En la dirección correcta: t.A.T.u. – 200 km/h in the wrong lane

El 2003 mi año escolar inició arriba de una extinta 370, apretada entre las gentes que, en ese entonces, apañaban la ruta del valor del pasaje desde el fondo de la micro hasta el chofer y el regreso del boleto correspondiente a través de la misma vía, es decir, de mano en mano. La radio estaba sintonizada en la FM Hit —también extinta— durante el trayecto en esa tierra de nadie que es Vicuña Mackenna entre sus paraderos 12 y 1. La canción que oí, sospechosamente parecida a la intro de Alvin y las ardillas, me pareció tan ridícula como pegajosa. De hecho, mi primer pensamiento fue algo así como “esto es una broma”.

La semana siguiente, cuando ya se habían sentado las bases de una larga amistad con mi compañera de puesto, la oigo tararear esa canción después del repique del timbre anunciando el recreo. Le pregunto el nombre para bajarla a través de iMesh al llegar a la casa. Me dice que esa mañana escuchó, medio dormida en los asientos del furgón escolar, que eran dos adolescentes rusas las autoras, y que hablaba de una relación lésbica. No se acordaba del título, pero esos datos fueron suficientes para encontrarla y tenerla en el computador de la casa.

“All the things she said”, single del álbum 200 km/h in the wrong lane (2002), fue la causa principal por la que —las— t.A.T.u. se hicieron conocidas en Chile. Las dos adolescentes, Yulia Volkova y Lena Katina, no eran nada más —ni nada menos— que las intérpretes. En realidad, el álbum fue un proyecto comercial transnacional donde entre sus productores se cuenta a gente que participó junto a Pet Shop Boys y, posteriormente, Lady Gaga. El sonido logrado, mezcla entre el europop de Rusia y el rock occidental de otras mujeres de este lado del charco cantándole a la angustia teenager, tipo Avril Lavigne y Amy Lee, cayó como anillo al dedo en un país que recién se atrevía a hurgar en la conciencia y sentido de los niños nacidos post-dictadura y que ahora estaban saliendo de la pubertad para entrar al incierto terreno de la rebelión juvenil.

Ese año, por ejemplo, TVN transmitió “16”, teleserie vespertina hecha para el público que prendía la tele al terminar la jornada completa en el colegio. En la trama, todos los rollos de “los lolos” se deshilvanaban a partir de una reja que el director del establecimiento ficticio donde transcurrían las vidas de los personajes instaló para separar a los hombres de las mujeres. En el mismo período, una compañera de colegio pronta a egresar —escapar— se atrevió a asumir públicamente su lesbianismo en un reportaje de Contacto, en Canal 13.

El video de “All the things she said” muestra a Katina y Volkova también entre las rejas, también en uniformes escolares, del otro lado de una multitud de adultos que las observa con indiferencia mientras ellas se desbordan emocionalmente. En los 3:48 minutos que dura el video, ellas se besan dos veces y preguntan, en el puente hacia el último coro, a madre y padre si acaso han perdido la cabeza o bien cruzado una línea sin vuelta atrás.

El mundo globalizado en el que creció mi generación nos brindó, por primera vez, la oportunidad de identificarnos con códigos que la pechoñería chilena invisibilizó por años, incluso después de que Pinochet decidiera irse a su cómodo retiro como comandante en jefe del ejército. A Belisario Velasco en los noventa le daban pánico los metaleros y su influencia satánica en las blandas mentes de la juventud local. En la década siguiente, ese miedo reencarnaría en el rechazo a las tortas. Estrategia de marketing la inventada relación lésbica entre las t.A.T.u. o no, lo cierto es que el mensaje que cifra ese acrónimo —esta mujer ama a otra mujer— caló hondo en las cabras chicas que descubrían, por su cuenta y sin que sus padres se atreviesen siquiera a pronunciar la palabra con L, que podían querer a otras del mismo modo en que puede quererse una pareja heterosexual.

“Not gonna get us” —el “Venceremos” de las lesbianas— es claro al respecto: no nos atraparán, aunque haya que arrancar a Siberia para poder ser felices. “Show me love” es un ruego por sacar a la superficie los complejos sentimientos que caracterizan a toda relación romántica, pero siempre considerando que las mensajeras de la plegaria son mujeres. “Malchik Gay” —chico gay— se explica por sí misma. “30 Minutes” profundiza en uno de los tópicos de “All the things she said” —la autoridad de los padres— a la vez que insiste en la huida como única posibilidad.

Sin embargo, es el cover de “How soon is now?” el que inscribe realmente a este disco en la historia de la música queer, estableciendo un puente generacional entre los hijos y herederos de nada en particular de los ochentas y nosotros. Yo no tenía idea quién era Morrissey y afortunadamente pude enterarme gracias a esta reinterpretación. La Blondie, repleta cada vez que arman una fiesta “Viva Morrissey”, le debe gran parte de dicha concurrencia a las t.A.T.u.

Han pasado casi quince años y el mundo ha tomado direcciones insospechadas. Las t.A.T.u. están separadas hace un rato y la bandera de la subversión cola en Rusia, país devenido profundamente homofóbico, está en manos de Pussy Riot, más dispuestas a desmentir las fronteras entre música y acción militante. Ello no disminuye, en ningún caso, el legado de t.A.T.u. Mal que mal, fueron ellas quienes actuaron en el Eurovision del 2009 al son de “Not gonna get us” y acompañadas del ejército rojo, en esos inusuales casos donde estética y política, a veces sin quererlo, evidencian su inevitable simbiosis. Hoy la discusión en torno al género está mil kilómetros más avanzada que en ese tiempo, pero que nadie ose negar la importancia de este álbum en tanto puntapié inicial de una lucha que aún continúa: el derecho a existir, amar y ser visibles.