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Así es como lucen las pesadillas

Así es como lucen las pesadillas

Así es como lucen las pesadillas. Puerta 12, como el día que nací, y la persona que me parió se convierte en roca en estos brazos. Se murió mi mamá. ¿Qué se hace cuando a tu mamá se le muere la mamá? Posar. Me imposto, la sujeto, la aprieto. Todo es real, mamá. Tu mamá no te va a volver a retar. 

Dicen que la muerte posiciona, da perspectiva. Recuerdas que eres insignificante y pequeña. Mi mamá, insignificante y pequeña, sollozando en este comedor de abuela. Muebles altos colapsados de recuerdos de viajes, cúmulo de copas, galletas para los nietos -menos para la gorda del clan-, un teléfono fijo de números gigantes y ese maldito reloj que cada una hora estorba con melodía saturada, recordando que tras sesenta minutos estamos un poco más cerca de dejar de existir. 

Levantar la mirada: pacos culiaos. Morirse en pandemia potencia la burocracia. Aburridos de esperar otro papel de defunción que descarte covid: inalterables ante la muerte, pan de cada día, desayuno que disfrutan. Pacos culiaos sentados en el comedor de mi abuela, la muerta, con sus mascarillas mal puestas y esas radios que escupen malas noticias acompañadas por pésima dicción. 

Así lucen mis pesadillas. Madre es el ser más indefenso que sostuve entre mis brazos y hay pacos en la mesa de mi abuela. Qué disgusto este país de mierda. Voltear la mirada, cuerpo en el piso, boca abierta, pantufla mal puesta y manitos de inclinarse y posar. Aquí, entre dolor maternal, uniformes verdes, y un pan jamón queso, yace la responsable de la ira transformada en motor.

¿Es obligación querer a la familia? Hace algunos años decidí que no. 

Personas horribles tienen familia, personas que nos dañan son familia. Como buena chilena fui criada por la abuela del clan; mamá tiene que trabajar para que hija pueda vivir bien, abuela repite papel. Se lo sabe de memoria. Conoce la temperatura ideal del agua para que los cuerpecitos no lo pasen mal en la tina, peina con delicadeza y recomienda tips de cepillado para llegar a su edad con una melena envidiable. Conoce la dosis ideal de crema para no desperdiciar, le encanta ponerte colonia y talquito. Abrocha con prolijidad, arremanga y vuelve a abrochar. Palmadita en la cabeza, ¿me amas por obligación?

El primer recuerdo que tengo es este amplio baño pituco, el olor a buen pasar. Sentirme cómoda desnuda, entender que el cuerpo debe ser aseado, cuidado y regaloneado. La misma persona capaz de ejecutar el ritual como preciada herencia es la que se transformó en trauma. No tengo que amar a la familia por obligación. 

Abuela, tú que me enseñaste protección fuiste la que se encargó de moldearme llena de frustraciones por este cuerpo del que no es tan fácil escapar, por mucho que se intente con tal de complacerte. Ahora estás muerta y los últimos dos años son inexistentes en nuestra historia. Rogué para que te saltaras la navidad en familia, ensayé por horas el saludo que te daría por tu cumpleaños. Hubo pandemia. No hubo celebración. Ni siquiera te llamé, me dio miedo. 

Me gusta ensayar, fue el plan que encontré para enfrentarte sin llorar. Bien estudiada, sonrisa cándida, sí sé que estoy más gorda, reverencia de culpa y 1) tratar de cambiar el tema con un halago o 2) excusarse con un paseo al templo del cuidado y llorar en la taza, de forma controlada, sin dejar evidencia de debilidad. 

También ensayé tu muerte y sus posibilidades. ¿Vivir con arrepentimiento por esta idea loca de no amarte sólo porque compartimos sangre o uno de los alivios más grandes de mi vida? Ninguna. No puedo estar más de acuerdo con la decisión de no exponerme a tu forma de querer. Me enseñaste cuidados y quise ser obediente, pero ¿será que pude ser un poco más fuerte para abrazar mi historia cercana? 

La primera mujer vieja que conocí está muerta y nunca le pregunté quién le enseñó a peinar con tanta delicadeza. No supe su herencia, ¿ahora no tengo? El feminismo se alimenta de la experiencia compartida, pero escapé de mi historia. Ahora temo perder el rumbo, como si la desaparición de la mujer más grande de esta reducida familia significara un desorden cósmico ancestral. 

Lástima que no fuimos compatibles en la forma de amar, nos hubiera ido bien. Ahora soy tú. Hace un par de años soy tú. Te extrañé tanto que traspasé los recuerdos a la realidad. Me robé tus chistes y hago reír a mis amigas; uñas de mentira para simular tus manos perfectas; hoy sí que sí me pongo todas las cremas; jamón y queso; un puchito antes del mediodía fijo; ya sé que hoy no me merezco almorzar; también me gusta el vino blanco, pero con gas; me paso cien pueblos y los conquisto todos. 

Y ahora que sé que te reencarné no temo por mi historia. Hasta acá no más llegamos, una menos de tres. Mamá sin mamá, jamás seré mamá. No sé quién me va a abrazar cuando despida a la que queda, pero no voy a ensayar ese momento. Soy la entereza de tu reencarnación, caeré peso muerto en mi consuelo: existimos, alguna vez existimos. 

Voy a robar tu pose final y practicaré mi débil inclinación, tan rígida por tus presiones. Con este cuerpo, con esta ropa, este pelo y esta cara, voy a posar altanera, igualita a ti, petrificada en un comedor, rodeada de pacos. La verdadera moraleja de tu existencia es que la pose es mucho más potente, cuando la inclinación se hace de forma determinada: con esfuerzo y humildad. 

Inclinarse y posar, inclinarse para posar mejor. No se trata de la pose perfecta si no del recorrido que hacen tus manos, con suavidad de pies a busto; los baños y comentarios que terminan reflejando la postura final. Retorcerse en la historia propia, levantar el mentón al final del acto, mirarte a los ojos y no llorar. 

La primera vez que te abracé sin miedo fue cuando fuiste cadáver. Me robo tu camisola de dormir, envuelvo tu pan con queso y jamón y me quedo con tus puchos. Esta noche el ritual está completo. Temperatura de agua ideal, cantidad precisa de crema. Las pesadillas se vuelven realidad. Una bocanada y un mordisco, por fin soy tú, por fin eres yo. Esta pose es mi homenaje final, quizás algún día nos podremos amar.