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La Merienda del Perro – Anarquía – por Rachilde

La Merienda del Perro – Anarquía – por Rachilde

Les compartimos con alegría un texto inédito que nos cedió Caja Nega en el marco del especial que hicimos sobre su trabajo editorial.  El texto de Rachilde que compartimos, es una pieza breve sobre uno de los temas que más nos importan: los perros.

Pueden leer el resto del especial de Caja Negra haciendo click acá para leer la entrevista con Diego Esteras y acá para nuestra lectura sobre sus libros de Decadentismo y Patafísica.

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A Marcel Collière

El sendero, blanco bajo la resplandeciente luz del sol, se enrulaba sobre la hierba como el cuello de un cisne enamorado. Una canasta de geranios, bordeada por las innumerables estrellas plateadas de las margaritas, apoyaba un monstruoso rubí sobre el verde aterciopelado de la hierba, y el gigantesco engaste de sortija que parecía contenerlo rebordeaba de un reflejo anacarado de perlas finas. Dóciles, viejos heraldos bien adiestrados, los árboles a derecha e izquierda del sendero dejaban ver, en el fondo del decorado, la fachada nítida de un palacete de ópera, una construcción lechosa de cuyas ventanas de un solo cristal emanaba luz de diamantes. Escalinatas caladas por barandillas ligeras, volutas gráciles de hierro de estilo demasiado moderno, aquí y allá doradas como trabajos de orfebre, extendían sus brazos cargados de joyas ante el eventual visitante. Descendiéndolas en cascadas suaves, alfombras de matices violentos volcaban su oleaje multicolor en los arroyuelos pálidos de los senderos que se estiraban en líneas capciosas, perdiéndose en los límites del parque, en una enorme puerta principal, lejano arco del triunfo, monumento encasquetado de urnas de bronce alrededor del cual florecían cactus, disparando al cielo la púrpura feroz de sus puntas de lanza.

El cielo, de un azul único, absolutamente puro, entibiaba de caricias todas estas cosas con implacable benevolencia.

No había nadie.

No se percibía huella alguna a lo largo de los senderos.

Las flores no exhalaban ningún olor, flores de hierro pintado puestas allí para adornar la espera.

¿Hadas? ¿O reyes?

A través de una de las ventanas sin cortinado se distinguía la silueta convencional de un sirviente, pero la raya de sus cabellos negros, sinuosa como los caminos blancos del parque, la hilera de botones de cobre adornando su chaleco, la impasibilidad respetuosa de su gesto al zarandear lentamente un enorme plumero de avestruz, especie de penacho de carroza fúnebre, lo tornaban realmente ilusorio.

Sin embargo, apenas atrás del macizo de la derecha, en una mesa rústica rodeada de tamarindos bajo una tienda de tela, dos seres humanos se divertían, tratando de vivir a pesar del decorado.

Dos niños.

La pequeña, de ocho años.

El muchachito, su hermano mayor, de nueve.

Eran, como su casa de ópera, extraordinariamente bellos.

Estos dos niños, agobiados por el calor y la riqueza de la que los colmaba el cielo, miraban un libro de imágenes con ojos calmos.
-Cuando hayamos terminado el libro, volveremos a empezarlo –dijo el pequeñito, con un tono suavemente autoritario.

-Sí, pero volveremos a empezarlo por la mitad –corrigió la niña, no sin cierto capricho.

Un álbum suntuoso era ese libro en el que reinas y santos llevaban vestidos de hilo de oro; los soldados, armas brillantes; en el que incluso los pordioseros mostraban andrajos nuevos, confeccionados en telas a medida.

Era un libro admirable.

Las leyendas que acompañaban las imágenes eran antiguas. Esta, por ejemplo, desplegada bajo el retrato de una dama que daba de beber a los pobres:

Hay que hacer siempre el bien, pues así siempre se obtiene recompensa.

Los niños no leían las leyendas, muy ocupados con los colores tornasolados de las figuras.

De vez en cuando bostezaban.

La pequeña llevaba un vestido en muselina bordada, muy simple, y una blusa de grandes pliegues elásticos, cuyo bordado totalmente artesanal debió hacer sudar la gota gorda a muchas obreras.

El pequeño, virilmente vestido como marino de la República, dejaba ver su cuello desnudo, un poco tostado a causa de la estación soleada y de los paseos sin sombrero, sobre una mantilla de seda de Indias procedente de aquellos países en los que se consigue, como la fiebre amarilla o el cólera.

Los niños casi ni reían. Contemplaban las imágenes, pasaban las hojas, con la mirada nublada por sueños inútiles.

Tras ellos permanecían, abandonados, accesorios de una comedia terminada hace tiempo, una muñeca colosal, casi tan grande como la niña, también vestida con simpleza, un bebé de cabeza esmaltada y pupilas como zafiros, premiado en exposiciones, y un juego de canicas cuyas piezas, bolas satinadas, no hacían siquiera ruido.

La pequeñuela era rubia, delicada, con cicatrices en la zona de la garganta. Sus ojos, más claros y más grandes que los de la muñeca, parecían dos copas de agua pura.

El muchachito, de aspecto más sólido, tenía la boca triste de los que han comido demasiado bacalao.

Se aburrían un poco los dos, de tanto divertirse a diario.

De golpe, cuando estaban a punto de abrir el libro por la mitad, escucharon gritos.

El gran silencio que bañaba la casa de ópera y sus alrededores cesó bruscamente; por fin sucedía algo.

De lejos, de la reja del jardín, un tumulto, voces, gentes que pasaban, un montón de gente caminando con precipitación, muy enojadas. Una especie de gruñido sordo… después, nada.

La reja, movida por un brazo invisible, pareció temblar y abrirse, luego se cerró.

-¿Quién viene? –dijo la niña.

-No es nada –respondió su hermano con melancolía-. Son vagabundos que quisieron entrar y no pudieron -él sabía que no era tan fácil entrar en la propiedad.

-Pero sí, sí –gritó la pequeña, y en las copas de agua pura de sus ojos se encendieron iridiscencias alcohólicas-. Alguien ha entrado. ¡Mira! Es un animal muy grande, ¿un lobo? –sabía que era imposible que fuera un lobo, pero siempre esperaba encontrarse con uno, sin embargo.

Era un perro.

Los dos niños abandonaron su elíseo de tamarindos, oliendo una aventura.

El perro seguía el camino principal, el que se enrulaba en la hierba como el cuello de un cisne enamorado. Avanzaba de costado, al trote, las orejas y la cola bajas, la lengua colgándole de la boca. Rengueaba de una de las patas de atrás y estaba sucio, con el color de la herrumbre.

Se detuvo junto a la canasta de geranios. Harto de la bella sinuosidad del sendero, cortó camino derecho por el parque, se detuvo nuevamente ante la arena resplandeciente y bien rastrillada del otro camino, lo cruzó y alcanzó a los niños, que se sorprendían de su actitud.

-Es un pobre perro golpeado –dijo la pequeña.
-Creo que está sangrando –añadió su hermano.

En su costillar se abría una herida de la que destilaban lágrimas negras, más de lodo que de sangre.

-¡Pobre guau-guau! –gritó la niña, con el corazón oprimido.

-¡Sí, pobrecito! –asintió el muchachito, emocionado a su vez porque su hermana apoyaba sobre su manga de marino de la República una manito temblorosa de compasión.

El perro dudaba; bajando la cabeza hacia adelante, parecía reflexionar.

No hay peor vida que la vida del perro.

En sus ojos desorbitados, casi dulces de tan extraños que los hacía la fiebre, palpitó toda la desesperación de lo que iba a hacer, de lo que estaba obligado a hacer.

No era su culpa. No. Atenazado por un mal misterioso, por una potencia sobrenatural, vagabundeaba hacía semanas, encargado de una misión tenebrosa, y miraba a los niños avergonzado, con mirada rastrera, luciendo su lengua húmeda.

Normalmente, le hubiera encantado jugar con ellos. Él no odiaba a los niños. Los prefería, incluso, a los adultos.

A palazos había sido llevado contra la puerta providencial del parque, y el buen dios de las bestias, permitiéndole entrar en ese paraíso, quería quizás trazarle otra ruta. El perro daba lástima, empequeñecido.

Sin embargo, sentía que ni la belleza del lugar ni la de los niños, ni la santidad del asilo que le ofrecían, impedirían…

-Debe tener sed –gimió la pequeña, muy interesada en el pobre perro.

-¡Espera! Voy a traerle su merienda –dijo el niño, y corrió a la casa.

Cuando volvió con el lacayo, que traía una gran taza de leche sobre una bandeja de plata, la niña, parada en el mismo sitio, estaba sola.

Sus ojos, llenos de lágrimas, semejaban con más fuerza aun a dos copas de agua pura, a punto de desbordar.

-¿Dónde está el perro? –preguntó el niño.

La pequeña respondió, con voz temblorosa:

-Se fue, no quiso esperar… porque lo he reñido. Es un perro malvado –y tuvo un acceso de hipo.

-¿Qué le sucede a la señorita? –preguntó con inquietud el doméstico.

La niña abrazó a su hermano, ocultando la cabeza.

-No hay que decir nada –murmuró-, porque van a golpearlo de nuevo. Me ha mordido, aquí en el pulgar, no mucho… no va a quedarme la cicatriz. Casi no tenía fuerza, ¿entiendes? No me duele, pero me da pena… eso es todo.

También al perro malvado eso debe haberle causado pena. Pero la fiebre sobrenatural que tortura a estos perros no les permite la distracción de la piedad.

Ellos tienen una misión.

-No diremos nada –contestó el muchachito, con un orgullo inocente.

Y sopló el pulgar de su hermana.

“Le petit gouter du chien (Anarchie)”, tomado de Contes et nouvelles suivis du théâtre (1900).

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