Anoche hubo un puelche fuertísimo. Se cayeron unos árboles, se volaron muchas sillas y el ruido no dejó dormir a nadie. Yo dormí como un lirón y soñé que tenía un hijo que se llamaba Faber Castell y eso era muy conveniente, porque no tenía que marcarle los lápices del colegio uno por uno con su nombre. Creo que no era un sueño original, pero lo hice mío. Siempre que sueño ideas inteligentes me acuerdo que antes de dormir los Supersónicos programaban en sus camas, a través de una máquina, los sueños que querían tener durante la noche. Sinceramente espero que ese futuro se demore en llegar.

Hace tanto calor aquí que ya nadie se siente especial. Somos todos una masa uniforme de huesos y pellejo flotando en el lago turbio. Las lagartijas se duermen y el pasto se seca. El bosque nativo está lleno de arrayanes con vitiligo que sugieren un fuego enorme, y el aislamiento me hace pensar en las bombas atómicas y los demás inventos humanos que casi lo arruinan todo. Siempre que camino por lugares no habitados se me viene a la mente esa familia rusa que vivió aislada en Siberia durante cuarenta años y nunca se enteraron de la Segunda Guerra Mundial ni tampoco de la llegada del hombre a la luna. Ellos querían escapar de la miseria y terminaron comiéndose sus zapatos para sobrevivir. Imagino a la madre y sus hijas con el mismo peinado, uno de esos que trascienden generaciones.

Con dedos de terciopelo reseco distribuyo el bloqueador solar sobre mi cuerpo pálido. Los peces se broncean mucho más que yo, que me frío como un huevo al sol sin piel morena de por medio. El sonido del agua me recuerda cosas desagradables, como los paños mojados que me ponía mi mamá en la cintura para bajarme la fiebre. Traumas como estar enferma cuando chica y que te pongan un supositorio delante de todos tus familiares.

Las voces de la civilización y la memoria me hablan en susurros a través del aire. Son personas reales que me conversan desde el pasado en la ciudad:

“Su mamá tiene todo listo para cuando él vuelva: la ropa limpia, los juguetes ordenados, los útiles del jardín en la mochila, todo impecable. Lo único que no ha lavado son las sábanas en las que durmió por última vez. Ni la loza; la taza con el platito que usó en el último desayuno antes de desaparecer. Todo eso todavía está ahí, intacto, acumulando bacterias”.

“Cuando era chica me decían China. Después se me enredondaron los ojos”.

“El pelo es la ropa de la cabeza”.

“Los animales discapacitados son mi debilidad, los perros ciegos, los gatos sin cola, los canarios cojos, incluso una vez tuve a mi cuidado una oveja con Síndrome de Down, la Aurora. Era linda, la amaba, me enseñó muchas cosas”.

“A mi hermano una vez lo llevaron a la cárcel por robarle el gorro a un carabinero que era español y que se llamaba Paco, pero vivía en Chile”.

“Es un pobre hombre que toca charango afuera de los lugares turísticos por un par de dólares. Cuando usaba uniforme se veía decente, pero de todos modos es un pobre hombre. No es tu papá. Tu papá se murió. Cuando yo también me muera lo vas a entender mejor”.

Cuando las voces hablan sobre padres, se me confunden todos los padres que he conocido en la vida y se unifican en un Gran Papá capaz de cometer todos los errores del mundo. El padre de la familia rusa se llamaba Karp Lykov y decidió llevarse a su familia lejos para huir del comunismo. Armaron una nueva vida pero perdieron sus cultivos en una ola de frío y sus tripas comenzaron a sonar como una tormenta de arena, mucho más fuerte que las voces de la civilización. La madre Lykov murió de inanición por cederle el escaso alimento a sus hijas.

Imagino que soy una anciana en la nieve, me miro en el hielo y mi propia cara me parece irreconocible. Repito mentalmente cosas que he aprendido mientras reúno mis pertenencias para volver a la ciudad. Cosas de la soledad, como borrar recuerdos incómodos antes de dormir. Cosas de los rituales de la sociedad, como que en China se usa blanco en los funerales o que hay que meterle tres dedos a la torta para pedir los deseos porque el mordisco ya es del pasado. Al final el misterio se resuelve. Llegan los antropólogos a la casa ubicada a más de doscientos kilómetros del pueblo más cercano. De los seis Lykov originales solo queda viva Agafia, que a esa altura ya es una anciana como yo misma lo soy en el delirio estival. Justicia que queda en manos de la naturaleza, la muerte de los hijos y la plaga de ranas. Llega la aurora y las nubes parecen ovejas. Huevo nuevo, no alcanzo a recogerlo todo antes de que nos vayamos.

*Foto: Vanessa Jane Phaff

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Es escritora y música. Puedes leerla y reír mucho en Cómo cuidar un pato, esa maravilla publicada por Overol y también escuchar sus canciones en todos los rincones del internet. Léela todos los martes acá, en su columna semanal.