La vitrina


El contacto físico se ha hecho peligroso desde fines de 2019. Una mezcla virulenta de miedo e indiferencia predomina en el aire, generando situaciones tan contradictorias como estar aislado en la era de la conectividad. Enrique Piracés, un fantasma revolucionario, se adelantó veinte años a una realidad que hoy es ordinaria: vivir conectado 24/7 a una red online, criatura ubicua que observa sin descanso por una pantalla. Este es un relato sobre llevar la vida a través de internet en la pandemia de coronavirus.


Mi usuario en Instagram es juli_grr. Lo elegí pensando en que era una buena combinación entre mi amor por los gatos y las iniciales de mis apellidos. Es un nombre amable, convencional. Si alguien me busca y se equivoca en la cantidad de erres se encontrará con Julieth Guerra (juli_gr), o con una chica rusa que es muy probable que no se llame Julieta (juli_grrr). También tengo un blog, varias cuentas en Twitter, una en TikTok, una en Facebook, una en Pinterest, una en Tumblr, tres correos Gmail, un perfil en Linkedin y un clóset virtual en Prilov, eso sin contar las cuentas más serias y menos opcionales como bancos, SII, tiendas de retail y pasaporte universitario. Varias partes de mi vida —de mí misma— transcurren online, dejándome expuesta ante cualquiera que le interese mirar.

En el 2000, un periodista del diario El Mostrador se encerró en su casa por seis meses para probar que un humano no necesita más que internet. Su nombre es (¿era?) Enrique Piracés, y su usuario Kike. Tenía 23 años. La única foto que encontré suya es la portada de La casa de Asterión, disco de Mecánica Popular que musicalizó su historia con letras filosóficas y tintes folk. Es al menos extraño que, después de tapizar la web, los matinales y los diarios con su cara, hoy permanezca anónimo. Como en modo incógnito. Como si nunca hubiera existido.

“Las únicas personas preparadas para estar encerrados son los astronautas. Yo nunca he sido astronauta”, dijo Enrique en una entrevista el 6 de mayo del 2000 al medio digital LaRed21, tres días después de empezar el experimento en la casa de Lo Contador. Este es uno de los pocos testimonios que sobreviven de él, junto al artículo de Alberto Fuguet llamado 24/7. El escritor explica que el proyecto, a pesar ser un retiro en soledad, es eminentemente comunitario: “Piracés sabe que sobrevivirá, pero advierte que todo podría irse a pique si la gente le vuelve la espalda”.

Sobrevivir al aislamiento en completa soledad es imposible. Lo he comprobado en años previos a esta pandemia. Dependemos de la gente para continuar viviendo de la misma forma en que Enrique necesitaba que le llegaran correos electrónicos a diario. Las cosas se van muy rápido al carajo cuando la separación física se transforma en una reclusión emocional de la que, además, una vez dentro cuesta mucho salir. Internet cumple un rol fundamental para mantenernos unidos, o al menos sirve para simularlo.

Una crónica de La Tercera publicada en mayo de 2020 sobre las experiencias de aislamiento de seis personas —entre ellos Helen Sharman, una astronauta de 26 años que estuvo ocho días en la estación MIR en 1991— rebate la idea de Enrique, ya que por mucho que los individuos sean preparados, enfrentarse a un encierro nunca es algo fácil.  Claro, en los noventa los astronautas solo podían comunicarse con la Tierra a través de una débil señal por radio; hoy tienen reuniones con sus familias por Skype. Esta crónica, pienso, también pudo haber incluido a Piracés.   

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Cuando el Covid-19 se cubría como nota internacional, las personas en Chile todavía caminaban con el temblor de octubre en sus espaldas. El 3 de marzo, un día después de mi cumpleaños, el Ministerio de Salud confirmó el primer contagio. Ocho días después se declaró la pandemia y la palabra zoom dejó de significar el acto de acercar una imagen, el papel higiénico se transformó en un bien de primera necesidad, las farmacias subieron los precios del alcohol y las mascarillas, y las teorías conspirativas sobre la falsedad del virus y un nuevo orden mundial tomaron fuerza. Una, dos, tres olas de contagios han enfermado al país. El 9 de abril de 2021 se registraron 9 mil 171 casos, cifra récord en toda la crisis. Así quedamos confinados, donde sea que nos encontró la cuarentena.

En 2020 me quedé en Illapel. En mi casa, la de mi abuela. Al principio sentí que había olvidado cómo era estar tanto tiempo en un lugar que nunca termina de ser hostil, tanto que pensé que todo lo que he avanzado en terapia se iría a la basura. Han pasado siete años desde que me fui de esa ciudad. Tenía 15 y ahora 22, pero no bien llego siento que tengo 12 de nuevo. Así de estancado es el tiempo allá. En mi feed de Instagram no subí muchas cosas: me gustaba la idea de que al menos mi presencia online estaba en otro lugar.

No soy muy asidua de las redes sociales. Aunque ha habido etapas donde soy más activa, más íntima, me da un poco de paranoia pensar que quienes me ven lo hacen solo para burlarse. No entiendo por qué alguien querría, voluntariamente, exponerse 24/7 a cámaras y micrófonos como lo hizo Enrique. No sé para qué sirven los lives en Instagram, las salas de Facebook, las fiestas en Zoom, los retos de TikTok, hacerse viral en Twitter. No sé cómo fingir que realmente me interesa algo de esto. Creo que no lo comprendo porque nunca he entendido bien cómo funciona la socialización humana.

Suena como si no lo fuera. Humana.

No es que me guste aislarme tampoco, porque aunque lo hago, es un acto involuntario. Natural. En las vacaciones del colegio me desaparecía de la vista de mis amigos. No llamaba, no chateaba. No sabía qué decir. En cambio, estaba acostumbrada a un mensaje ocasional de quien fuera la persona más cercana en ese momento preguntándome si seguía viva —medio en broma, más enserio— y yo decía sí, estoy bien jajaja ¿y tú? Para luego no contestar hasta el día antes de volver a clases. Ojalá lean este texto.

Enrique, como el Asterión de Borges —cuento que dio origen al disco de Mecánica Popular—, como yo en mi vida escolar, estuvo sumido en una soledad laberíntica. Con una conexión a internet que lo abría al mundo como las puertas abiertas de la casa del minotauro, Piracés era constantemente visto, escuchado, juzgado. Todo en compañía, pero siempre solo. Y lo peor, abandonado. Vivonline.com —así se llamó el proyecto— se suponía que debía durar ocho meses, pero terminó a los seis de manera inesperada. Me imagino que la gente se aburrió de verle la cara a Kike y ya no era rentable mantenerlo en la web.  Acaso Fuguet sería el único que lo recordaba cuando escribió sobre él para la revista Capital

Pero el periodista difiere conmigo. Yo creo que Enrique estaba solo, en cambio, él escribe: “Como son las cosas: ingresó a la casa de Lo Contador para aislarse y no ha parado de comunicarse”. Es que claro, en internet se pueden hacer muchas cosas: desde juntarse con amigos hasta destruir a una persona. De lo banal a lo más obsceno. ¿Será entonces que podemos vivir sin tocarnos? ¿Sin presenciar la carne frente a nuestros iris en la vida real?

Que bien se yo la fonte, poema del siglo XVI escrito en cautiverio por San Juan de la Cruz —adaptado por el cantaor Enrique Morente y convertido en hit por Rosalía— explica que la soledad es la única forma de encontrar a Dios. Solo, rodeado por nadie, pero profundamente acompañado. Piracés quiso probar que a través de Internet encontraremos a Dios. En las redes, a falta de materia, está la esencia. La idea de nosotros, lo que queremos proyectar. Pero yo no soy creyente, dependo de los cuerpos.

En Japón existen un grupo de personas que decidieron, como Enrique, no salir de sus casas nunca. Se llaman hikikomori, término acuñado por Tamaki Saitō, psicólogo y profesor de la Universidad de Tsukuba, y son hijos de la inestabilidad económica nipona de la década de los noventa y de una serie de factores socioculturales propios del país donde este año fue creado el Ministerio de la Soledad. Para un hikikomori, salir del encierro depende de si es capaz de pedir ayuda o no. Algunos lo hacen a través de redes sociales: parten con una terapia online que les permite readecuarse a ver e interactuar con personas después de años de enfrentarse solo a una pantalla plana. El peligro, al final, está en acostumbrarse. Y temo que esta pandemia pueda lograrlo. 

Sharman, en base a su experiencia en el espacio, piensa que tras el coronavirus la sociedad se volverá más cohesionada: “Cuando la pandemia acabe, el mundo será un mejor lugar para vivir”, afirmó a La Tercera. En cambio, el novelista francés Michel Houellebecq cree que no cambiará radicalmente, y quizás sea un poco peor. “La epidemia del coronavirus ofrece una magnífica razón de ser a esta tendencia de fondo: una cierta obsolescencia parece golpear las relaciones humanas.”, dice.  

Mi presente no es tan oscuro como plantea el autor, pero tampoco tan optimista como el de la astronauta. No sufro como los que extrañan salir a diario. Aún así, siento que incluso cuando el mundo está encerrado conmigo sigo quedándome un poco afuera, algo fóbica del resto. No creo que las relaciones humanas estén obsoletas, ni que después del Covid-19 se tornarán más profundas. Creo que las relaciones han evolucionado. Somos nosotros —unos más que otros— los que nos quedamos atrás.