Hicieron de mi cuerpo gordo un cuerpo público. Respondí haciendo de mi existencia un acto de resistencia.

Texto publicado originalmente en Revista Azmina.
Por Fabrina Martinez. Traducción por Oriana Miranda.

A los siete años, desconfiaba que existiera algo malo en mí. A los nueve, comencé a sospechar que tal vez –tal vez– el tamaño de mi cuerpo realmente podía ser un problema.

Además de “gordita” siempre fui alta. Desde esa época, sabía que mi lugar era al final de la fila, en silencio, con los brazos para atrás, los hombros caídos para parecer menor. “Quédate quietecita que así nadie te va a ver aquí”.   

A los 10 años, una profesora se rehusó a enseñarme a hacer la rueda y cuando fui a intentarlo sola, ella me expulsó de la clase. “Tú no eres como las otras niñas”. Por más que me gustara la educación física, aprendí que ese no era mi lugar. Que por más que quisiese correr, jugar a la pelota o saltar, debía mantenerme al margen.

Tenía un defecto de nacimiento. Nací gorda. “A ningún niño le vas a gustar. Eres fea”.

No recuerdo cuando fue la primera vez que un médico me mandó a adelgazar, pero recuerdo bien que desde muy temprano desinflaba mi barriga delante de ellos. Uno, en especial, me dijo que tenía que desinflarme a la hora de comer y no en frente suyo. Ese es uno de mis primeros recuerdos de la infancia. “¿Por qué no quieres ser una niña bonita?”.

No sé si fui flaca en algún momento. Me acuerdo de mi mamá y mis tías viviendo constantemente a dieta, tomando comprimidos y privándose. A los 13 años, medía 1.70 y pesaba 75 kilos de jueves a domingo y 72 kilos de lunes a miércoles. Ese era mi efecto rebote constante: mantenía la dieta por tres días y, después de crisis de llanto, volvía a mi peso habitual. “Sólo tú no puedes conseguirlo. Esa actriz adelgazó 40 kilos en un mes. Ella no es tan débil como tú”.

Los mejores momentos de mi vida eran cuando corría, andaba en bicicleta o subía cerros. Pero sentía una vergüenza absurda de decirlo. “Los gordos son flojos”. Durante mucho tiempo, creí que ser mujer había definido mi experiencia. Pero me equivoqué. Ser gorda la definió. Sé que no puedo ocupar más espacio del que ya ocupo, sé que tengo que ser silenciosa e invisible si es que no quiero ser ridiculizada, sé que debo anularme para no ser un punto de referencia y tengo dudas sobre si puedo confiar en la opinión que tengo sobre mí misma. “Las personas sienten pena de ti. ¿De qué sirve ser tan inteligente si tienes el cuerpo de una vieja?”.

Viví 38 años odiándome. Creyendo que cada parta de mi cuerpo era un error que necesitaba ser arreglado de inmediato. Fui moldeada para odiarme. Ninguna de mis conquistas –y fueron muchas– parecían tan importantes como adelgazar. Mi cabeza funciona en dos sintonías: una de ellas siempre está dialogando, discutiendo, argumentando con el hecho de que soy gorda. “Lo que importa es ser saludable”.  

Intentar adelgazar desesperadamente me debilitó. Me enfermé con el aval y el apoyo de médicos que me recetaron anfetaminas, diuréticos, laxantes, tés y dietas que a lo largo de décadas me hicieron engordar, entristecer, silenciar. Sufrí emocionalmente. Acepté cosas por las que ninguna persona debería pasar sólo por miedo a la soledad, miedo a que las personas me descartaran por causa de mi tamaño.  

Un día, decidí dejar de odiarme. Escogí no reducirme para ser quien soy. ¿Eso incomoda a los otros? No lo sé. Ese es su problema. Mi problema es asegurarme de estar feliz conmigo misma, aun si las personas están visiblemente incómodas con mi cuerpo. Salgo de mi casa y antes de doblar la esquina ya recibí una mirada inquisidora, una receta de dieta o un consejo para nada respetuoso. No hay un solo día en que alguien no quiera adelgazarme.

Soy una mujer gorda en un mundo delgado. Eso me priva de muchas experiencias de tranquilidad. Cuando digo que adelgazar no es uno de mis objetivos, hay un coro de miradas indignadas. Cuando digo que quiero unos pantalones, hay una orquesta de miradas excesivamente expresivas. “No tenemos nada de tu tamaño. Pero, si fuese para regalo, puedo mostrarte algunas cosas”. Nacer, crecer, madurar gorda en un mundo delgado es vivir en la periferia de la vida, no por opción, sino que por imposición.

Pero esto es una rebelión. Yo me rebelo. Lo que las personas piensan sobre el tamaño de mi cuerpo es problema de ellas. Ser gorda en un mundo delgado es, sobre todo, ser rebelde. Resisto y tengo constituido mi camino. Observo a quienes vinieron antes de mí, aprendo, sigo, contribuyo. Cambiar la forma como la sociedad piensa y actúa contra nosotras, las personas gordas, es un proceso colectivo. Hablar de nuestra existencia, de los prejuicios que sufrimos, de nuestra exclusión, es un acto político.

Si las personas hicieron de mi cuerpo gordo un cuerpo público, respondí haciendo de mi existencia un acto de resistencia. Soy mujer, soy gorda, soy persona.  

Portada: Gorda Esporte Clube

Author

Es periodista y autora de Gorda Esporte Clube, donde narra su experiencia como persona gorda que practica deportes porque quiere, porque lo desea, porque puede y no por la obligatoriedad del adelgazamiento.