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Parálisis en Av. Einstein

Parálisis en Av. Einstein

La parálisis del sueño, según Wikipedia, es “una incapacidad transitoria para realizar cualquier tipo de movimiento voluntario que tiene lugar durante el periodo de transición entre el estado de sueño y el de vigilia”. Junto a la definición, se muestra el cuadro “La pesadilla”, de Henry Fuseli (1871), donde una mujer está recostada, dormida, o tal vez desmayada, y sobre su pecho hay una especie de duende o demonio oprimiendo su pecho.

Muchos dicen que sólo es una pesadilla donde la confusión entre la realidad y el sueño predomina a la hora de abrir los ojos, y sientes que te falta el aire, no te puedes mover ni pedir ayuda. Un amigo siempre me contaba estos episodios, asustado, sintiéndose hasta especial por ser la afortunada víctima de tan paranormal hecho por las noches, y yo lo escuchaba aterrada, deseando con todas mis fuerzas que no me sucediera lo mismo a mí.

Estaba en una pésima posición acostada. No debí ponerme de espaldas a la cama, siempre que me acuesto de espaldas pasa algo malo. La luz amarilla, la casa enorme de Einstein, con el techo alto, solitaria. Nada estaba en su lugar. Inesperadamente me empecé a sentir muy mal y no sabía por qué. Intenté empujar con todas mis fuerzas para así liberar mi pecho del peso terrible que no me dejaba respirar y seguí ahogándome, pero seguí intentando empujar. Intenté hablar, decir “ya basta, no quiero, ayuda”, pero no me salía la voz.

Es una parálisis, sin lugar a dudas, pensé. Era inútil pedir ayuda, porque nadie me iba a escuchar. Después de todo, estábamos solos en esa casa. Me sentía estúpida y frágil, porque la solución era muy simple: despertar. Sólo tenía que abrir los ojos, por la ventana me saludaría el sol, y yo, con la mirada cálida, partiría a comprar el pan o tal vez unas criollitas, para mirar después lo que había en la tele y jugar un rato Zelda. Y luego que pasara un día, que pasara otro, y que pasaran años, y que por fin me fuera bien en el liceo, para que me fuera bien en la universidad, y seguir escribiendo poemas vacíos, o tal vez escribir cuentos malos, o tal vez recorrer el mundo escribiendo reportajes que sólo le importen a mi editor, o tal vez tomar fotos que sólo mis amigos entiendan, levantarme temprano, desayunar todos los días, trabajar mucho, recibir felicitaciones, sonreír todos los días, sentarme derecha en las sillas, saltar hasta no dar más en un concierto, casarme con un hombre bueno y tener un perro labrador que sacar a pasear al parque.

Pero seguía teniendo a un demonio apretándome el pecho.

Estábamos solos y por la ventana no había sol, sino que una turba de hombres celebrando, caminando, entre bombos, pitadas, cánticos. Había partido en el Santa Laura. Nos sentamos, pero yo seguía ahogada. “Quédate un rato más, hasta que deje de pasar la gente y sea menos peligroso”, me dijo, amigable, como si no fuera un demonio y no estuviéramos atrapados dentro del cuadro de Fuseli. Como yo no podía hablar, asentí y seguí paralizada, ahogada y desnuda.

Sin darme cuenta, el demonio volvió a apretarme el pecho, metiéndome sus dedos y pasándome las manos por todos los rincones que un demonio podría desear. Yo seguí empujando, con ardor y dolor entremedio de las piernas, hasta que al fin se sintió el solemne silencio de la Avenida Einstein.

La turba se había ido. Tal vez era momento de aprovechar la lucidez y despertar.

“Me quiero ir a mi casa”, le dije. Me vestí, salimos y nos pusimos a caminar, pero le dije que no me dejara hasta mi casa, no vaya a ser que no pueda dormir en las noches, que él regrese y yo abra los ojos y me quede otra vez sin aire, pensé.

Llegamos a una esquina iluminada y me pareció que era un buen lugar para despedirnos. Se despidió frío, molesto, añadiendo con soberbia maligna: “No mires atrás”.

Tal vez si miraba me convertiría en piedra, porque estaba tratando con el demonio, y me di cuenta de que aún tenía miedo. No quise mirar atrás y caminé tan rápido como pude.

Siempre pienso en ese consejo. Suena paradójico, perverso, inolvidable, como la maldición de un demonio: No mires atrás.

A decir verdad, no sé bien si le hice caso.

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