Hay que tener coraje para salir mujer, camiona, lesbiana, trans o travesti a la calle y esquivar la violencia que protege la heteronorma. Pueden ser miradas, cuchicheos, insultos, golpes, palos, violaciones correctivas y un largo etcétera. Un hecho como estos es, entre otras cosas, una advertencia de que cualquier cosa podría sucedernos si nos atrevemos a violar el régimen heterosexual (Monique Wittig).

¿Por qué nosotros tenemos que ser valientes para salir a la calle, darle la mano a la persona que nos gusta o vestirnos con la ropa que nos gusta? Y ¿qué tal si no queremos ser héroes, mártires, Che Guevara?, ¿tendremos que quedarnos en nuestros guetos nuestras discos, nuestros barrios o nuestras casas ocultando nuestra mariconería?

¿Tanto le importa lo que haga yo al machito violento? ¿Qué defiendes cuando le pegas palos en la cabeza a una lesbiana? ¿Qué es lo que se te está rompiendo al verla pasar con sus amores/amigas?

Cuando le pegas palos a la torta estás actuando igual que los guardias de banco o de supermercado, defendiendo un lugar de poder del que eres el último sirviente. Y lo haces a palo limpio, a luma limpia como los pacos que apalean a los estudiantes que luchan por el derechos a educación de sus propios hijos.

Cuánta fragilidad hay en esa masculinidad de barra brava, que eres capaz de matar por pertenecer y reafirmar tu hombría que se pone en juego con algo tan simple como son dos lesbianas caminando de la mano por el espacio público ¿Tanto te importa?

Defiendes la heteronorma y yo tengo ene problemas con esa cuestión de la norma. Décadas hablando de esto. Chorreras de paper ensayos, performer, académiques del género llenan nuestros oídos con esta cuestión y nos hemos desvivido describiendo y explicándonos las disquisiciones del género, pero a la luz del horror que aparece tras el caso de Carolina Torres pienso en la Norma.

Norma es un nombre de mujer dice el diccionario, mira tú. Y también es una acción o uso que se ha cristalizado, que se realizó repetidas veces y luego de volverse costumbre se transforma en norma, normal o incluso en ley y es sabido, o debería serlo, que toda ley encierra en sí una obligación, una prohibición y una sanción.

Vas a dejar a tu amiga a su casa un día y está bien. Al segundo la vas a dejar, está bien. El tercero la vas a dejar porque es una costumbre, si al cuarto no la vas a dejar…“¿qué onda, estás enojada?”. Se ha transformado en norma, y romperla siempre trae consigo una sanción: que te quiten el saludo, que te miren feo, o que te den una bofetada. Pongo atención en que esa norma aparece y desaparece por el uso y su repetición (pueden ver a Butler en el Género en Disputa). Nada hay de natural, ni esencial en ella, es histórica y se puede alterar, rompiéndola.

Nuestros cuerpos y nuestra existencia rompe o, al menos, pone en juego la naturaleza de la heteronorma, la naturalización del género. Somos una performance permanente en las calles, en las escuelas, trabajos, baños públicos y en todo momento. Somos valientes algunos, inocentes otros, que salimos a la calle con nuestra camionisidad, nuestra transexualidad, nuestros mariconeos, porque así nos disponemos en el mundo, en nuestras casas y en nuestras camas.

Y hoy nuevamente una chiquilla periférica está jugándose la vida por esto, que para heterosexuales puede parecer tan simple. Y es algo que debiera indignarnos a todes, espero la indignación de las feministas heterosexuales, de los compañeres trans, de los maricones con plata, de las que quieren casarse, de todos, porque nosotras estamos ahí en la primera fila luchando por los abortos libres y por apañar en toda esta majamama de resistencias divididas. Y a nosotras nos están matando también.

*Foto: Agencia Uno. Viernes 15 de febrero 2019, manifestación en el frontis de la ex Posta Central, para denunciar la agresión lesbofóbica a Carolina Torres, quien permanece internada grave.

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