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Diario del Bafici 2: La muerte es mi amiga

Diario del Bafici 2: La muerte es mi amiga

Hace unos días la familia Zorraquín, clan fundador detrás de la editorial mardulce, me invitó a un ágape, me gusta esa palabra, a realizarse en la misma editorial. En general yo no circulo – circular para mi es la asistencia continúa a eventos y el único evento que me interesa a mi es el de llegar a mi casa y hacerme un mate – pero cuando alguien te invita con tanta sensibilidad y elegancia es muy difícil decir que no. A eso se le sumaba la presencia de médicos en cantidad lo que me daba la seguridad necesaria para saber que la enfermedad no habría de rodearme. Porque  es como dijo Bolaño: literatura + enfermedad = enfermedad.

Develar que se dijo exactamente no me parece adecuado ya que creo que sobrevolaba un pacto implícito que rezaba que lo dicho allí concluía allí. Eso me atrajo, cada vez es más difícil encarar el final de cualquier acontecimiento ya que sigue y sobrevive en internet. Esa sensación relacionada con la eternidad, internet es eterna y nos sobrevivirá, está trastocando aún más a la gente. Lacan dijo “hacen bien en creer que se van a morir”. Acuerdo, aunque jamás dejaría que un Lacaniano me tocara con la mente, pero para ser honestos no conozco a nadie que sepa que se va a morir. Esa vida medio Bambi – pobrecito Bambi él si conoce la muerte – siempre me llamó la atención. Por eso me gustó escuchar a médicos hablando de la muerte sin la necesidad de vendermela como algo que va a pasar pero más adelante. No existe eso, la muerte está pasando ahora. Y está entre nosotros.

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Volviendo al hecho en cuestión, debo decir que mi felicidad era tal que me daba verguenza expresarla. Cuando soy muy feliz me quedo muy quieta y tampoco hablo. cuando uno es feliz mi consejo es que se quede mudo la mayor cantidad de tiempo posible, porque cuando quiera rearmar ese momento de felicidad lo que va a devolverle ese brillo de vida feliz es lo dicho y hecho por el otro, uno en eso en un punto no existe. Así que tengo muy grabado lo dicho por cada médico y a cada uno le puse un apodo, que es secreto y libre de maldad, porque no contaba con sus nombres. Se debe tener algo en claro en relación a la medicina con el ejercicio del arte y es que quizás sea el arte del siglo XXI con todas sus formas, maneras, especializaciones, bifurcaciones, aparatos, medicamentos, drogas de diseño,etc.

La construcción artística en torno a la medicina y sus expresiones cotidianas, superan hoy por hoy el arte pero solo proveen cuando uno padece. Ese quizás sea el punto de inflexión más complicado o el que entre en contradicción con mi propia idea. Pero también me lleva a preguntarme si cada vez que voy al médico, que es mucho y si fuera por mi sería todos los días, el cuerpo que yo entrego es para que se ejerza un movimiento artístico. No me extrañaría que mi cabeza fuera diagramando a su manera esa nueva manera de relacionarse con el arte. Quizás esa sea mi manera de circular, la manera de circular que tolero. Y a cada expresión de la medicina le corresponde un rama del arte y de esa manera cumplo mi sueño de ser una artista multidisciplinaria.

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Días después en los sucesivos arribos al BAFICI vi muchas películas en relación directa con la muerte.

El jueves fuí a ver las puesta en pantallas de la muerte del padre de un amigo, Martín Crespo, filmada por su hermano, Eduardo. Para esto hay que dejar de lado toda apreciación artística, estética, técnica. Existiendo una relación no se puede abrir un juicio sobre los modos en los cuales otra persona elige transitar el duelo. Porque “Crespo” es antes que nada un duelo y después un hecho artístico. Dicho y leído así parece que el arte queda rebajado a un mero canalizador, como si la potencia de ayudar a transitar la muerte no fuera también arte en si. A su manera lo es y ese desfile de diarios íntimos y pequeñas cosas fue extralamente pertubador porque al final todos te dicen que los duelos son personales pero la realidad es que son mas parejos de lo que uno cree.

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En la película de Eduardo vi desfilar los mismos objetos que yo atesoro al día de hoy de mi propio padre. Las libretas, los pasaportes jamás usados, pedacitos de un juguete, las cositas, sus cositas. Exactamente las mismas cosas que uno mira como si buscara algo que nos dijera quién era esa persona antes de nosotros. Papá y Mamá son eso y después están las personas que si son personas. Es tan extraño como lógico querer saber quien era esa persona antes de uno, pregunta difícil de encarar y que no todos deberían emprender. En ese sentido la película de Eduardo se defiende con un halo de valentía que la termina salvando de sus errores internos.

A la salida mientras caminaba con Sebastián por Las Heras, que cambia a medida que se desprende la plata vieja y se contempla la plata nueva, pensé un poco sobre una intervención en la ronda de preguntas al final de “Crespo” que me resulto no violenta, pero si disruptiva. Como si con esa pregunta chiste, aunque nunca nada es un chiste, se pudiera negar que la vida termina. Pero no supe que decir y ya hace mucho que aprendí que si de pelear se trata debe ser en mi propio cuadrilátero.

Días después vi “The Laundryman” del debutante Chung Lee. El cine oriental tiene otra relación con la muerte que se aleja  de nuestra concepción judeo-cristiana. En su  debut Lee el protagonista se gasta todo su karma y como consecuencia comienza a ser perseguido por cada persona que asesinó. Rodeado de cada uno de ellos, busca a una psíquica que lo libere de su tormento. La máxima virtud de este debut es la naturalidad con la que se  toma la muerte. La búsqueda de la redención no es el objetivo, aunque se busque sanar el karma, como tampoco se busca el perdón. A fines prácticos lo que necesita el asesino es resetear el karma para poder seguir matando. Lo que en occidente debería ser un thriller o una película de terror, en oriente se torna una comedia con ribetes de esos dos géneros. Esa posibilidad de entablar un diálogo con el más allá siempre me provocó curiosidad porque creo que hay algo más allá pero al mismo tiempo no lo veo, no lo toco, no lo siento.

A medida que avanza “The Laundryman” limpia sus líneas narrativas y apuesta a centrar el conflicto entre una pelea entre la psiquiatría y la superstición. Esa dualidad le permite navegar comodamente entre las aguas de la ética o no ética acerca de tomar la vida ajena y la posibilidad de revertir ese daño por medio de técnicas que la medicina ve como brote psicótico. Más profunda de lo que parece y correcta (incluso innovadora) en sus secuencias de pelea, esta película se relaciona con la muerte sin caer en la parodia pero sin temer hacer numerosas gracias o gestos de tenura que reciben tanto los vivos, como los muertos.

A la salida fuimos a comer, que como el sexo es una revancha contra la muerte, pero no hablamos tanto de la película como si hablamos de nosotros. Mientras escuchaba tanto a Martín como a Sebastián me di cuenta que llevan más de diez años en mi vida y que con los dos tuve solo dos peleas, de las importantes, a lo largo de todos estos años. Eso que se sostiene incluso cuando se violenta debe ser el secreto de llevar una vida adelante sin temerle tanto a la muerte o al menos mientras se mantiene una relación en la cual la muerte al final de todo es una amiga que te lleva, si es que hay suerte, a un lugar más amigable que el mundo que para ser honestos es muy hóstil.

A la noche volví a mi casa y terminé de ler “Stoner” de John Williams libro al que le debía 20 páginas porque sabía que terminaba con la muerte. Y al que crea que esto es un spoiler lo siento, que no niegue, que no me culpe, que no me grite. No puedo cambiar el curso de la vida.

 

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