Cumplí 30 hace poco el año pasado, y ha sido toda una revolución, no para mí, sino que para la sociedad que me rodea. Según la Junaeb, ya no soy joven, debo tener 29 y de acuerdo al marketing, institutos de estadísticas y a las personas que me rodean, tampoco me identifican con esa cualidad, tengo que pertenecer al preciado grupo de los veintitantos para tener la bendecida juventud. Ha sido extraño pasar un año siendo “joven”, y para otro ser una “señora que debe establecerse, casarse y por supuesto, tener hijos”.

La presión no es grande en mi familia ni en mi círculo cercano, pero lo veo en los medios. Si tienes 30, tener hijos es un deber. Leyendo “El cuento de la criada” de Margaret Atwood, me siento muy identificada con la protagonista, donde su cuerpo se ha transformado en un contenedor para la procreación y nada más. Claro, no vivo en un mundo distópico (o eso creo), y me quedan solo cinco años para no ser una madre geriátrica, pero ¿por qué debo tener hijos si ni el gobierno me garantiza su seguridad? Con el nuevo establecimiento, temo por la educación gratuita, por mejores jardines, por una protección a la maternidad, y lo más importante, por una posición igualitaria de la mujer con respecto al hombre en la sociedad.

Por ejemplo, si tengo una hija, no quiero traerla a este mundo a ser perseguida, manoseada por extraños o peor, encontrarla muerta por violencia de género; y si tengo un hijo, no deseo que sea criado para ser un “machito” por la sociedad, ni discriminado por su orientación sexual o de género.

En estos cinco años, donde supuestamente puedo ser una madre saludable (lo cual ni siquiera está garantizado), no podré costear un hijo. Suena duro, pero es la realidad. Una amiga me dijo: “si quiero tener 3 niños, deberé tener 150 millones de pesos solo para su educación”, ¿quién puede con eso sin endeudarse en un sistema villano pagando intereses hasta la muerte?

Otro asunto que me ha estado molestando, es que la mayoría de las personas juran que a los 30 debes tener todo descubierto y ordenado. Tranquilas, en mi caso ni siquiera sé cuál será mi próximo trabajo porque la economía actual y el estado de mi país me lo impiden, aunque me esfuerce en ello (ahí entramos en otro tema, la cultura del esfuerzo, pero eso es para otra columna).

A mis 30, mis tiempos jueveniles se acabaron, según la sociedad no puedo ser rebelde, ni rupturista, ni tener éxito, porque eso es para los 20. Mi tiempo ya pasó, y como mujer debo conformarme con mi estado actual. Me niego a creer en eso, en aquel constructo social que te obliga a sentarte en el sillón y a “tener todo en orden con un marido y un hijo al lado” muy a los años cincuenta.

A mis 30 recién cumplidos, no tengo por qué tener logros pasados sobresalientes, ni ser una estrella de rock famosa o haber publicado mi primer libro como “niña genio”. Si la muerte de la creatividad y el rupturimo es a los 30, estamos realmente cagados como sociedad, pues a mis 20 no tenía idea de nada, los fui aprendiendo en aquella década para poder aplicarlos en esta. Y para aquellos afortunados que pudieron sacar su “eureka” a los 20, felicidades, porque les quedan más “eurekas” en los siguientes 50 años o más.

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Periodista a medias y editora a tiempo completo. Bibliofílica y amante de los gatos. En Twitter, @lamliet.