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Contra el aislamiento y la dominación: redes afectivas e inclusión

Contra el aislamiento y la dominación: redes afectivas e inclusión

Las sociedades en las que vivimos, sean de derecha o izquierda, religiosas o seculares, socialistas o capitalistas, construyen su poder en base a jerarquías verticales: hombre sobre hombre, sobre mujer, sobre naturaleza; raza sobre raza, nación sobre nación. 

Para Riane Eisler, autora de La Verdadera Riqueza de las Naciones: Creando una Economía del Cuidado, tales sociedades no serían sino clasificadas como sistemas de dominación, y cuando el enfoque está en mantener el orden jerárquico, el cuidado solidario de las personas y el medioambiente queda relegado al terreno de las actividades “reproductivas”, labores “femeninas” y de mucha menor importancia al lado de la tan preciada productividad. 

Señalo el trabajo de Eisler como guía, puesto que analizar la sociedad de tal manera nos permite entender por qué el amor y los cuidados han perdido su importancia, a la vez que nos sirve como mapa para empezar a pensar en la tan necesaria revolución amorosa

Necesitamos querernos, es tan sencillo como eso, pero ¿cómo empezamos a hacerlo? Partamos por diseccionar nuestras cotidianidades afectivas y entender un poco mejor la raíz del problema. 

Divide y conquistarás: La jerarquización de los afectos 

Para que la sociedad de dominación funcione, necesita de establecer sus jerarquías de control desde el contexto de lo más íntimo a lo político, pues el control vertical va desde la familia, al estado o la tribu, aceptando la violencia como herramienta necesaria para imponerse unos por sobre otros.

En el caso de la sociedad occidental capitalista, la pareja monógama resulta ser la acumuladora principal del capital afectivo, la esfera que prima por sobre todos los demás cuidados, amores y cariños. Incluso la palabra “relación” se asocia de inmediato a un vínculo sentimental entre una pareja, pero no a los que se generan entre vecinxs, compañerxs de trabajo o amigxs. 

Para poder cambiar las maneras en las que pensamos y vivimos el amor, necesitamos criticar con fuerza el sistema de dominación romántico y todo lo que este conlleva. Si a su vez analizamos lo que hemos llegado a entender como amor, nos encontramos con varias contradicciones, pues no sólo nos cuesta definirlo sino que tampoco entendemos muy bien de qué se trata. 

Para los diccionarios sería un sentimiento; para las personas participantes en diversos conversatorios que he realizado en torno a los mitos del amor romántico, este es felicidad, armonía, cuidado, complicidad y unión. Vale la pena preguntarse en qué parte de todas esas definiciones entran la posesividad, el temor y los apegos y por qué razón, si suena como algo universal, hemos venido a asociarlo tan fuertemente con la pareja monógama.

El lenguaje construye realidades. Al asociar de inmediato la palabra “amor” y “relación” con el ideal de la pareja monógama heterosexual nos olvidamos de toda la red de relaciones afectivas que por nosotrxs mismxs somos capaces de cultivar – las cuales, de por sí, a menudo quedan relegadas al último lugar en la escala de prioridades apenas se nos presenta el santo grial de la relación monógama. 

Quiero dejar claro que no estoy criticando la elección personal de relacionarse sexoafectivamente con una sola persona por cuanto tiempo sea, sino más bien la raíz simbólica de todo el asunto – esa jerarquía preestablecida que nos lleva a poner la pareja como merecedora primera, principal y a menudo única, de todas nuestras capacidades y responsabilidades afectivas. 

Citando a Brigitte Vasallo, sería el sistema monógamo “una extraordinaria herramienta de control social que secuestra nuestra sexualidad y nuestros afectos y determina la manera en que construimos esos nuevos mundos a los que aspiramos. Y los construimos infectados con el germen mismo de las estructuras que queremos combatir”. 

Dado que el amor le pertenece solo a la pareja y la familia nuclear, se crea la ilusión de que fuera un recurso agotable por el cual es necesario competir. A las mujeres, en particular, se nos prepara para conseguir marido mejor que para el ámbito profesional: Aprendemos qué hacer, qué no, cómo presentarnos y desenvolvernos ante cada situación, hasta que obtengamos un contrato que selle el compromiso; mas la competencia no termina ahí, pues siempre será necesario seguir luchando para mantenerse en el tope de la pirámide de los afectos. 

Para el sistema monógamo, el hecho de que así como nos enamoramos y amamos a alguien, también seguimos siendo capaces de amar a otrxs, presenta una contradicción total, pues o deberemos de vivir en la mentira y pretender que es la pareja oficial la única merecedora de nuestro amor para toda la vida, o nos autorregulamos a través de la desvinculación, que a su vez implica un enfoque del “usar y tirar”: Termino con unx y lx reemplazo con otrx. 

El receptor de nuestro amor pasa de ser un sujeto participante de la relación, a un mero objeto de satisfacción personal que, una vez cumplida su función o verse enfrentado a algo-alguien que la cumple mejor, merecerá ser desechado y reemplazado. 

Pero incluso aquellos caminos alternativos como lo deberían ser el poliamor y el amor libre, se ven fácilmente afectados por las maneras tradicionales, perdiendo sus capacidades políticas y disidentes para convertirse en algo que poco tiene que ver con los amores y mucho más va de acuerdo a las libertades neoliberales, donde se sigue poniendo el foco más en acumular y disfrutar que en cuidar, respetar y, verdaderamente, amar sin límites y jerarquías. 

Amores inclusivos para un mundo inclusivo

En el ideal del amor romántico la felicidad termina cuando comienza la amenaza a perderla; pero en un mundo paralelo en el que los afectos ya no sean vistos de manera vertical, sino horizontal, donde nadie pueda ser sustituto de nadie porque, simplemente, todxs tienen un nivel igual de valor e importancia, esa amenaza desaparece y cambia por completo la manera en la que nos planteamos nuestras vidas. 

Los amores se vuelven inclusivos, los cuidados y el cariño toman tanta importancia para la sobrevivencia como lo material y nos volvemos mucho mejor administradores de nuestros afectos, cuidados y compromisos. 

Al criticar al sistema monógamo criticamos la objetificación que este conlleva. Nos obligamos a mirar con lupa las maneras en las que nos relacionamos, entregando a todos aquellos vínculos que son parte de nuestras vidas la oportunidad de ser tomados en cuenta como sujetos merecedores del mismo amor y respeto que le dedicamos a la pareja. 

En una red afectiva y de apoyo colectivo, los amores no son desechados sino que se transforman, cambian de lugar o configuración, de la misma forma que lo hacen tantas otras cosas en la vida, pero nunca sin dejar de formar parte del gran conjunto.

Al dejar de estar asociado a la atracción y enamoramiento momentáneos, el amor pasa a ser una práctica profunda, una acción y una elección del día a día. No es ya un recurso agotable, sino suelo fértil para mayor convivencia y cooperación.  

No se trata todo esto de abolir la monogamia sino, más bien, desinstalarla como sistema relacional obligatorio, entenderla como herramienta habilitadora de un sistema que ya sabemos que queremos transformar y abrirnos a la posibilidad de pensar y probar otras formas, pues lxs humanxs no estamos hechos para competir por afectos, de la misma manera que no nos está funcionando el acumular y acaparar todos los recursos. 

Bajo la lupa del sistema monógamo la idea del amor libre se asocia a follar con quién a uno le venga en gana, cuando en realidad liberar al amor resulta siendo un acto de importancia, no sólo personal, sino política, pues nos entrega la libertad de amar a quienes queramos, cuando y como queramos, sin esperar nada a cambio de ello más que el ejercitar las propias capacidades afectivas y de cuidado. 

Al sacar al amor del territorio de la pareja y convertirlo en un asunto colectivo, vamos en contra de todo lo establecido por este sistema, construido sobre las bases de la competencia, la acumulación y la objetificación para tomar la ruta contraria e iniciar una revolución amorosa, basada en la cooperación, el compartir y el reconocimiento. 

Sí, suena como utopía y el mundo no va a cambiar en un día, pero la única manera de empezar es paso por paso. Entonces, partamos desde la esfera de lo privado y personal, observando y cuestionando las maneras en las que amamos y nos relacionamos. 

Reconozcamos a las amigas, a lxs amantes, a lxs vecinxs, a la tía, el sobrino y lxs primxs, a las propias redes afectivas que cada unx de ellxs teje y a todxs nuestrxs demás compañerxs de camino por todo el valor que aportan a nuestras vidas y lo mucho que necesitamos de ellxs para vivirlas en pleno, pues no existe manera de negar, tras tantos años de experiencia, que sobrevivir y prosperar no es trabajo de unx, sino de todxs en conjunto.