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El camino a ninguna parte: Los Modlin

El camino a ninguna parte: Los Modlin

Encontrar una foto o un negativo en la calle puede que no nos lleve a hacer una investigación como la de Paco Gómez, pero nos induce a intentar adivinar lo que hay detrás, en qué lugar fue hecha esa toma, qué relación hay entre sus protagonistas. Parece incomprensible que alguien se desprenda de fotos porque sí. Algunos creen que hay que dejar de lado todo rastro material en el camino, tirarlo a la basura, para vivir más plenamente y feliz. La curiosidad puede mucho más, aunque el resultado sea maldito.
Los Modlin son los actores principales de Los Modlin, una antibiografía sobre una familia de artistas ignotos provenientes de EEUU, afincados en Madrid, que nunca llegó a la cima, y que Paco Gómez intenta armar un poco al modo de Citizen Kane a partir de fotografías encontradas una noche de 2003, luego de la muerte de todos sus integrantes. Margaret, Elmer y el joven Nelson, los tres tan bellos como inescrutables. Esta dificultad al acceso total es lo que hace que el autor reconozca que es un libro imperfecto, incompleto, de final abierto, con interrogantes de sobra como para iniciar un nuevo trabajo.

 
Esta especie de novela-diario no sería lo mismo sin la gran cantidad y hermosa calidad de las fotografías que acompañan en cada página a cada rescate del autor. Desde cierto punto de vista, es un libro muy personal, muy cercano a las obsesiones del autor, lo cual podría ser frustrante si las palabras no logran hacernos entrar en ese mundo particular. Gómez es fotógrafo, por lo cual, su primera iniciativa es la de hacer una película documental sobre la familia, la cual termina truncada. Por lo tanto, Los Modlin es, también, el diario de algo que no fue. La mirada subjetiva está en este procedimiento de anfitrión que abre una caja de zapatos y nos empieza a mostrar y contar historias de su álbum personal. De ahí, pasa a la tarea obsesiva de recrear, junto a sus amigos, algunas tomas en la misma pose y el mismo lugar en que fueron hechas. Buena parte del material son fotos que Margaret hacía con su marido y con su hijo como modelos para sus cuadros. Gómez hace todo un recorrido hasta llegar a un niño sordomudo, ahora adulto, que Margaret había conocido en una pequeña población y que se había convertido en su musa. Pintora de estilo surrealista, algo cercana a Dalí pero más plana, también idealizaba a su hijo Nelson en muchas de sus obras, quien termina huyendo de la familia, harto de sus locuras. Todo esto, sumado a un vaho religioso en torno a su admiración por el dictador Francisco Franco, lo que la convierte en el personaje más kitsch de los tres, adjetivo que, cómodamente, se aplica a sus pinturas. Hay abundante material de su marido Elmer posando en poses estrafalarias, desnudo, al borde de lo desagradable, como la de sus genitales cubiertos por un calzoncillo agujereado. Se adivina algo promiscuo, incómodo, que Gómez no llega a dilucidar qué tanto influyó la ruptura final del vástago.

 

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El material fotográfico es necesario para cotejar y reafirmar la obsesión de Gómez. Un buen complemento, para este trabajo, sería un DVD con imágenes de los trabajos en cine y televisión de Elmer y Nelson. El hijo tuvo un éxito algo más extenso en el campo audiovisual y de la locución, pero el padre apenas si logró algunos papelitos. Seguramente, el más destacado es una aparición en El bebé de Rosemary, en donde hace una pequeña participación entre los amigos del grupo satánico que recibe al recién nacido. El autor examina las imágenes, busca paralelismos entre su personaje y el protagonista de la película de Polanski, busca algo más que lo conecte con la misteriosa familia, pero no lo logra. Se da cuenta que algunos elementos de los escenarios de sus exiguos trabajos forman parte del piso que habitaban en Madrid, pero eso tampoco es señal de nada. Aunque no creamos en nada, encontrar coincidencias es la tentación de encontrarle algún sentido a algo al suponer que alguien nos está marcando algo.
El tono general del libro es de desasosiego, un laberinto en círculos, sensación que se incrementa a medida que nos acercamos a la conclusión. Teniendo en cuenta que, en parte, en el relato se filtra la investigación detectivesca, encontramos algo del lamento de la novela negra, la repetición del “Nunca debería haberme encontrado con ella”, pero en relación al material fotográfico encontrado frente a la vivienda de los Modlin, como si se tratara de la femme fatale. No sabemos que tanto hay de ficción y de realidad en toda esa frustración, pero el Paco Gómez personaje termina afectado de no llegar a nada, por sentirse robado en su idea de hacer un gran documental y porque no sabe en que lugar meter la gran cantidad de material que lo atormenta hasta en los sueños.

 
Tal vez, alguna de esas fotos que se llevaron antes de que él llegara a la montaña de la basura en 2003 tenía alguna clave necesaria para su curiosidad. Siente que no llegará nunca a encontrar el rosebud que le daría sentido a toda la investigación. La mayor frustración es que, siendo fotógrafo de profesión, las fotos no le digan nada y solamente lo alejen de sus papeles de esposo y padre, al que parece poner entre paréntesis, mientras intenta poner orden en un pasado ajeno. La imagen fijada no garantiza la inmortalidad; el congelamiento en el espacio-tiempo es eso, nada más, no evita el olvido. La confianza excesiva en el registro del “estuve ahí” o “eso estuvo ahí” no dice más que eso, no transmite algún tipo de verdad oculta, que es lo que busca Paco Gómez.

 
En cinco años fallecen los tres miembros de la familia. “Era como si el fracaso hubiera de sobrevivirlos”, es la última oración. Se corre el telón, la obra fracasó, y el autor siente que esa sensación se transmitió a su experimento de revivirlos. Igual, las últimas imágenes del epílogo, capturas de las grabaciones en video del matrimonio y la transcripción de los diálogos, contienen un gran cariño hacia sus criaturas, a quienes no les guarda rencor por el mal trago de topárselos en el camino.

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Los Modlin de Paco Gómez

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