Foto por Sebastián Freire

Esta semana llega a Chile Matate, Amor de Ariana Harwicz a través de Editorial Elefante. Conversamos con la autora y además te regalamos un fragmento como adelanto de su obra.

No recuerdo cuándo fue la última vez que, después de leer un libro en la noche, tuve pesadillas. Es por eso -y más- que me dan muchas ganas de recomendar Matate, Amor de Ariana Harwicz. Una historia que, tal como dijo ella en entrevista con EMF, es un melodrama, una tragicomedia, pero también un thriller de una mujer que se mueve en el odio, en el encierro, en el no poder ser.  Este jueves 16 de agosto Matate, Amor llega a Chile editado por Elefante y será presentado por las escritoras María José Navia y Claudia Apablaza. 

Ariana es argentina y ahora vive en Francia. Sus obras han sido publicadas en su país de origen, pero poco a poco, se ha ido corriendo la voz sobre su escritura y también se replicó en ediciones en Ecuador, España, Israel, Perú y Escocia. Por otra parte, además de escritora es dramaturga y, precisamente, Matate, Amor fue pasada a las tablas con la dirección de Érica Rivas, presentándose hace una buena temporada en Buenos Aires y también en Uruguay.

“Cuando la maternidad se vuelve cárcel y el único refugio de la mujer es ella misma, su alienación da pie para imaginar huidas que reclaman una identidad por fuera de la vida conyugal”, escribe la chilena Romina Reyes en la contratapa de la edición local de Matate, Amor. Una de las tensiones centrales de la historia es, por cierto, el desdén que siente la protagonista por la familia. “Creo que mi escritura no es consciente, no es una escritura programática en contra o una especie de tratado o postulado contra la familia. Pero es cierto que después se puede deducir de una lectura que ahí está instalada la familia como teatro, como puesta en escena, como farsa y como alienación. Creo que la escritura es el primer acto de desalienación, salirse de la red conceptual sabida, salirse de los patrones, de las leyes, de los mandatos es escribir. Por lo menos, yo tomo así la escritura, como un acto de absoluta anarquía. Y en ese sentido, la primer lucha contra la alienación es la escritura misma y después el contenido dentro de la obra, sí. Ella es una extranjera, está dentro de la familia y una de las redes que la atrapan es el hecho de tener que ser madre o hija”, explica Ariana desde Argentina, antes de llegar a Chile.

—La muerte como concepto, como fuerza, también es clave dentro de la historia. Se construye desde diferentes perspectivas, ¿podrías hablarme un poco de eso? Desde lo familiar, en la naturaleza, en las relaciones. En una misma.

Sí, quizás es como una visión filosófica respecto a la muerte. Todo el tiempo está esa tensión, todo el tiempo parece que alguien va a morir. De ahí a que yo considere a Matate, amor como un thriller, que está en la contratapa de una de las ediciones de España. Es una comedia, una tragicomedia, un melodrama, es una novela de lo familiar y también es un thriller, con el peligro que conlleva ese género. Es cierto. Todo el tiempo está la muerte rondando, se dice además, “quiero estar, exactamente, muerta”. Ella atraviesa el ventanal, se tira a los pastizales toda cortada. Es cierto, y bueno, la muerte es lo que tensa todo. Es lo que da el deseo a todo. Si no fuéramos a morir creo que no nos enamoraríamos, si no fuéramos a morir, no tendríamos hijos, no seríamos felices. Está todo el tiempo flotando, latente, la muerte. Y más en una mujer que acaba de parir y más en una mujer que está desesperada por ser.

Algo que fascina también en Matate, Amor es la manera en la que se construyen escenas. El relato no es solo una sucesión de hechos, pensamientos o acciones, sino que está dispuesto de tal forma que puedes ver a la protagonista en la cena de navidad, puedes oler el bosque, puedes sentir constantemente esa angustia que da dar vuelta la página. Algo muy cinematográfico, como los planos cerrados en las películas de terror que de pronto se abrirán y te matarán de un paro cardíaco.

¿Tendrá algo que ver con su experiencia como dramaturga? Ariana responde.

“Los títulos siempre tienen algo de falso ¿no? un poco inventado. Ser dramaturga, ser escritora, ser pintora. Mi escritura está influenciada por el teatro o al revés, el teatro está influenciado por la literatura. No sé qué viene primero, si el cine, la literatura o el teatro, no sé cuál puedo ordenar primero, quién es el padre. Yo estudié las tres. Empecé estudiando cine muchísimos años, guión cinematográfico, después me mude a la dramaturgia, hice la escuela de arte dramático en Argentina con grandes maestros y después cuando fui a vivir a París estudié literatura, pero ya está en mí, mi cabeza está contaminada de esas tres lenguajes. Entonces, cuando escribo, siempre pienso que la literatura tiene que tener la potencia del teatro, la presencia del cuerpo, la presencia de la muerte, la contundencia del drama que tiene el teatro. Entiendo que la literatura pueda trabajar las digresiones, las dilaciones, irse por la tangente poéticamente, pero a mí me gusta siempre arriarme y volver, ir hacia el teatro”.

—La protagonista es todo lo contrario a lo que siempre han dicho que deben ser las mujeres. Pero también es mucho más. Es como una vasija llena que de pronto comienza a estallar, esa fue al menos mi sensación, como lectora. ¿Por qué la pensaste de esa forma? Con ese desapego incluso a ella misma.

Me interesa mucho la última reflexión que hacés, respecto a que tiene un desapego incluso de ella misma, porque toda la clave de lectura de este libro es esa. Ella odia a los demás, ella se les enfrenta a los demás, los ataca, tiene rabia y furia con el marido, con el amante, con la suegra, con el hijo, con los vecinos, con los punk rock, con los gitanos. Pero sobre todo, ella es impiadosa. No tiene piedad con ella misma y se detesta ella misma. Bueno, creo que las crisis existenciales y la angustia parten de un odio de sí mismo, de un desprecio, porque uno quisiera ser mejor, ser lo que soñó, porque uno tiene ideales y uno quisiera ser dios. Entonces, ella atraviesa una gran angustia y esa angustia de sentirse nada, por eso se dice “lee, idiota, leete una página de corrido, tengo el pelo florecido, tengo caries, ya no leo, soy una campechana”. Ella tiene todo el rato una mirada sobre sí misma que es terrible, es tremebunda, es fatal. Creo que esa es la mirada que tensa todo y de ahí irradia el odio hacia los demás. Es una literatura del odio, finalmente.

¿Te intrigó Matate, Amor? Por acá adelantamos un fragmento.

Me recliné sobre la hierba entre árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular. Detrás, en el decorado de una casa entre decadente y familiar, podía sentir las voces de mi hijo y mi marido. Los dos en cueros. Los dos chapoteando en la pileta de plástico azul, con el agua a treinta y cinco grados. Era un domingo víspera de día feriado. Estaba a pocos pasos de ellos, oculta entre malezas. Los espiaba. ¿Cómo es que yo, una mujer débil y enfermiza que sueña con un cuchillo en la mano, era la madre y la esposa de esos dos individuos? ¿Qué iba a hacer? Escondí el cuerpo adentrándome en la tierra. No iba a matarlos. Dejé caer el cuchillo. Fui a colgar la ropa como si nada. Abroché bien las medias de mi bebé y mi hombre. Los calzoncillos y las camisas. Me miré como una campechana ignorante que cuelga ropa y se seca las manos en la falda antes de entrar en la cocina. No se dieron cuenta. La colgada de ropa fue un éxito. Volví a recostarme entre troncos. Ya se corta la madera para la próxima temporada. Los hombres acá preparan el invierno como las bestias. Nada nos distingue a unos de otros. Yo misma, letrada y graduada universitaria, soy más bestia que esos zorros desahuciados con la cara teñida de rojo y un palo atravesándoles la boca de par en par. A pocos kilómetros, mi vecino Frank, el primero de siete hermanos, se pegó un tiro de escopeta en el culo la última Navidad. Linda sorpresita para su tribu de hijos. El tipo siguió la tradición. Suicidio con escopeta para el tatarabuelo, bisabuelo, abuelo y padre, lo menos que se podía decir es que era su turno. ¿Y yo? Una mujer normal, de una familia normal, pero una excéntrica, desviada, madre de un hijo y con otro, quién sabe a esta altura, en camino. Me metí despacito la mano en la bombacha. Y pensar que yo soy la encargada de velar por la educación de mi hijo. Mi marido me llama para unas cervecitas en la pérgola, pregunta si morocha o rubia. Parece que el bebé se cagó y tengo que comprarle la torta de cumple mes. Otras madres seguro que la hacen ellas mismas. Seis meses, me dicen que no es lo mismo que cinco o siete. Cada vez que lo miro recuerdo a mi marido detrás de mí, casi eyaculándome la espalda cuando se le cruzó la idea de darme vuelta y entrar, en el último segundo. Si no hubiera habido ese gesto de darme vuelta, si yo hubiera cerrado las piernas, si le hubiera agarrado la pija, no tendría que ir a la panadería a comprar la torta de crema o chocolate y las velitas, medio año ya. Las otras al segundo de parir suelen decir, ya no imagino mi vida sin él, es como si hubiera estado desde siempre, pfff. ¡Ahí voy, amor! Quiero gritar, pero me hundo más en la tierra agrietada. Quiero gruñir, berrear, y a cambio dejo que los mosquitos me piquen, que se deleiten con mi piel azucarada. El sol me devuelve el reflejo plateado del cuchillo en la mano y me ciega. El cielo está rojo, violeta, tiembla. Oigo que me buscan, el bebé cagado y el marido en cueros. Ma-ma, ta-ta, ca-ca. Es mi bebé que habla, toda la noche. Co-co-na-na-ba-ba. Ahí están. Dejo el cuchillo en el pastizal quemado, espero que cuando lo encuentre parezca un bisturí, una pluma, un alfiler. Me levanto caldeada y molesta por el hormigueo en la entrepierna. ¿Rubia o morocha?; lo que prefieras, amor. Somos parte de esas parejas que mecanizan la palabra amor hasta cuando se detestan; amor, no quiero volverte a ver. Ahí voy, digo, y soy una falsa mujer de campo con una pollera roja a lunares y el pelo florecido. Rubia, traeme, digo con mi acento. Y soy una mujer que se dejó estar y tiene caries y ya no lee. Leé, idiota, me digo, leéte una frase de corrido. Acá estamos los tres juntos para una foto familiar. Brindamos por la felicidad del bebé y bebemos las cervezas, mi hijo sobre su sillita mastica una hoja. Le meto la mano y chilla, me muerde con las encías. Mi marido quiere plantar un árbol para darle larga vida al bebé y yo no sé qué decirle, sonrío como una gansa. ¿Se da cuenta él? De todas las bellas y sanas mujeres que hay en la región se vino a enganchar conmigo. Un caso clínico. Una extranjera. Alguien que debería ser clasificada de incurable. Qué día de humedad, ¿eh? Parece que tenemos para rato, dice él. Yo trago la botella en sorbos largos y aspiro por la nariz queriendo estar, exactamente, muerta.

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Discos por sobre ahorros en el banco. En Twitter: @javieratapiaf