Me encanta como escribe Gabriela Wiener, no importa el formato. Su voz es tan limpia, tan inteligente, y además arma unas estructuras tan perfectas para decir verdades tan lúcidas. Y es mujer: una heroína latina. Lo tiene todo. Empecé a leerla en 2014, cuando tomé un taller de crónica con Juan Pablo Meneses, y después me devoré todo lo que hay sobre ella en este blog de crónica latinoamericana. En la última Furia del Libro compré “Llamada perdida” y mi girl crush fue total. Subrayé desde la primera frase de la introducción, porque ese texto de apertura está lleno de perlas y porque es un análisis que me llega justo a tiempo, cuando me pregunto cómo puedo lograr que conviva la ficción, el periodismo y esta pulsión que me obliga a meter la cola en primera persona en todo lo que escribo.

Wiener no tiene dramas con la primera persona y lo dice tan claro: “nunca he podido narrar desde un lugar discreto”. Amo esa honestidad. Y después agrega: “Me interesan los documentales que hacen los hijos sobre sus familias (…) llenos de episodios bochornosos”. Me pasa igual. Últimamente me atrae mucho la subjetividad de la primera persona para hablar de los universales, como el documental “Mi abuelo Allende” o el que saldrá ahora, de la sobrina de la secretaria de Manuel Contreras.

Hace poco di un taller de columnas para dirigentes estudiantiles y la mayoría quería escribir críticas contra Penta, contra la institucionalidad del Sename, contra Piñera. Me costó mucho convencerles de que esas críticas, proviniendo de ellos, podían ser cándidas o un aporte modesto y quizá menos valioso políticamente que lo que podrían rescatar al escribir de su cotidianeidad con perspectiva política. Querían escribir sobre la reforma educativa y yo pensaba: ustedes todavía están en el colegio, si pudieran narrar un texto que muestre cómo es ir al colegio hoy, qué siente un adolescente al estar encerrado todo el día preparándose para la PSU, entonces tendríamos un testimonio valiosísimo en lo narrativo, político y estético. Pero les costaba verlo.

Dice Wiener en otro párrafo de la introducción: “Creo que lo más honesto que puedo hacer literariamente es contar las cosas como las veo, sin artificios, sin disfraces, sin mentiras, con mis prejuicios, obsesiones y complejos”. Y después: “Si algo he aprendido de gente como Emmanuel Carrère (otro desencantado de la ficción y autor de libros híbridos y raros que son a la vez autoficción, reportaje y literatura del yo) es que hay muchas primeras personas: no todas son estúpidas e inoportunas”. Amé esa trinidad: autoficción, reportaje y literatura del yo. Es el formato definitivo que andaba buscando.

También subrayé un montón de las crónicas de “Llamada perdida”, aunque enganché más con las primeras que con las últimas, quizá porque me sedujo su aporte periodístico. Ese texto sobre la belleza con el que arranca es sublime, honesto a morir, dice maravillas como “los guapos de verdad ni se dan cuenta de lo guapos que son” o “considero que si mis amantes o mis amigos son feos, también es un problema mío, me afean más” o “hay pocas cosas tan en desuso como la belleza interior”.

El relato en el que Wiener persigue a Roberto Bolaño es un himno de la juventud que leyó a Bolaño soñando con convertirse en escritor. Y en el de la muerte, lanza reflexiones como “he estado pocas veces cerca de la muerte, quizá por eso le temo tanto” o “pasamos gran parte de la vida pensando la muerte como algo remoto y, sobre todo, ajeno, que sólo le ocurre a los otros, a la gente sin suerte”.

Subrayé mucho y paré de leer muchas veces más, para poder saborear la belleza de las frases. Mientras la leía todo el tiempo tenía ganas de terminar de leer para comenzar a escribir. Que un libro te den ganas de escribir es como un comercial de comida que te dé hambre. Y más: el texto no sólo cumple su objetivo de entregar belleza y placer, sino que es movilizador: llama a la acción. Te amo Gabriela Wiener, quiero leer todo lo que has escrito y lo que han escrito sobre ti.

Foto* Revista Velaverde

Author

Periodista y autora de Quiltras