Una muy buena amiga que conocí en la época en la que estudiaba en la universidad tiene un hijo pequeño. Tengo muchas amigas con hijos. La mayoría están separadas de los padres de sus niños, trabajan para mantenerlos y -algunas más que otras- cuentan con una red de apoyo para poder dividir su tiempo entre ser madre, trabajadora y -algunas más que otras- vivir su vida.

Un tema recurrente de conversación con ellas ha sido lo poco bienvenidas que se sienten en espacios de mujeres de su misma edad (entre 25 y 30 años), pero que no son madres. Poca comprensión con sus horarios o incluso, con el hecho de estar en la misma habitación con esos niños. Porque los niños son incómodos.

Cuatro de ellas, al menos, me han dicho en más de una oportunidad, que en los lugares en que más incómodas se han sentido han sido en círculos de mujeres jóvenes feministas.

Recuerdo que una de ellas fue a una reunión de una organización feminista. Tenía la fecha agendada hace semanas. Había encontrado quien se quedara con su hijo durante ese rato para ella poder asistir, pero tuvo un problema de última hora y lo llevó. Pensó que no sería mayor problema ir acompañada. El niño es tranquilo, se porta bien. De hecho, se portó bien. Aún así, durante todo momento se sintió cuestionada por el grupo al que asistió. Desubicada. Caras de ¿cómo se te ocurre venir con tu hijo?.

Otra de ellas, fue a una reunión en la universidad con mujeres pertenecientes a diferentes grupos feministas, de varias carreras. Se tocaron diferentes temas, como el acoso por parte de compañeros o profesores y también lo difícil que es para diferentes mujeres profesionales persistir en el camino para ser académica. El padre de su hijo no existe, no tiene familia en Santiago y sólo son ella y el niño. Ella pensó “bueno, es un grupo que debiera solidarizar con estas condiciones, y será una reunión informal, en los pastos de humanidades, no creo que haya problemas”. Nada más lejos de lo real. Su guagua lloró una vez y ella se alejó del círculo hasta que se calmó y durmió. De vuelta, con el niño en brazos, en silencio. El aire se podía cortar con un cuchillo. Al final, una le dijo “qué lloroncito”, con cara de asco.

Y así, más situaciones que me han contado. Tristes.

¿Cómo se puede creer el discurso de una organización o una mujer feminista si no están dispuestas a apoyar a las madres solteras que quieren hacerse parte de su lucha? ¿Por qué se le debería creer a una feminista lo que dice si su actuar indica que existen mujeres que no deben ser parte de sus círculos, porque les incomoda el archivo adjunto ese que mide noventa centímetros?

Nadie está obligado a que le gusten los niños. A mí me caen bien y al mismo tiempo me dan mucho miedo. Pero creo que esto es un tema que va más allá de nuestras preferencias. Sinceramente, creo que es un acto político básico apoyar a las mujeres que no tienen una red que las ayuda a poder desarrollarse fuera de la maternidad. Así como diferentes grupos activistas feministas quieren un pago igualitario para todas, que dejen de matarnos y legalización del aborto, hay algo que está antes (porque viene desde nosotras mismas) y eso es, desde la cotidianidad, poder tener todas iguales oportunidades para lograr lo siguiente. Esos carteles que vemos en las marchas, que hablan de amor entre mujeres, deberían incluir también a aquellas que son madres.

He presenciado conversaciones en las que feministas jóvenes desacreditan a mujeres competentes y capaces por ser madres. Por no tener todo el tiempo libre que tienen ellas para ver documentales de feminismo en Netflix o tomar chela en Bellavista planeando cómo abolir el patriarcado. Sería muy bonito que esto dejara de suceder. No sé si será que por sus edades o contextos ven la maternidad como un bicho raro. Quizás yo, siendo parte de la misma generación, tengo una aproximación diferente porque me relaciono con madres constantemente.

Veo también que los niños, en general, no son parte de su agenda, es como si lo sintieran un retroceso del tipo ¿tengo que preocuparme de la maternidad y de la infancia solo por que soy mujer? Para mí, la respuesta es no. Hay que preocuparse de las madres y de los niños porque son igual de vulnerables que todas nosotras (las solteras, sin hijos, con trabajo) o incluso más, dentro del sistema actual.

Mi deseo para el 2017 viene desde un amor más puro que pancita de cachorro. Me gustaría que las amigas feministas de mi edad y también las más jóvenes que rechazan sistemáticamente en sus círculos a las madres solteras, comprendan que esas pequeñas discriminaciones, en los ambientes más cerrados y controlados en los que habita, sólo van a hacer que nunca avancemos. También, que no nos confundamos. El feminismo es política, el feminismo es anticapitalista desde su médula y eso incluye deconstruir las relaciones tal y como las conocemos. Para mí el feminismo es abandonar categorías y trabajar juntas desde la horizontalidad, aunque todo se nos venga cuesta arriba cuando llegamos al punto de la clase. El feminismo ni cagando es fácil, está lleno de contradicciones (o sea, miren dónde vivimos y cómo vivimos) y al final, al final de todo, lo único que nos va a quedar es ayudarnos entre todas. Que el amor entre mujeres no sea sólo una frase escrita en una cartulina para el 8 de marzo.

Author

Discos por sobre ahorros en el banco. En Twitter: @javieratapiaf

  • Señora Loocila

    Aveces la interpretación de algunxs del feminismo tiene unos tintes sectarios que me parecen que son los que le dan esa imagen de “moda” más que de movimiento serio, pienso que tenemos que sumar en vez de restar, las madres solteras, las mujeres casadas, las amas de casa, las madres casadas, todas deberíamos poder dar nuestra opinión y colaborar con el movimiento, sumar, sumar, sumar, no restar y discriminar, yo escribí éste artículo en mi página con mucho miedo, sintiéndome “menos feminista”, pero luego pensé ¿acaso no deberíamos asumir las decisiones que a cada quien le sirvan mejor? http://www.sendas.com.ve/blog/2016/12/13/amadecasafeminista/, dime que opinas, Javiera.

    Saludos y un abrazo.