“Cuando nacieron yo lloraba mucho porque eran oyentes”: Una conversación con mi papá sordo

“Aquella noche me prometí que a mí mismo que nunca me quedaría sin palabras cuando necesitaras que hablara por ti. Así que empecé mi carrera como intérprete oficial de nuestra familia. De allí en adelante, llenaría todas nuestras lagunas, nuestros silencios y tartamudeos, siempre que me fuera posible”.

Ocean Vuong – En la Tierra somos fugazmente grandiosos


No me acuerdo cuando fue la primera vez que trataron de explicarme, pero sí que lo intentaron varias veces. Cuando estábamos en la casa de mi abuela y llamaba a alguno de mis papás para que se acercara, alguien de la familia llegaba a explicarme que no podía gritarles porque no me iban a escuchar, porque son sordos.

Para comunicarme con ellos, tenía que modular para que me leyeran los labios y usar lengua de señas, además de ir a buscarlos si necesitaba decirles algo urgentemente. Naturalmente se dio y me acostumbré a ir desde el lugar donde yo estaba hasta ellos, tocarles el brazo o jalarles la ropa y decirles, con una mezcla de ambas técnicas, qué era lo que quería.

Cuando un hijo de personas sordas nace oyente, se vuelve intérprete de sus papás frente al mundo. No tenía más de cinco años cuando mi mamá, Marisol, me pidió a la salida del jardín que llamara a la Tesorería General para confirmar si había llegado el cheque de su pensión de gracia. Cuando la respuesta era “Sí”, íbamos juntas a buscarlo y después a cambiarlo al Banco Estado de la Plaza Sotomayor de Antofagasta. Y cuando era “No, aún no está disponible” mi mamá me pedía decirle a la señora que estaba al otro lado del teléfono que necesitaba urgente esos cien mil pesos y que si era posible apurar el trámite. Haciendo esas primeras llamadas fui entendiendo que para llegar a fin de mes, había que insistirle a la Señora del Teléfono de la Tesorería General de la República (Una vez reconoció mi voz en las oficinas de San Martín y después, cada vez que me la encontraba, me regalaba un dulce).

Carlos, mi papá, compró su primer celular a principios del 2000 y todas las llamadas eran hechas por mi hermana, mi abuela o yo. Yo siempre decía que sí, porque eso significaba que al cortar podía quedarme con el equipo de pantalla verde por unos minutos y jugar Snake hasta que la serpiente se hacía tan grande que no cabía y te obligaba a perder. A veces me tocaba llamar a adultos que le debían plata a mi papá por su trabajo de contratista o para pedir reservas de horas médicas. Más de alguna vez me tocó escuchar la pregunta “¿Cuántos años tienes?” y siempre que decía mi edad, venía un “Perdón, es que estoy llamando yo porque mi papá no escucha”. Las secretarías me pedían perdón de vuelta y la conversación continuaba con la coordinación detalles que yo después le explicaba a mis papás.

Con la excepción de algunas veces en las que me pedían hacer llamadas mientras veía una película, chateaba por MSN o cualquier cosa que yo creyera que era más merecedora de mi atención, era algo que me gustaba hacer. Nunca me sentí con la obligación de ser la intérprete de mis papás frente a las personas. Fue algo que se dio de manera natural porque yo podía comunicarme más rápido y así avanza el mundo, a una velocidad a la que no todos están acostumbrados o preparados.


A medida que he ido creciendo y concentrándome más en quién soy, me he dado cuenta que soy mañosa con el ruido porque crecí en un hogar donde nunca hubo mucho. Más allá de la cocina cuando la ocupa mi mamá, el baño cuando se abren los grifos y se tiran las cadenas o la música que suena cuando mi hermana o yo cuando vamos a visitarlos, lo que hay es silencio. Mis papás ven la tele en mute y cuando se conectan a videollamadas -desde mucho antes de la pandemia- hablan con sus conocidos y amigos en lengua de señas.

Hace unas semanas, mientras veía Sound of Metal, una película de Amazon Prime que cuenta la historia de un músico que pierde la audición y debe reinsertarse en el mundo aprendiendo a comunicarse desde cero y viviendo en silencio, me pregunté mucho por mis papás. Traté de pensar en historias que me contaban sobre sus experiencias como sordos, pero no eran suficientes y después de insistirle a mi papá que viera la película, le pregunté si podía conversar con él sobre algunas cosas relacionadas a ella y otras con él.

Lo último que imaginé es que íbamos a tener una conversación tan cercana, a pesar de estar él en Antofagasta y yo en Santiago, a kilómetros de distancia.

Ya que esta entrevista se hizo en lengua de señas y con diferentes usos de la voz, ha sido editada para su lectura.

¿Cómo te has sentido con el hecho de ser sordo?

Antes, cuando era chico me obligaban a usar audífonos y nada. Me decían “Hola, ¿cómo estás?” y no entendía nada, hasta que aprendí “Hola”. Mi mamá y la abuelita (Nota de la periodista: Mi bisabuela) decían bravo. Pero yo solamente sentía puerta, bocinas, ruidos de guau guau, eso solamente. Lo visual es más grande para mí. Cuando la Gaby era guagua yo la miré una vez y dije “Está enferma”, le toque la espalda y respiraba mal. Le dije a mi mamá “Oye, la Gaby está enferma”, me dijo “No es nada”, le dije “Ven, tócale la espalda con la mano” y vio que era verdad. Fuimos donde la doctora y ella dijo “Oh, Carlitos tiene razón, ¿cómo sabe?”, le puse la mano. Yo siempre fui atento en visual, con la Gaby y contigo. Era muy difícil porque yo no escucho nada. A veces tenían la cara diferente, decaída, “Ah, es fiebre”. Muy atento en visual.

Me da miedo un poco ¿Cómo me siento? Es difícil para mí, yo soy sordo. A mis hijas las quiero mucho. Ustedes normales, yo sordo, es diferente. Yo aprendí a estar unidos, siempre, siempre.

—Cuando tuve neumonía en Calama ¿cómo te diste cuenta?

Tenías mucha fiebre. Después de eso todos decían que estabas muy flaca, pero no entendían que tú estabas muy enferma y después te mejoraste, pero fue difícil. 

Yo no entiendo el ruido. A mí cuando era chico me daba vergüenza el audífono, no me gusta. La gente decía “Oh, mira” yo lo escondía con el pelo. Quería normal.

¿Cuántos años tenías cuando usaste audífonos por primera vez? ¿Cómo eran?

Tenía tres o cuatro años (En señas me explicó que era como usar audífonos de celular con una caja que quedaba colgando en el cuello). En el colegio de la Purísima las monjas eran un poco diablas y decían “Ya, habla”, después decían “Carlos, hace RRRR”, lo más difícil. Habían otras personas que hablaban bien, pero tenían pérdida auditiva, que es diferente. Monjas decían “Mira, es sordo inteligente”. A los seis años con pérdida auditiva igual hay memoria de cuando escuchaban.

¿Cómo se siente? Silencio. Si apago la mente, siento vibraciones. Con la abuela Nancy, mi mamá, nos costaba la comunicación. Yo estoy acostumbrado a lo visual, mi mamá habla mucho, en español. Para mí lo más difícil es escribir. Pero al revés, yo arreglo algo y preguntan “¡¿Cómo?!”, porque lo veo, uso mis manos y lo visual. Yo sufrí mucho por no escuchar nada. Pero ahora estoy feliz, porque tengo dos hijas. Feliz, feliz. Me emociono porque se fueron a la universidad y están bien. A mí cuando chico no me gustaban las señas (seña de rehuso). Me gustaba hablar (con la voz), pero me equivoqué. Me siento bien con señas y hablar, las dos cosas un poco.

Sí, porque igual las necesitas para comunicarte. 

Claro. A veces.

¿Durante cuánto tiempo no quisiste hablar señas?

A los 19 años fui a Santiago estaban todos los sordos y me dio vergüenza porque no entendía nada. Hablaban con señas y yo no entendía nada. Porque yo estaba acostumbrado…

A la familia con oyentes.

Claro, pero yo creo que con poca confianza. Yo preguntaba en almuerzos “Oye, ¿qué dijo?” y me decían un resumen. Fome. Yo a veces solo y sufría mucho. Toda la familia se reía y no entendía nada, en mi familia. A veces un tío sabía, se daba cuenta. Todos hablaban y decía “Oye, díganle a Carlitos” y me contaban. La verdad era incómodo.

Y cuando hablabas con la familia ¿eran mitad señas y mitad modulación?

Sí.

Nosotros siempre hablamos con modulación y señas. Nunca cien por ciento una.

Porque si las obligaba a solo señas podían perder la voz. Había que cuidarlas y era su decisión, modular o usar señas. Pero igual usan un poquito de señas. Ahora que están grandes, entienden y usan más señas.

Cuando era chica me acuerdo que íbamos a la Gran Vía, a la casa de la Abueli. Yo estaba en otra pieza con el Tata y te llamaba y me decía “Oye, no puedes gritar, tu papá no escucha”.

Sí, sí me acuerdo, me contaron.

Y a mi mamá también la llamaba y me dijeron lo mismo. Ahí empecé a ir a buscarlos y si tenía hambre tenía que ir de mi pieza a buscar a la mamá y decir “Oye, tengo hambre”. Siempre tenía que seguirlos.

Sí, es verdad, ¿tú te acuerdas cuando estábamos en Calama?

Muy poco.

Te voy a contar una historia. Cuando eras guagua, muy chica, un año, comías y tú con las manos (hace el gesto de gracias en lengua de señas). ¿Te acuerdas?  El abuelo Pepe miró y aplaudió, “¡Sabe lengua de señas!”. Tenías un año, yo estaba muy contento. Después te preguntaba por Pikachú y tu ponías las manos de Pikachú. Me acuerdo y me pongo feliz. Tú cuando eras chica sabías que éramos sordos. Yo decía a tu mamá gracias con señas y tú mirabas, visual como tu papá, tú sabías. Es una historia muy bonita.

¿Cuál era tu % de sordera cuando fuiste al doctor la primera vez?

70%

¿Y ahora?

Lo mismo.

¿Alguna vez pensaste en ponerte el implante coclear?

Una vez un doctor me contó del implante y a mi me dio miedo, me puse nervioso. 

¿Cuántos años tenías?

Fue el 2003, valía 20 o 30 millones. Lo pensé, pero me dio miedo. Entraban profundo en el hueso y me daba nervio. Me gustaba más el audífono manual, que igual me lo pongo y me lo saco. El ruido de máquinas es muy fuerte. Prefiero mirar y sentir vibraciones, así yo sé que hay algo malo. Manejo y no hay problemas, nunca choqué. Me dio miedo y dije que no.

A otros sordos yo preguntaba cómo se sentían con sus hijos y ellos decían “No muy difícil”. Ese matrimonio quería hijos sordos, decían “No me gusta oyente”. Pero también otros papás oyentes tienen hijos sordos y dicen “Ah, implante”. Si yo obligaba a la Gaby y tú a hablar sólo con señas, después iba a tener la culpa de que ustedes perdieran sentidos. 

En “El Sonido del Metal”, la película que te dije que vieras el otro día, hay una escena en la que el protagonista se coloca un implante coclear y cuando le va a contar al “líder” de la comunidad sorda, este le da un discurso sobre por qué ellos no aceptan esas operaciones. Yo siento que el mundo piensa que la sordera es algo que hay que arreglar. Dicen “Es sordo, operémoslo”. Pero creo que no tiene que ser así porque puedes vivir bien, mientras te aceptes.

Claro, obvio. El implante, si tiene pérdida auditiva, sí, pero si es sordo completo es difícil. Algunos se sacan.

En la película, se escucha como una interferencia.

Sí, no es igual al sonido.

Al personaje nunca le dicen que quizás no puede ser bueno ponerse un implante a esa edad o que puede no funcionar.

O que falta terapia de lenguaje. 

(En este momento llegó mi mamá)

Cuando tú ibas a reuniones del colegio de la Gaby o yo, no habían intérprete de señas y tú tenías que preguntar qué estaban hablando.

Me quedaba callado, preguntaba a los apoderados, pero no sabían señas. Pero no importa, más adelante ojalá sí haya.

¿Tú cuando chico cómo te relacionabas con la música?

Nada. La primera vez a los 14 años, compré un estéreo, ponía un disco y solamente eran (hizo señas de aplausos siguiendo un ritmo), pero nada de comunicación. Después, en ese parlante grande de madera que tú conoces que es viejo, yo subía el volumen y me gustaba poner música. La abuela Nancy me decía “Baja el volumen” y yo “Uhh, perdón”. Yo me emociono con la música, pero no entiendo (hace seña de canto).

Tú te enfocas en el ritmo.

Eso. Me gusta todo, lentos, rock, cumbia. Una vez subí al colectivo y puse el antebrazo en la puerta, sentí vibraciones y pensé “Yo conozco esta música” y me bajé del colectivo cuando terminó la canción. Me tuve que devolver caminando.

Y ¿sabías quién era el cantante?

(Agarra un papel y lápiz para escribir) Es que está en inglés. (Me muestra el papel) The Hous Corporation. (Agarra el lápiz con el papel de nuevo y me lo muestra). También me gustaba Miguel Bosé, “Voy a ganar, voy a ganar” (RISAS). Antes cuando era joven, Elvis Presley, el Otto me regaló… no me acuerdo…

¿Pink Floyd?

Eso, eso mismo. Yo no puedo, no me gusta, ese cantante italiano (imita a Pavarotti).

¿Pavarotti? ¿La ópera?

Sí, no me gusta. Es sólo voz.

Yo siempre he escuchado mucha música, ¿qué recuerdos tienen de mí cuando era chica?

Mamá: Sí, tenían una radio y todo el día al lado con casettes.

Papá: También tenían cuentos en casette. Yo sí sabía y veía que te gustaba la música. En el auto, televisión, en todas partes.

Mi primer concierto fue el de Madonna, yo tenía 13 años, ¿qué pensaban ustedes de eso? O sea, ¿por qué me dejaron ir?

Yo decía anda, anda. Una vez una tía, yo le pregunté para saber cómo ser papá, y dijo que tenían que ir afuera, escuchar, aprender, no podía encerrarlas. Fue mi decisión, pero sin miedo porque ustedes se tenían que acostumbrar. También hay preocupaciones. 

Yo le decía a los papás de mis compañeros que iba a ir al concierto y me decían “pero cómo, si es en Santiago”, pero yo pensaba que igual era porque tenemos confianza y ustedes sabían que me gustaba la música.

Papá: Yo entiendo. A ti te gustaba la música y decía “Anda” porque yo no la tenía. Si yo decía “Karla, voy donde sordos”, yo no te obligaba a ir porque entendías poco. 

Mamá: Igual te explicamos que había que cuidarse y estar tranquila, pero que disfrutaras.

No tengo más preguntas.

¿Te puedo hacer una pregunta a ti?

Sí, obvio.

¿Cómo te sentías con papás sordos de niña?

Bien, o sea… cuando era chica, yo no les había contado, pero en el colegio de Peñalolén me hacían bullying por diferentes cosas. El Antupirén era lo peor. Me acuerdo que una niña, y que nunca se me va a olvidar porque tenía apellido de un famoso dictador chileno, era muy pesada. Me molestaba por unas alergias y por tener papás sordos. No lo soportaba y me preguntaba por qué me molestaba a mí.

Una vez estaba afuera esperando que la mamá me fuera a buscar y me preguntó por qué todavía no me iba, le dije que estaba esperando y dijo “ah, es que no puedes llamar a tus papás porque no te van a escuchar entonces no saben que te tienen que venir a buscar”. Y yo ahí, helada. Fuera de eso, siempre fui muy feliz, nunca tuve vergüenza de ustedes. A veces me pasaba cuando estudié periodismo que me gustaba mucho radio, un profesor me dijo que tenía voz de radio y me fue bien en ese ramo, después fui ayudante.  Me gustaba, pero igual pensaba en que ustedes no podían escucharme.

Cuando era chica me ponía celosa de mis amigos que tenían papás oyentes, pero ya no me pasa. Ahora me da mucha rabia cuando queremos ir al cine y la película que queremos ver no tiene subtítulos. Pienso que por qué asumen que los sordos no van a ver películas o no tienen interés en algunas. 

Cuando la mamá fue a quimioterapia, una enfermera me pidió perdón porque no sabía lengua de señas y yo pensé que tampoco era su culpa, es del Estado que no reconoce que ustedes necesitan comunicarse y que entonces los médicos, las enfermeras, profesiones que se relacionan con el servicio público, deberían tener clases obligatorias de lengua de señas por si algún día llega alguien como la mamá a tratarse.

Yo me siento bien siendo hija de ustedes, creo que llevamos una vida normal, yo entré a la universidad, estudié, fueron buenos papás, pero siempre pienso que ojalá el mundo fuera más inclusivo. Tampoco nunca sentí vergüenza de ustedes, de hablar lengua de señas. Me da risa que a veces estamos hablando en un café o algo y la gente se pone a mirar. Me gusta mirarlos de vuelta y que quiten la mirada al tiro. Ustedes dos son súper inteligentes, me han enseñado mucho. Si cocino es por la mamá, si me gusta armar muebles y tomar fotos es por ti. Y muchas de las cosas que otros destacan de mí, me hacen pensar en ustedes.

Está bien. En el Liceo Comercial yo lloraba, mis compañeros no compartían nada. En el diario vi un curso de computación para sordos en Santiago y dije “me voy”. Eran todos sordos, yo muy tímido. Fue el año 1989, y de a poco fue muy bien. Éramos 10, 20 amigos, un grupo de verdad. Me puse a pololear con tu mamá y después para el matrimonio en el civil, fue todo muy rápido. Yo no entendía nada, (imita a persona hablando rápido) y nada de señas. En el matrimonio en Santiago el cura muy rápido y lo paré porque quería ver. “Tú siempre juntos hasta la muerte, acompañar en la enfermedad” decía. “Ahh, yo entiendo”. No había intérprete, nada.

Cuando la Gaby nació yo lloraba mucho, porque era oyente. Después la segunda, tú. Las abrazaba y también estaba feliz porque eras oyente. Crecieron y yo tenía preocupaciones por la comunicación. Ahora yo estoy feliz porque estudiaste y eres profesional. Nosotros, tú, la Gaby, mamá y yo somos una familia feliz. Pero otros se metían y nos retaban. El trabajo era difícil, porque con quién me podía comunicar. Por eso trabajo independiente. Estoy acostumbrado al trabajo solo.

Cuando la gente me pregunta “¿cómo está tu hija?” yo digo “súper bien, es periodista, vive en Santiago, todo bacán”. Y me felicitan. No me gusta quebrarme, si me preguntan, yo respondo y cuento feliz.