Hace mucho tiempo ya venimos tratando el tema del aborto. Siento que es, a veces, como un videojuego, pasando etapas, una por una. Un videojuego muy difícil, lleno de villanos, y villanas, de trampas, de volver a reiniciar el juego, soplando el plástico una y otra vez. Pero también lleno de heroínas y héroes que, no importa cuántas veces caigan a los pozos y al vacío, empiezan la etapa una, dos, tres, infinitas veces, hasta, ojalá, darse vuelta el juego antes del game over.

Hoy, 21 de agosto de 2018 (empecé a escribir esto ese día), un grupo de diputadas y activistas de oposición presentaron un proyecto de ley para despenalizar el aborto en Chile, modificando el Código Penal para que, si una mujer decide abortar hasta las catorce semanas de embarazo, deje de ser delito (puede leerse el proyecto aquí).

Hasta el momento, nuestro país cuenta con una normativa bajo la cual un aborto no se considera delito solamente bajo tres causales: al existir inviabilidad del feto, cuando la vida de la madre se encuentra en riesgo y cuando el embarazo es producto de una violación. Recordemos que esto se despenalizó recién el año pasado, en septiembre de 2017, y no después de aguantar tamañas estupideces, tales como gente que en la discusión y posterior a ella habló sobre violaciones “normales”, que llamó “padre” y/o “progenitor” al violador, que habló de que somos sucesoras de los nazis, y que quienes abortan están “bien presas”.

Pero repasemos un poco más de historia, mal no hace.

La primera vez que el aborto se calificó como delito fue hace casi 150 años, en 1874. Unos años después (1931), en el Código Sanitario se hicieron excepciones con fines terapéuticos:

“Sólo con fines terapéuticos se podrá interrumpir un embarazo o practicar una intervención para hacer estéril a una mujer quiere la opinión documentada de tres facultativos. Cuando no fuere posible proceder en la forma antedicha, por la urgencia del caso por falta de facultativos en la localidad, se documentara lo ejecutado por el médico y dos testigos, quedando en poder de aquél el testimonio correspondiente”, es lo que se explica en el Código Sanitario de Chile de 1931.

Esto no duró para siempre, obvio. Uno de los últimos golpes de la dictadura cívico militar de Pinochet apuntó y dio con la precisión de una bala justo en nuestros derechos como mujeres y/o cuerpos gestantes: en 1989 se penalizó bajo cualquier premisa el aborto. Uno de sus mayores detractores (sorpresa, un hombre, sorpresa, un hombre facho, y qué nivel de facho) fue Jaime Guzmán, quien, al igual que sus sucesores, dijo tamaña estupidez (aunque en 1974): “La madre debe tener el hijo aunque este salga anormal, aunque no lo haya deseado, aunque sea producto de una violación o, aunque de tenerlo, derive su muerte”. Finalmente, se estableció la protección “de la vida del que está por nacer”: “No podrá ejecutarse ninguna acción cuyo fin sea provocar un aborto”. (Código Sanitario de Chile, 1989)

El 2015, durante el segundo gobierno de Bachelet, se presentó el proyecto de despenalización del aborto en tres causales, ley que se promulgó el año pasado.

Pero, además de leyes y de la historia de un país, de lo que se establece como delito o no, hay una realidad innegable, y es que, tal como se ha repetido hasta el cansancio, las mujeres y/o cuerpos gestantes abortan y lamentablemente, muchas mueren abortando, y mayoritariamente son de escasos recursos. Es decir, hay miles de historias únicas, miles de mujeres y/ cuerpos gestantes que tienen algo que contar al respecto.

Así también -y desconozco la cifra- hay muchas mujeres que vivimos un embarazo y todas lo vivimos de manera distinta. En mi caso, en el preciso momento en que el test tiró las dos líneas me largué a llorar. ¿Qué hago?, me pregunté una y mil veces. ¿Lx tengo o aborto? ¿Cómo erí tan hueona? Deambulé por días en dudas: ¿Qué se sentiría abortar? ¿Si lx tengo, estoy haciéndolo por mí o por él/ella? ¿Por qué traer a alguien a este mundo de mierda? ¿Es ese el tan vilipendiado sentido de la trascendencia? ¿Cuánto tengo, cómo será abortar ahora? Hay gente que quiere una guagua y yo no ahora, ¿soy cruel por eso? ¿Soy menos consecuente por creer en el aborto libre y no abortar? ¿Qué será de mí? ¿Qué será de mi compañero? ¿Este conjunto de células me importa o no? Al pasar esos días, varios y complejos, DECIDÍ que no abortaría.

Poco a poco hablé con más gente sobre esto, felicitaciones iban y venían, abrazos y frases como “es lo mejor que te pasará”, “serás la mejor mamá”, y “cuando escuches sus latidos será lo más lindo del mundo” se hicieron cotidianas, y muchas veces me cuestioné la razón de por qué nada de eso me hacía sentido ni por qué no vomitaba arcoíris con todo esto de la maternidad. ¿Era una insensible? ¿Sería una mala madre por no decir que era lo más lindo que me había pasado? ¿Amaba ya a lo que tengo dentro mío?

En el mismo marco del embarazo, escuché una frase que me dejó helada: “tú ya no importas, ahora lo único relevante es el bebé” (no sé si quien me lo dijo lo hizo igual con su tono de chiste, pero lo dijo). ¿Cómo así? ¿Ya no existo? ¿Me transformo en estos vientres insertos en el universo que ocupan lxs pro vida en sus propagandas imbéciles? Creo que esa concepción de relegar a la mujer al rol materno, y más que eso, relegarla a segundo plano cuando somos nosotras y/o cuerpos gestantes quienes que estamos vivxs y llevando a otro ser, es de un egoísmo inmenso, y de una ignorancia mayor aún. No esperaba ser el centro del universo ni que todxs anduviesen detrás de mí como si fuese un objeto delicado, sólo esperaba seguir siendo yo, con todas mis facetas, no sólo un cuerpo embarazado.

Yo tuve suerte: un compañero presente y responsable, una familia que me apoyaba, amigxs que estuvieron ahí. Hoy, a los dos meses de que nació mi hija, puedo decir que fui infeliz en el proceso de embarazo, no estaba cómoda, me sentía inútil, perdida, con pena, con rabia, con amor: una juguera de sentimientos que no sabía cómo canalizar. Hoy puedo decir que amo a mi hija, pero lo digo, sin lugar a dudas, desde un lugar de privilegios: como dije, tuve una hermosa red de apoyo, conservo mi trabajo (por ende tuve pre natal y hoy post natal) y estoy sana.

Pero hay miles de historias de otras que no fueron, son ni serán tan privilegiadas como yo. Hay miles de personas que quedan embarazadas en múltiples contextos, con devenires tan diversos como ellxs mismxs. Yo DECIDÍ convertirme en mamá, agregar ese rol a mi vida. Pero quienes no quieren serlo tienen el mismo derecho que yo a DECIDIR. Es por esto que la importancia y urgencia de esta ley es ineludible. Sí, ganamos el aborto en tres causales, pero pienso, que son migajas igual, pienso que en verdad el cuerpo y la vida son nuestras, y que en realidad, nada más debiese importar.

Al momento del anuncio de este proyecto de ley, me puse feliz, no porque deposite mi confianza en las instituciones ni autoridades, sino porque creo que viene a dignificar y a proteger algo que, quienes están contra el aborto en cualquiera de sus formas, se niegan a hacer: entender y apoyar a quienes estamos vivxs, a quienes gestamos o no. Dicen que cada año en el país se realizan entre 80 y 260 mil abortos clandestinos. Son caleta, pero son más que cifras, esto le pasa a personas reales, no sólo a números. Tienen nombres, vidas, historias, particularidades que les hacen únicxs, no son sólo teoría, no son sólo un ránking.

Este fue un pedazo de mi historia, otrxs contarán la suya o quizás no, pero hay que darles la oportunidad de hacerlo. Aunque en mi interior crea que lo óptimo es el aborto libre, valoro de sobremanera este proyecto de ley, y apostaré todas mis fichas, todas mis vidas, para que no lleguemos al game over.

Author

It's feminist, not feminazi! Mujer, 3/4 de agua y periodista también.