que por aborto legal. ‘No creeeeo’, me dijo. Le expliqué que no era una creencia, sino un hecho y le mandé el link del estudio. Menos de 5 minutos después me dice: ‘ya, pero es tendencioso porque hay más partos que abortos’. Ni siquiera había leído el abstract porque el estudio estaba basado en la misma cantidad de partos y abortos. Por cosas como esta, me fui alejando”. (Testimonio de mansplaining)

El patriarcado se sustenta en relaciones basadas en la subordinación de las mujeres y su invalidación como seres humanos, iguales en dignidad y derechos. Cambiar de raíz esto significa partir por repensarnos a nosotras mismas y las relaciones que establecemos, construyendo nuevas relaciones basadas en el respeto y la igualdad.

Con esta columna queremos abrir la conversación, que nos cuenten experiencias que ustedes hayan tenido ¿Se han sentido cosificadas por sus amigos? ¿Se han sentido incómodas por cómo hablan de las mujeres o del feminismo? ¿Se han sentido pasadas a llevar o no escuchadas en sus puntos de vista? ¡Cuéntennos y luchemos juntas!

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  • Gracias! Por escribir sobre este tema porque coincidió en que este tema lo he pensado durante ya semanas y ando con rabia porque hasta en una carrera de diseño el machismo existe y en mis pares. Con contarte que una vez, estábamos en una comuna no muy buena con dos de mis compañeros trabajando, ya era tarde y para irme a mi casa debía irme en micro y yo me cuiso ene en ese aspecto. Me fui sola al paradero ya que, estaban trabajando en este ramo, llegue al paradero y pasaban los minutos… Paro un auto con dos flaites adentro, me miraron y dijeron: “igual te gusta el pico maraca culia” me dio vergüenza, rabia y pena porque había gente ¿y tu creí que hicieron algo? Nopo, a mi me miraron como bicho raro y todo por andar con short! Al día siguiente les comente a mis compañeros:
    -para la otra porfa vayan a dejarme al paradero, me gritaron weas feas.
    -y que te dijeron?
    -igual te gusta el pico maraca culia.
    – jajajajajajajajajajajaja ya pero si fue eso no más
    Cuento corto me enoje.
    Giles culiaos, perdonando la expresión pero siempre he sido atenta, soy buena amiga y me dicen esto?
    Hay otras cosas que tambien me enfurencen pero son historias que tengo que enumerar y ya recordar.
    Sigue así!!!

  • Que un hombre opine sobre algo o critique el feminismo (nada es perfecto), es calificado de inmediato como mansplaining?

  • Sí si no es una opinión coincidente. Lo bueno es que como las feministas siempre dicen que lo son, puedes omitir activamente tu opinión y ahorrarte problemas. Ahora me pregunto si dar tu opinión entre hombres igual es mansplaining (?)

  • Pasa caleta eso con amigos o con conocidos, en carretes, etc. Pero quiero discutir un punto, en general, siento que tomamos una postura estricta, en la que si descubrimos actitudes machistas en nuestros pares nos desilusionamos y nos alejamos (como algunos de los testimonios que mencionan) y hoy en día es super super difícil encontrar personas que no tengan actitudes machistas. Si somos así, terminaremos con puras amigas mujeres y que piensan igual que nosotras. Es por esto que creo que la labor que nos queda en este momento es educar. Y una cosa importante a la hora de educar es tener paciencia y no esperar que el aprendiz entienda a la primera o que esté de acuerdo con todo y no cuestione nada. Digo esto porque también veo que pasa mucho, que si no nos entiende, nos cerramos a que es un machista sin remedio y se acaba nuestro intento de educar. Por eso mismo creo que a veces, si lo que nos violenta parece no ser intencional, como la mayoría de los micromachismos y sobretodo si vienen de amigos, creo que debemos intentar hablar y con mucha paciencia intentar abordar la conversación las veces que sea necesario, explicando de diferentes formas y de a poco, sin dejarnos llevar tanto por la pasión y la rabia. No quiero bajarle el perfil a nada de esto, lo ideal sería que todos lo entendieran a la primera o mejor, que investigaran por si mismos y no hubiera necesidad de explicar nada, pero el mundo no es así y creo que tenemos que ser estratégicas.

  • Cuando era adolescente solía decir hartas estupideces que, con el tiempo y la madurez, he entendido que eran expresiones eminentemente machistas, validadas por mi entorno que consideraba que eso era gracioso. Ni mis padres ni mis amigos, por cierto, me hicieron notar esto. Tampoco lo hicieron las revistas, la televisión o los cómics que leía. Eran los 90s y vivía en Los Ángeles, sur de Chile; no había gran acceso a conversatorios o charlas donde uno podía explorar inquietudes intelectuales distintas a las escasas oportunidades que había para acercarse a la cultura. Afortunadamente, tuve amigas que me ayudaron a mirar el mundo distinto y a entender la violencia implícita en esos dichos que uno repetía, muchas veces, sin pensar. Así de naturalizado está el machismo y la violencia contra las mujeres, y mis amigas vieron que valía la pena explicarle a un pelotudo como yo, con peras y manzanas, todo esto para que yo las entendiera y dejara de hacerlo. El discurso construye realidad.

    Una de ellas, lo recuerdo bien, me dijo “es que es imposible que seas mi amigo de verdad si dices esas cosas porque cada vez que lo haces me faltas el respeto”. Mi punto es que yo aprendí porque hubo alguien que me explicó, y yo le he explicado a otras personas, y así funciona esta cosa, porque no se enseña en el colegio. Mis amigas, en vez de alejarse de mí, me pusieron los puntos sobre las íes y listo. Algunos hombres dicen imbecilidades como esa y se comportan así porque es el patrón que repiten desde siempre, sin cuestionárselo porque no se han visto jamás en la situación de verse enfrentados a su error, ya que muchos ámbitos de la sociedad validan sus dichos e, incluso, si hay conocidos suyos que piensen distinto, habrá una cantidad aún mayor de amigos que reforzarán sus ideas y les quitarán la gravedad; si una persona a quien queremos nos ayuda a generar un quiebre, realmente tomamos el peso al problema y comienzan a generarse los cambios.

  • Pasa cada día en los trabajos, en las conversaciones más triviales, el amigo que empieza a hablar encima de unx, el amigo que explica de nuevo lo mismo, pero con otras palabras, porque tal vez tú fuiste “complicadx” y no, no era así. Hasta pasa cuando unx mismo deja ahí una broma machista, la deja pasar no más. Buenísima nota, cabras, son secas.

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