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Tengo una playlist que se llama Daddy Issues

Tengo una playlist que se llama Daddy Issues

daddy issues

De mi padre durante mi infancia recuerdo muchas cosas. Cuando tenía menos de cinco años, le pedí Chocapic con leche con chocolate. Esto fue quizás antes o quizás después de ir al Monserrat que estaba al lado del Estadio Santa Laura, donde pasábamos a comprar para la once después de ver algún partido.

“Lo que me pides es como hacer esto”, me dijo mientras tomaba tres panes y los ponía todos juntos, haciendo una especie de sándwich o más bien una torre. “Es como comer pan con pan”. Sentí que una impresión negra me tragaba hacia el núcleo de la tierra.

Otra cosa que recuerdo es que nunca cumplía sus promesas. Un día me dijo que me llevaría al parque cuando el reloj marcara las 12. Un día también me dijo que me compraría una Nintendo Wii. Un día me dijo que me quería más que a mi hermana. Un día también me dijo que era la mujer más linda del mundo, incluso me aseguró a mí y a todos sus amigos que sería la futura Miss Universo. También me dijo que llegaría lejos, haciendo referencias a algún tenista famoso. Nunca jugué tenis.

“¿Sabes quién es él?”, me preguntó mientras apuntaba a una foto de Salvador Allende. “Es el hombre del siglo”, se respondía a sí mismo. A mi papá siempre le han tenido muchos apodos: el Volodia, el Pequeño Saltamontes. Nosotros le pusimos Indiana Jones, por sus viajes, por recorrer el sur en auto, por ir a Argentina y que le dijeran Chilenito, y porque una vez vio una nave madre en Pichidangui.


“Siempre me encuentro con locas como tú. Llenas de daddy issues”, me dijo mi ex más tóxico bajo la lluvia (suena cliché pero es verdad, en serio) a eso de las 4 de la mañana. Salió arrancando de un carrete después de que lo eché porque dijo frente a todos mis amigos que no me quería. Lo salí persiguiendo y se arrancaba de mí. Me vi caminando varias veces sola mientras él se escabullía por las calles del centro de Santiago, solitarias y peligrosas para una mujer como yo. Tomamos una micro a Quilicura, donde él vivía, todos mojados. Me pidió perdón por el espectáculo que dio y accedí. Terminamos un mes después.


Mi papá es fanático de las inexactitudes. Y quién soy yo para culparlo por mis frustraciones, por mis esperanzas rotas. Estuvimos alejados dos años, después de mis infinitos intentos por sanar las heridas abiertas, llenas de promesas rotas y de mi psicóloga haciendo eco de iglesia en mi cabeza diciéndome que hay que matar al padre interno.

“Pero Gerty ¿Qué pasa si el papá se muere? Te vas a arrepentir”, me decía constantemente mi hermano. Yo masticaba su frase como si masticara pan con pan: con agote y tristeza. Me consolaba diciéndome a mí misma que lo había aprovechado lo suficiente. Mi papá nació el año 1946. Es virgo, pero nunca he decidido si eso es importante. Me sé su RUT de memoria: empieza con el número cinco. Durante los sesenta iba al cine (al Teatro Libertad, específicamente) a ver las películas de los Beatles. “Las mujeres se desmayaban frente a la proyección”, me contaba. Mi papá está viejo. Mi papá puede morirse, como todos los seres vivos que pisan la tierra.


A mi papá le gusta manejar de noche. Durante mi época universitaria, nos íbamos a Pichidangui solos, porque era la única que tenía voluntad y ganas de acompañarlo al lugar al que va de vacaciones desde que tiene 15 años. Su auto, un Peugeot station wagon de los noventa, tenía una radio que solo leía cedés, así que llevaba todos los discos que tenía para ese entonces. Los que más escuchábamos eran The Myths and Legends of King Arthur and the Knights of the Round Table de Rick Wakeman, que me regaló él mismo cuando tenía 14 y que según sus propias palabras, era uno de los mejores discos de rock sinfónico jamás hechos. También escuchábamos el Ten Summoner’s Tales de Sting, que le robé a mi hermano. Tarareábamos If I ever lose my faith in you en la carretera oscura, mientras me contaba por vez número mil de ese restorán donde paraban a comer en la panamericana norte cuando mi abuela estaba viva, en el Fiat 600, la joyita de mi papá antes de que se quedara en panne y el auto ocupara por siempre un lugar afuera de mi casa, como si se tratara de un monumento al pasado glorioso de mi familia, cuando mis papás aún se querían, cuando yo apenas había nacido, cuando mi abuela, una mujer hermosísima, estaba viva.

Tenía que pasarle dulces cada cierto rato, porque manejar le pone amarga la boca. Parábamos unas tres veces en alguna Copec a tomar té y comer dulces de La Ligua o algún pancito que habíamos hecho antes de salir de Santiago o que preparábamos ahí mismo, cortando el queso amarillo con su navaja suiza. Yo pasaba al baño y me compraba unos masticables. Él esperaba paciente. Siempre me dice que no hay apuro. Y el viaje de dos horas y media nos tomaba en realidad cuatro.


Era un día nublado a la hora de almuerzo en uno de los trabajos que tuve. Nos movíamos de la sala de redacción a una terraza que en invierno era fría, pero no nos importaba, porque estaba vacía y el otro comedor era muy pequeño y estaba lleno de gente que a mis compañeros les caían mal. 

Por algún motivo salió el tema de los padres.

“Pero si la Gerty es la reina de los daddy issues”, dijo alguien entre carcajadas. La verdad es que no me sentí desnuda ni atacada. Después de alguien que me agarró a empujones bajo la lluvia por el mismo motivo, cualquier otro comentario se siente, incluso, como un motivo de orgullo.

¿Qué son los daddy issues, al final? ¿Frustraciones enormes que te llevan a aferrarte a una idea de figura paterna? ¿Todas las personas los tenemos? Con el tiempo, he aprendido que tal vez todo esto sucede porque me importa demasiado. Porque viví intentando adaptar a mi padre a una idea que tenía de él. Porque no podía lidiar con el esfuerzo que significaba esperar una felicitación de su parte. Porque no podía lidiar con que él me haya regalado mis primeras cámaras, que terminaron convirtiendo la fotografía en un gusto que me duele. Porque no podía lidiar con el recuerdo de él ayudándome con mis tareas de inglés.


Fue así como decidí abrazar mis daddy issues. Y como también decidí poner frontera en mi relación con él, o más bien con el imaginario de mi padre. 

Un año (mucho antes de alejarme de él) toda mi familia se entusiasmó y fuimos a Pichidangui juntos. Ya no éramos dos personas conversando de literatura, música y fotografía. Éramos una familia ruidosa que necesitaba dos autos para moverse. No recuerdo si puse los discos de Sting y Rick Wakeman. Tampoco recuerdo si a la vuelta pasamos todos juntos a escuchar rugir al Puquén o a esa playa horrenda de Los Molles (y que siempre nos daba material para reírnos de las viejas cuicas) como solíamos hacerlo. Sí pasamos a la Copec de Llay Llay, tomamos té y estiramos las piernas. Tal vez solo ese momento, donde el atardecer y el viento frío de ese lugar me golpeaba la cara, sentí por última vez la sensación de compartir un trozo de él que solo era mío en medio de los camiones y el olor a bencina.


Hace unos meses tuve la obligación de llamar a mi papá por teléfono. Tenía que darle un recado de algo de alguien, recuerdo que se eclipsó luego de que mi hermana me dijera: “El papá te mandó un recado, pero no sé si te lo debería dar”, poniendo una expresión que reflejaba lo insoportable que él es a veces.

Dile que recuerde que tiene papá”.

¿Había olvidado que lo tenía? Muchas veces escribí sobre él en pasado, como si ya lo hubiera perdido. Muchas veces asumí que iba a morirse y pensaba en la situación de volver a verlo en un ataúd. Una parte de mí quiso olvidarlo. La otra pensaba en él constantemente.

Un día lo llamé por teléfono. Estaba en el balcón de la consultora para la que trabajaba medio tiempo. Hablamos algo así como 15 minutos (una eternidad en nuestros relojes biológicos). Le conté de mi trabajo y algunas cosas más. “Un día te vi mientras iba en la micro. Estabas acompañada de alguien por ahí por Mac Iver”, me dijo, como quien lleva la bitácora de todo lo que ha amado.

Ese fin de semana fuimos con mi hermano y uno de mis sobrinos a verlo al persa, donde tiene su negocio de libros. Es curioso, ahora que lo pienso, que yo haya trabajado para una librería y actualmente para una editorial. Mi papá, en un diálogo dulce y cómico al mismo tiempo, nos contaba anécdotas absurdas y molestaba a mi sobrino. Le insistió a mi hermano con que se llevara un libro de Lukas, que se lo terminó poniendo debajo del brazo a la fuerza. A mí me pasó un ejemplar de Sentido y sensibilidad de Jane Austen. Nos despedimos de él y almorzamos comida thai en esta especie de comedor hipster que hay ahora, mientras comentábamos lo cambiado y burgués que estaba el persa, comparado con cómo era cuando crecimos y yo iba a quedarme con mi papá porque no había nadie más que me cuidara. Me reía leyendo a Nicanor Parra con apenas diez años (recuerdo particularmente un poema sobre la nariz fea de un tipo) y comía empanadas de queso.


¿Se acaban los daddy issues cuando se sanan las heridas? ¿Es verdad que buscamos parejas y amistades que compensen o se asemejen a nuestros padres? A veces siento que estoy constantemente buscando algo, intentando llenar un vacío, alejándome de los árboles para poder mirar el bosque con más calma. A veces pienso que Volodia, el Pequeño Saltamontes, el Chilenito e Indiana Jones tienen un paradero imposible de localizar en una realidad fuera de la imagen que tengo de él en mi mente. Imagen que incluso tiene humores, como la vez que fuimos a arreglar la pantalla de un computador que me había regalado donde un amigo (mi papá tiene muchos amigos, pero a la vez ninguno), quien me preguntó si acaso mi papá me había contado sobre sus historias en el norte de Chile. Mi papá se apresuró en aclarar que no se trataba de él, si no que de mi tío. Desde ese día, siempre invento para mis adentros historias épicas sobre mi papá y sus aventuras en Antofagasta.

Y todo eso, después de mirar los cuadros que me regaló y colgó él mismo en mi departamento nuevo, me parece absolutamente perfecto. Él mismo me dijo que tendríamos una contraseña para que cada vez que golpeara la puerta de mi casa supiera que era él. Hoy, en cuarentena por el COVID, espero escucharla cada vez que suena el timbre.

He abrazado tanto el hecho de tener daddy issues que incluso hice una playlist con todas las canciones que me recuerdan a él y a mi hermano. A veces pienso con urgencia y amor en la letra de esa canción de Sting que al traducirse, reza: “Si alguna vez pierdo mi fe en ti / No me quedaría nada más que hacer”.