Alguien una vez escribió “La noche nunca muestra toda la verdad / el único placer en mi es mi soledad” y luego bautizó a esa canción La Noche y a ese disco Miedo. Esa persona ya no está,  pero sabía y entendía los ribetes psicológicos de lo que era ser una criatura nocturna, buscando que el día no le entregue una cachetada como recibimiento, mientras ejercía un decir poético una amabilidad poco usual en Buenos Aires. La alucinación de la noche otorga depresión en el día y el dolor que provoca el sol, la molestia de la luminosidad, el rechazo a ser visto bajo el efecto de la luz natural; es la confirmación absoluta de que todo está mal. Pero como todo vicio no se deja fácil. Quienes deciden vivir la noche como herramienta adictiva sustentan esa elección en una cadena de adicciones que van desde la cocaína, al alcohol, al sexo. Pero todo eso tiene mecha corta, como la noche cuando llega el verano.

Algo de eso hay en la película de Edgardo Castro “La Noche” que narra, cómo se repitió ya mil veces, los derroteros de Martín (Castro en un protagónico total) por las peores partes de la noche porteña. Pero no es el sexo con su despliegue o la cocaína lo que me interesa de este debut de Castro como director, sino otros aspectos que pueden estar errados o no pero son en definitiva los que me llevan a querer escribir.

Lo primero que me interesa es que antes que nada y por sobretodo “La Noche” es una película para los hombres, de los hombres y sobre los hombres. Es raro encontrar que un director argentino sea tajantemente honesto con su rechazo a lo femenino o al cuerpo de las mujeres en pantalla. La mujer como dimensión no existe y tampoco está en tránsito o en crisis. No se jugó con la idea de tener una figura materna (madre, novia, amiga, ex, hija) que salve a Martín de su espiral de decadencia. Lo cual es novedoso porque evita la figura moral de la mujer en pantalla, la función santificada de la que redime o la figura incondicional encarnada en lo femenino.

Resulta extraño que la crítica ignore eso y se vaya por la tangente de la ternura, la cocaína o el dolor físico. Como si rechazaran ciertos reflejos que Castro devuelve de la construcción masculina y sus múltiples curiosidades, deseos reprimidos, cuestiones no satisfechas o pulsiones anuladas. La principal, la joya de la corona, es el sexo oral. La falta de análisis sobre la masculinidad, parece marcar límites morales muy claros e infranqueables mientras se dice, más bien se cree, que contemplar esta obra sin prejuicios otorga rasgos despojados y libres de todo juicio.

Uno de los máximos rumores en el sexo es que la práctica del sexo oral es mejor de manos de otro hombre o de una travesti. Una manera más de anular y ponerle límites al disfrute de la mujer, su libertad, sus hábitos. En “La Noche”, vemos a varios hombres que bordean la heterosexualidad y practican su hipocresía dejándose masturbar o chupar por otros hombres. No se habla de la elección moral frente a eso pero al mismo tiempo la bajada de línea existe aunque nadie se haga cargo de la misma ¿Lo hacen porque no quieren rebajar a sus mujeres? ¿Lo hacen porque lo consideran una práctica marginal que solo obedece a desviados? ¿Lo hacen por pulsión homosexual? ¿Lo hacen porque son efectivamente homosexuales? ¿Lo hacen porque entre hombres se hace mejor?

Esa hubiese sido una vertiente de polémica o disrupción interesante si alguien, un guionista para empezar, se hubiera encargado de escribirla. Pero “La Noche” es una modalidad de diario, de las que vemos año tras año tras año tras año hasta el hartazgo, levente ficcionalizado que no se brinda la posibilidad de verbalizar eso que pasa y cree decir mucho cuando solo infiere. ¿Qué hubiera pasado si Castro se hubiera parado desde un lugar en donde cuestiona sin miramientos la hipocresía masculina?  Esa hubiese sido la polémica y no los primerísimos primeros planos de pijas, muertas vale decir, que tanto parecen inquietar.

Para tapar esa falta de complejidad, era de esperare que se recurriera a Cassavetes, que funciona como excusa cuando del otro lado hay pereza, ideas vagas e inconexas y poco compromiso con el arte. La vertiente Cassavetiana funciona porque Cassavetes se supone improvisa -cuando lo hizo solo una vez y como truco comercial-estético en su primera película – y en esa improvisación vale todo. Pero si la elección es declinar la estructura tiene que haber método y ahí es cuando “La Noche” se cae, porque Cassavetes y su manera es un método y Castro y “La Noche” son eso: Castro y la noche.

Luego aparece la cuestión de clase, la cuestión de la dinámica social, en donde “La Noche” se para como un paseo inmoral, para que la gente bien pueda ver sin riesgos como funciona cierta Buenos Aires que  no conocemos. Como si fuera una excursión cuidada y sin afectación directa, el público accede a ver esos terrores nocturnos, las bajezas cometidas, la puesta a prueba constante de la dignidad. Contenido y cuidado por una sala de cine en un barrio bien, puede pasear por lugares que aunque no lo crean operan con las mismas reglas en los prostíbulos aledaños al Village Recoleta.

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Esa empatía que dicen provoca “La Noche” concluye cuando comienzan los títulos. Funciona como una cadena de buena conciencia en donde humanizamos por un ratito a una travesti, a un reventando, a un cocainómano, a una alcohólica, a un adicto al sexo. Luego, paradójicamente, el público escapa en taxi de la noche porque le teme y todo ese proceso de ternura y resignificación social queda olvidado. Lo que me lleva a preguntarme ¿Vale la pena dar tanto (aunque ese tanto a mi no me interes ni me conmueva) para recibir tan poco? No lo sé. Para mi no, pero puedo estar equivocada.

Al final la única sensación que tengo es que  la película de Castro es una obra muy conservadora y  poco novedosa. No porque mi vida tenga esa circularidad y mi estética esos intereses y mi curiosidad vague por escenarios similares. Nada más alcanza, más bien ¿acaso no sobra?, con ver los ojos dilatados de la gente, incluso la que asiste el BAFICI, la normalización del uso del rivo, los eternamente tirados en la calle a la buena de Dios, los prostíbulos y privados que asolan la ciudad, la gente que va y se muere en una fiesta, la decadencia del centro porteño, el ocaso de la ciudad en si misma que ya lleva mucho tiempo y no se termina de declarar porque lo bello resiste, se impone y da pelea.

Pero esa decadencia es aquí, pasa ahora y convive. Tranformation esta a metros de los teatros off del Abasto y Bunker estaciona frente a un complejo teatral y los muchachos asolan la Avenida Corrientes con los papelitos de colores de gatitas y conejitas y putitas por pocos pesos, mientras desde las marquesinas te sonrien los de turno. El que lo quiera ver se puede parar en una esquina y ahorrarse la poco creíble fascinación sobre eso que muestra Castro, una fascinación demasiado actuada y exacerbada.

Resultara entonces disruptiva, frágil, novedosa, refrescante y decenas de cosas más para aquellos que viven en una ciudad sin contacto con cada uno de sus nervios, pulsiones, contradicciones, violencias, peligros y caídas en picada libre.  Pero “La Noche” es un engranaje más entre la fuerte disociación que existe y prevalece entre el mundo del arte y la sociedad, que va hacía otro lado y llega más rápido y de manera más salvaje a los debates morales, etéticos y éticos que la comunidad artística.

Vale decir de todas maneras que la única escena que me gusta de “La Noche” es esa en la cual Martín regresa quebrado a su hogar, cae en las escaleras y finalmente alcanza la ducha. Es creíble, es graciosa y despierta sentimientos cercanos a la ayuda, al cuidado, al que te pasa, que queres, que puedo hacer con vos, no te dejes morir. Esos segundos pequeños lograron unos gramos de la legendaria “Happy Togeteher” que debería ser la máxima referencia frente a la obra de Castro.

 

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La Noche de Edgardo Castro

 

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Helena es argentina, tiene el pelo más bonito que hayamos visto y una banda que se llama Los Galgos. En Twitter @losgalgos

  • Paula Pico Estrada

    Helena, me gustó muchísimo esta crítica. No como crítica de la película, porque no la ví. Sino como pequeño ensayo sobre la vocación de cierta clase media porteña por consumir la marginalidad como producto, mientras pasa con los ojos ciegos bien abiertos por al lado de aquellos que quedaron al margen de toda clase.