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Detén el tiempo para mí, detenlo

Detén el tiempo para mí, detenlo

*Foto: Cata y yo, adolesciendo en la primera década del 2000.

Ciento cincuenta días de encierro me han traído bastantes desajustes, como a toda la población del mundo, básicamente (nadie es tan especial). Uno de ellos es perder mi momento más preciado del día: el amanecer. El sentimiento de despertar y saber que me quedan muchas horas del día por delante. 

Nunca me gustó trasnochar. Ni a los 18, ni ahora. Para algunos (malos) amigos llegué incluso a ser la mojigata aburrida por preferir dormir de noche que sentarme en una plaza o un patio a tomar cerveza, cagada de frío de madrugada. Eso sí, hay noches y noches. Hay algunas en las que pateo la calle y deseo que no se terminen nunca. 

La pandemia me trajo mucho insomnio, experimentos con melatonina y cigarros de madrugada en mi balcón de un metro. Me vi hace algunos días, a las tres de la mañana liando tabaco, sentada ahí y pensando “ni cagando podría carretear con este frío ahora”. Me imagino que todo está en la mente. No, lo confirmo: todo está en la mente. 

Hoy fue una buena mañana, porque logré cerrar los ojos a la medianoche y eso significó despertar a las siete y media, saltar a la ducha (otro gran momento de las mañanas) y sentarme a tomar café, tranquila, sintonizando la radio. 

Luego abrí el correo. De pronto, en medio de todas las promociones de diferentes negocios que llegaron a mi bandeja de entrada y que se pelean mi escuálido 10% de la AFP, apareció un correo de Golem. La banda Golem, sobre su nuevo single, “Árbol”. Lo escuché y no me gustó. Probablemente sea porque ya nuestros caminos se separaron, pero les animo a escucharlo si es que les gustan las canciones simples abrazadas por un piano. No está mal.

Todo está en la mente. Salí a mi balcón, el único lugar de la casa que me entrega una sensación de normalidad en medio de la cuarentena más larga del mundo. Será por el ruido de las micros y los autos que pasan por la calle, será porque corre el aire y se mete en mi pelo, no lo sé. Me di cuenta que durante el encierro me gustan aún más las mañanas en el balcón, por su olor. El olor a mañana se mantiene intacto al que sentía cuando caminaba a tomar la micro para ir al colegio, mi primer acto de independencia y paso a la adultez. Me encanta ese olor. ¿Será ese el aroma a inocencia? ¿Así huele la ignorancia frente a un mundo que años más tarde iba a sentir que me comía una y otra vez? Quizás. 

Mis mañanas son en el balcón. Aquí estoy mientras escribo esto. 

Tenía la cuenta de Golem abierta en YouTube, así que en un ejercicio inconsciente, imagino, para empujar más allá ese recuerdo de adolescencia, puse su disco homónimo. El que compré un día después de salir del colegio a los quince años, a cuatro lucas en el Eurocentro. El que abrí inmediatamente y puse en el discman. El que escuché en bucle por horas esa tarde caminando por el centro. Una tarde que mantengo en mi memoria, intacta, porque -junto con tomar la micro para ir al colegio- fue uno de mis primeros ejercicios de libertad. Me sentí (falsamente) adulta, porque ese día tomé decisiones. Las únicas cinco lucas que tenía ahorradas las gasté en un disco que yo elegí y que decidí hacer mierda una y otra vez escuchándolo, mientras fumaba cigarros Belmont de vainilla. 

Recuerdo que me quedaban dos cigarros, así que el último lo fumé sentada en el parque forestal, en el pasto, tapándome los calzones con la mochila azul rayada con corrector: “NOFX”, “Pennywise”, “Placebo”, “Fun People” y mensajes de mis amigas. 

¿Se acuerdan del video de “Creer”? Lo protagonizaba Dayana Amigo y al final de la canción, en donde el ruido da paso a un punteo de guitarra, las luces se apagan y ella recibe un beso en la mejilla después de llorar. Yo de verdad sentía ese beso en mi cara cuando la canción terminaba. Y lo sentí esta mañana también, sentada en el balcón, mientras volvía a escuchar un disco que fácilmente no oía hace catorce años y me acordaba de todas las letras.

Así que esta mañana en vez de hacer deporte, en vez de ser productiva para un mercado laboral que me tiene absolutamente precarizada y ansiosa, me senté en el balcón a escuchar el homónimo de Golem. Me di cuenta que después de más de quince años, me sigo saltando la misma canción, porque no me gusta. “Sueños”. 

Cinco meses encerrada sintiendo que no hay futuro, pero que al mismo tiempo, lograste ser una adulta funcional así que te repites eso de “aki iop tirando pa’ arriba”, me han llevado una y otra vez a recordar momentos de mi adolescencia y niñez. Siempre lo digo, en un momento así, mi mente solo está en modo sobrevivencia y es por eso que cocino las comidas que me hacía mi abuela, por eso miro fotos de mis amigas del colegio que ahora tienen hijes. Es como si buscara en mi propia historia los lugares en los que me sentí segura -ni siquiera feliz- pero sí protegida. Y aunque en mi adolescencia adolecí a más no poder, al mismo tiempo, sentía que tenía un futuro. Busco en las comidas, en la música y en mis recuerdos del pasado lo que en el presente me cuesta encontrar.

¿Hay futuro? ¿Cómo será? Un abrazo a todas las nuevas treintonas como yo.