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La columna de Josefina González: Soledad Novecientos Once

La columna de Josefina González: Soledad Novecientos Once

Cuando chica sufría mucho porque había un violador en serie cerca de la casa de mi abuela en Temuco, que se vestía de hombre araña y atacaba a las viudas. Se escondía debajo de sus camas durante el día y al caer la noche cazaba a sus víctimas. Yo decidí no matar a ninguna araña durante todo ese verano esperando a que el sicópata desapareciera, no quería arriesgarme. La infancia es un lugar oscuro, lleno de peligros y amenazas. Tuve un compañero de curso en el jardín que se partió la cabeza andando en patines y eso me marcó, porque eran patines nuevos que le habían regalado recién y yo los había visto y envidiado.

Yo siempre tengo mucho miedo de todo y cada vez que le hago un regalo a un niño o niña chica me preocupo cuidadosamente de que no sea algo que pueda directa o indirectamente causarle la muerte ni propiciarla. También intento no elegir regalos que puedan ser un aliciente visual en caso de tragedia, como pintura roja o collares de mostacillas que caerían estrepitosamente por la calle mientras el infante en cuestión agoniza. Tampoco le regalaría nada a nadie que pudiese contribuir a alimentar alguna lombriz solitaria escondida por ahí. Yo no regalo nada con azúcar.

Supe que un grupo de chicas del Villa María Academy en los años noventa iba al Persa Bío-Bío a comprar lombrices solitarias para adelgazar. A mí me lo contaron hace poco. Creo que esas niñas con caras de profesoras rusas sentían más soledad que la misma lombriz. Creo que esas lombrices de hecho nunca conocieron la soledad; eran felices entre comidas, golosinas y uno que otro embrión próximo a ser extirpado como si fuera un apéndice con apendicitis. Un amigo de mi papá le regaló una vez un auto lujoso a uno de sus hijos para celebrarle el cumpleaños número dieciocho. Dos días después el chico murió en un accidente por manejar su regalo borracho. Yo lo paso muy mal eligiendo obsequios y prefiero desaparecer del mapa en las navidades.

Mi abuela de Temuco fue profesora de castellano durante varias debacles económicas en Chile, pero nunca ocurrió nada grandioso como en esa crisis que hubo en Rusia cuando a las profesoras les pagaban en vodka. Pasé muchos veranos calurosos mirando cómo la ventana de su pieza se golpeaba con el viento. Ahora que lo recuerdo me tiritan las manos. La noche se consume por completo. Me duelen los bluyines, los pajaritos me aprietan los oídos y siento un largo delay mental. Tengo tu mochila. La ando trayendo porque se supone que estoy de vacaciones y la mía estaba llena de papeles.

Cuando chica sufría mucho pensando en las abuelitas que viven solas y son asesinadas. Ahora que soy un adulto funcional ya no sufro tanto imaginando el dolor de los demás; me concentro en el mío. Se que he alcanzado cierta madurez. Por ejemplo, este año para mi cumpleaños me regalé a mí misma dos tapaduras de caries en el dentista en vez de ir a comer sushi. También he logrado asumir que nunca más seré niña y es importante asumir cosas, asumir la hipersensibilidad. El tenedor es un arma como cualquier otra pero se pone sobre la mesa a diario. Cuando chica sufría mucho pensando en los niños que sin querer causan la muerte de sus hermanos mientras juegan. Las islas, las piscinas, los árboles. Una búsqueda; en el desierto la pena es plana e interminable. Salvajes, pesadillas, bestias. Cuando chica sufría mucho.

Son difíciles las vacaciones porque uno se enfrenta de cara a todas las vacaciones que vivió antes y las comparaciones destruyen el alma. Yo me siento incómoda en los campings llenos de familias alegres e imagino que esos adolescentes con poleras del hombre araña en cualquier momento van a cometer una estupidez que lo arruinará todo. Tal vez he visto demasiadas series gringas de crímenes e investigaciones. Cuando chica sufría mucho y recuerdo que daban Rescate 911 en Megavisión a la hora de almuerzo. Sé bastantes cosas importantes sobre cómo reaccionar ante emergencias y cómo leer evidencia. La selva interior, los campos de maíz, desconocidos que acarrean en su billetera imágenes borrosas de guaguas recién nacidas; las pasean en el bolsillo por el banco y la panadería. Todos los bosques del sur de Chile son locaciones de Twin Peaks y las carreteras son todas Carretera Perdida.  

Dice la gente que si a uno se le moja el celular hay que meterlo en un plato de arroz crudo. Se supone que el arroz atraerá a los chinos durante la noche y ellos lo arreglarán. Creo que eso no lo saben un montón de investigadores forenses. Leo en Wikipedia que en las tribus africanas comer lombrices es un manjar de la realeza: solo pueden consumirla los jefes y los sacerdotes. Decido ir al mall del pueblo a comprar almejas en patines y en el camino planeo qué voy a decir en el funeral de mi abuela cuando ella se muera. Para algunos la vida es difícil y atemorizante y no hay gramática que pueda corregir eso. Hace una hora estaba en un lugar al que jamás volveré y el cerebro nunca se apaga.

*Foto: Aya Takano

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