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Eso que nunca tuvimos

Eso que nunca tuvimos

De los tres años tengo muy pocos recuerdos. Sin embargo, sé perfectamente que a esa edad, y gracias a mi padre, me hice socia del club de fútbol de la Universidad de Chile. A los cinco ya contaba con una gran colección de historietas de Barrabases y un dibujo del Matador Salas. Pero también a esa misma edad me enteraba, para mi desgracia, que el fútbol no era cosa de mujeres. La pelota era de los hombres y a nosotras nos quedaban las barbies o las peponas. Y aquellas que osaban a cruzar esa línea se transformaban inmediatamente en marimachos o machorras. Era mi juego favorito, pero no podía jugarlo. Así que mi fanatismo futbolero y sus gustos quedaron bien enterrados junto a los recuerdos de la niñez.

Muchas de las mujeres que conozco consideran que el fútbol es desagradable, no les importa o simplemente no lo entienden ni les interesa hacerlo. Nada extraño en una sociedad que ve a este deporte como un territorio completamente masculino y que no hace ningún esfuerzo porque esto cambie. Pero más allá de gustos, ¿qué relevancia tiene que el fútbol no sea cosa de mujeres?

Cómo género, tenemos batallas más urgentes e importantes que dar frente a la violencia doméstica, la inequidad y la discriminación que vivimos día a día por el hecho de ser mujeres. Sin embargo, vale tener en cuenta que esta exclusión no es natural ni fortuita, sino que es producto de una serie de prejuicios y determinaciones sobre lo femenino que van desde nuestra falta de fuerza física hasta una supuesta incapacidad para comprender los aspectos abstractos del juego. Pero aún más decidor es que las mujeres, en nuestra sociedad actual, no tienen derecho a jugar. Y es que a pesar de su poder e influencia mundial, el fútbol no es más que un juego. Uno que hace vibrar a millones de personas en el mundo, que en 90 minutos dejan de lado sus preocupaciones diarias para concentrarse en jugar o disfrutar como niños del partido y así volver un poco a la infancia.

A diferencia de los hombres, las mujeres no tenemos acceso a este regreso lúdico: la palabra “jugar” no está en nuestro vocabulario después de la niñez y los espacios de recreación socialmente aceptados se restringen a las salidas con amigas o la televisión, siempre que no sean una interferencia en nuestras responsabilidades domésticas, familiares o estéticas. Sin embargo, a ningún hombre se le reprocha ni se le cuestiona como adulto porque juegue a la pelota o vea un partido.

A mis veinte años, deje de darle importancia a los prejuicios y comencé a jugar en el equipo de fútbol femenino de la universidad, que había nacido de la propia iniciativa de un grupo de alumnas del campus Juan Gómez Millas. También volví a ir al estadio donde, para mi sorpresa, me encontré con un montón de mujeres que eran tanto o más fanáticas que yo. Y poco a poco he visto cómo las ligas femeninas han pasado de ser una rareza a una realidad, donde cada vez más mujeres quieren ser parte de este juego que hasta un tiempo se presentaba como tan lejano.

A mi prima de 11 años también le gusta el fútbol. Todos los días, en el recreo del almuerzo, juega una pichanga con sus compañeros y compañeras, en equipos mixtos que arman entre los de 5to y 6to básico. Para ella, la noticia de que en el próximo videojuego de FIFA se incluirán equipos de mujeres no le parecerá algo fuera de lo común. Ni me imagino a sus compañeros haciendo chistes machistas al respecto, como los que tuvimos que ver en Twitter después de la noticia. Más aún, tengo la esperanza de que al jugar fútbol juntos, estos niños sean parte de una generación menos machista y verdaderamente más igualitaria. Mientras tanto, las mujeres de hoy podemos empezar a apropiarnos también del fútbol, a nuestra manera y aunque a muchos no les guste. En la consola, en la cancha o en las tribunas: nosotras también tenemos derecho a jugar.

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