Hace unos días saltaba la noticia en medios internacionales, que hasta una treintena de parejas españolas se encontraban atrapadas en Ucrania porque desde su país de origen no reconocían que los bebés, concebidos mediante la gestación subrogada (eufemismo para suavizar el término vientres de alquiler) que trataban de llevar de vuelta al país ibérico, eran hijos suyos legalmente. El consulado español en Kiev se negó a inscribir a los recién nacidos como hijos legales suyos y, con eso, poder sacarlos del país. En España esta modalidad no es legal, es por eso que estas parejas fueron a Ucrania, el país más laxo en leyes para realizar estas prácticas. Desde las autoridades hispanas se consideraba que lo que estaban intentando hacer era tráfico de personas. 

¿Cómo funcionaba exactamente? Al nacer el hijo, mediante una prueba de ADN se comprobaría que el padre lo era, biológicamente. Esto era requisito imprescindible. Algunas parejas usan el semen del varón y el óvulo de la madre y lo implantan en el útero de la madre subrogada, a modo de incubadora humana, hasta que nazca. En otros casos, sólo se usa el semen del padre, y el óvulo de la gestante. Es una modalidad muy usada entre parejas homosexuales para tener hijos con, al menos, la genética de uno de ellos.

Una vez pasado el trámite del ADN, se inscribían en el consulado de Kiev como hijo del marido (era obligatorio que fueran parejas heterosexuales, o falsamente heterosexuales) y la de mujer gestante.  “Ya en España, la esposa adoptaba al hijo de su marido previo consentimiento de la gestante. Es como si hubiera nacido un hijo de una relación extramarital”, explica el abogado especializado en gestación subrogada Franco Antonio Zenna, que asesora a algunas de las familias afectadas. “Así se ha hecho al menos desde hace 7 u 8 años”, declara.

La mayoría de las parejas lo gestionó a través de la empresa Biotexcom, a cargo de un alemán que se hace llamar Albert Man, aunque su nombre es Albert Totchilovski, que levantó un imperio con prácticas dudosas, y ahora anda bajo el ojo de la justicia.

Una de las salas de maternidad de BioTexCom

No es casualidad que fuera en Ucrania, principal destino de este tipo de maternidad ultraliberal, en la que por una cifra entre 40 mil y 60 mil euros, se puede encargar a una empresa que consiga a una mujer para tener un hijo en su vientre, aunque con tus genes. Aunque era un tema del que se había debatido en España, este mediático caso puso en primera línea política la gestación subrogada. Mientras que los partidos de izquierda, el socialista ahora en el gobierno o la coalición de izquierda Podemos (pero también la Iglesia Católica, por ejemplo), están radicalmente en contra de esta práctica, a favor se muestra el partido ultraliberal Ciudadanos, que incluso ha registrado propuestas de ley sobre el tema.

Detengámonos en los detalles. Una pareja decide tener un hijo que genéticamente “sea suyo”, ya sea por imposibilidad física de la mujer, riesgo de esta en el embarazo, ser una pareja de hombres homosexuales o, en algunos casos, simplemente un capricho estético: la mujer que paga no quiere pasar por el embarazo con el riesgo que conlleva y las posibles secuelas físicas (sí, amigas, es un caso bastante común).  Para esto buscan a otra que, voluntariamente, preste el cuerpo (hola Ena) Y la compensan económicamente para que durante nueve meses geste a ese niño, lo para y lo entregue.

No hay que ser muy perspicaz para entender que las mujeres gestantes son personas en una situación económica precaria a las que no les queda más remedio que poner su cuerpo a disposición de otros, durante nueve traumáticos meses para que, al nacer el bebé pase a manos de la pareja que lo “compró”. Puro capitalismo salvaje y explotación biológica. La mujer como mero horno para familias con poder adquisitivo. El cuerpo de la mujer pobre como instrumento de caprichos de ricos, que no quieren emprender la vía de la adopción, porque, al parecer, dejar su huella genética es imprescindible para que consideren un hijo propio.

Los defensores de esta práctica plantean falsos dilemas. El primero, el del “derecho a ser padres”. ¿Derecho?. Ser padre o madre no es un derecho. Un derecho es no morirse de hambre, que si estás enfermo o enferma el Estado provea de los cuidados necesarios. Derechos son la educación gratuita y las jubilaciones dignas. Tener un hijo de manera caprichosa explotando a una mujer pobre no, no es un derecho. Como se dice de los animales: adopta, no compres.

Otro falso dilema que plantean los defensores de esta terrorífica práctica es la de la voluntariedad. Según ellos, se llega a un acuerdo voluntario. Es decir, la mujer, voluntariamente, acepta gestar entre otras cosas por generosidad hacia la pareja, a la que, por supuesto, no conoce. Respiremos profundo y pensemos que esto es verdad. Aceptemos que encuentran una mujer en una situación acomodada, que no necesite el dinero que cobrará por tener a ese hijo en su vientre por nueve meses y luego lo parirá, momento en el que pierde todo vínculo con él. La cosa es que no se conoce caso alguno de una mujer rica que haya decidido disponer su cuerpo a los deseos de una pareja de personas con el sueldo mínimo, para que tengan un hijo. Ni un solo caso. Es un intercambio comercial. Es alquilar el cuerpo de una mujer necesitada para comprar un lactante, al nacer. Es borrar los derechos de un ser humano a través de los privilegios de clase.

Tratan de vender con subterfugios del lenguaje que es otra forma más de reproducción asistida, una forma altruista de relación entre seres humanos de buen corazón, una ayuda para parejas desesperadas por la infertilidad. Nada de esto es verdad. Es imposible defenderlo desde el feminismo. Por supuesto que hay voces, muy residuales, pero alguna se encuentra, de ese autodenominado feminismo liberal (que es un oxímoron del tamaño de “ejército de paz”), que habla de un mundo ideal de mujeres generosas con otras mujeres con dificultades para gestar. Feminismo liberal. Ultracapitalismo, por mucho que lo escondan.

En España, desde el Estado, se tomó una posición clara. La vicepresidenta española Carmen Calvo declaró: “Se llaman vientres de alquiler y son una nueva utilización del cuerpo de las mujeres, una compraventa más. Y particularmente grave para nosotros porque usan el cuerpo de la mujer más pobre. Aquí no valen eufemismos con el lenguaje”. Efectivamente, el lenguaje es parte de fundamental de la defensa de derechos y desde el feminismo hay que ser contundente con esto. Es una compraventa. Es la explotación histórica de los ricos sobre los pobres. De lo patriarcal con (contra) las mujeres.

Las granjas de mujeres -término que horroriza a los defensores de la práctica, pero que se ajusta bastante bien a la situación real- existen. Muy conocidas son las citadas de Ucrania, otras en la India y en algunos países africanos. En Asia se desmanteló la red de venta de recién nacidos por este procedimiento, denominada Babe 101, en la que se liberaron a 21 mujeres jóvenes vietnamitas de una red de explotación que captaba a las futuras gestantes con una oferta de trabajo diferente y luego las obligaba a que les implantaran los embriones o incluso las fecundaban mediante violación. ¿A alguna le suena de la segunda temporada de Top of the Lake?. De ahí vino la idea de la trama principal. En 2012, la policía nigeriana rescató a 32 niñas de entre 15 y 17 años a las que les daban 192 dólares por entregar el bebé tras el proceso de gestación. La cosificación de la mujer, convertida en un mero instrumento comercial, queda expresada en toda su crudeza.

Top of the Lake: China Girl

Ejemplos de aberraciones los hay sin fin. Repasemos algunos ejemplos. Una de las últimas parejas que pudieron sacar a su hijo de Ucrania lo expresaba así:

“Nos enteramos tarde de que se podía hacer esta técnica de reproducción asistida en Ucrania pero enseguida nos informamos y empezamos con el proceso. Se hace largo y tuvimos que retrasarlo cuatro meses más porque la gestante que elegimos estaba casada y una de las condiciones era que no lo estuviera. Tatiana, como se llama, tuvo que separarse para poder ayudarnos. Cuando consiguió los papeles, acudió a la clínica donde le fecundaron con nuestro embrión con el esperma de mi marido y mis óvulos”.

Continúa diciendo: “Hicimos entrevistas con las dos candidatas y desde el primer momento tuvimos un feeling con Tatiana. Entré a cortar el cordón umbilical y me la pusieron encima para hacer el piel con piel. En realidad, de Tatiana genéticamente no es nada”.

¿No les da escalofríos la idea de esa entrevista para elegir, como si fuera un catálogo, a la candidata? ¿Y la imagen del corte del cordón umbilical para, rápidamente, ponerla junto a la piel de la compradora, para tratar de buscar un fingido nuevo cordón umbilical?. Pero hay montones de ejemplos más. A través de uno de los famosos hilos de Twitter, una mujer contaba su experiencia de primera mano, a raíz del caso que abre esta nota.

Hace ya unos meses atrás, el mismo cónsul español en Ucrania desaconsejó a las parejas hacerlo, por la posibilidad de problemas legales como los ocurridos a finales de agosto, pero también por cuestionamientos éticos. 

¿Más casos?
La lucha legal de la madre gestante (en su caso por tercera vez), al arrepentirse y decidir que quería quedarse con el bebé.

Al mismo tiempo que han surgido lobbys de presión para tratar de influir políticamente y que se despenalice en la Unión Europea el alquiler y explotación de cuerpos de mujeres y la compra de recién nacidos, como la Asociación por la Gestación Subrogada, también han aparecido iniciativas y organizaciones desde el feminismo para hacerles frente, como la Red Estatal contra el Alquiler de Vientres o No Somos Vasijas, en España. Precisamente, en la web de esta asociación se pueden leer muchos más ejemplos de prácticas horrorosas.

“En la mirada esperanzada de parejas deseosas de un bebé, no entran las deformaciones ni los posibles efectos secundarios para las gestantes, pero saben que en la fecundación in vitro la garantía de éxito no existe. “Para intentar un embarazo con éxito -dice Maria José Alemany Anchel, profesora de la Escuela de Enfermería de la Fe, matrona y doctora en Historia- hay que dar una cantidad considerable de hormonas a las que donan óvulos para poder extraer un buen número de ovocitos de los cuales algunos se fertilizan y otros se congelan. A las gestantes se las hormona igualmente para preparar el útero y que pueda anidar bien el embrión o los embriones, porque se implanta más de uno. Está científicamente comprobado que esta sobrecarga hormonal conlleva náuseas, riesgo vascular y aumenta de manera increíble las posibilidades de cáncer de ovario y cáncer de mama. De hecho, hasta ahora, solo permiten alquilar el vientre dos veces”, escribe Yolanda Martos.

No hay tantos países que admitan legalmente esta práctica. Estados Unidos, aparece como uno de los pocos países desarrollados con legislación sobre el tema, junto a Camboya, Rusia, Nepal, Georgia, Kazajistán. Un ejemplo de las implicaciones económicas del asunto es el caso griego donde, hasta 2014, estaba prohibido, pero fruto de la salvaje crisis vivida en los años pasados, aceptaron la posibilidad de que parejas extranjeras pudieran llevar a cabo el proceso. Otros países tienen legislaciones muy restringidas, como Reino Unido, Bélgica o Países Bajos, sólo para ciudadanos de esos países y siempre que se demuestre  que es altruista. ¿El resultado?  Nadie gesta en ese territorio, y lo hacen en los países permisivos.

¿Y Chile?

En noviembre de 2017, a pocos días de que la Nueva Mayoría perdiera las elecciones, el PPD presentó su propuesta para legislar sobre Gestación Subrogada. Algunos de los puntos de su petición:

“Establecemos que la edad mínima será de 25 años, la misma que la ley establece para las adopciones, y la máxima será 45 años. También deberá poseer la nacionalidad chilena, ser residente legal y no tener antecedentes penales ni relación alguna con quien solicite el procedimiento, la mujer deberá acreditar características socio-económicas estables para garantizar el curso del embarazo y sólo podrá recibir recursos para solventar dichos gastos. Además, se establece que deberá haber gestado al menos un hijo sano con anterioridad”.

Se repite en lo local aquella fantasía de otros países, de que se trata de un gesto altruista, que nada de esto es por dinero y que perfectamente una mujer rica, voluntariamente, también podría prestar su cuerpo a una pareja pobre y necesitada para que sean felices. Mujeres con privilegios económicos como Kim Kardashian, quien no hace mucho tuvo el capricho -junto a su esposo Kanye West- de comprar un tercer hijo imponiendo unas condiciones leoninas a la gestante. Así de altruista.

Desde los feminismos, no podemos permitir el uso de nuestros cuerpos, en ningún nivel.  Los vientres de alquiler son la expresión más burda de lo que significan las mujeres para el sistema capitalista. No se puede perder la batalla dialéctica y que la lógica neoliberal imponga ideas de que lo único que se quiere es prohibir, quitar libertades. Prohibir algo no implica que estés quitando derechos, sino que estás garantizando otros. Prohibir matar no quita el derecho a ser asesino, sino que nos protege como sociedad. Prohibir los vientres de alquiler, el mercadeo de cuerpos de mujeres, no coarta la libertad de nadie, sino que protege al eslabón más débil: las mujeres más pobres.

*Portada: El Confidencial

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Discos por sobre ahorros en el banco. En Twitter: @javieratapiaf