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Caja Negra: Miles de cosas adentro.

Caja Negra: Miles de cosas adentro.

Caja Negra es un sello argentino que cubrió un nicho que faltaba en el mercado editorial. Con un trabajo que ya lleva  muchos años, es unon de los pocos sellos que tiene un lector propio. Existe el “lector de caja negra” y más allá del snobismo que pueda recubrir esa frase, el resultado es una colección impecable de libros que conforma a sus seguidores y renueva año a año votos de fidelidad con los mismos. Hay que destacar el trabajo minucioso y delicado de los editores de Caja Negra, Ezequiel Fanego y Diego Esteras, que no ha ido en declive, más bien fue en un claro ascenso.

Las cuestioens ediotirales actuales, de las dificultades que se enfrentan con la economía actual y de algunas cosas más , son parte de la charla que sostuvimos con uno de sus creadores Diego Esteras.

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Caja Negra parece surgir frente a un vacío del mercado, como si se estuviese ignorando a un potencial lector que no encontraba esos libros en castellano ¿Lo pensaron así?

Cuando empezamos a armar Caja Negra éramos dos estudiantes con destino incierto en la academia y necesidad de generar un espacio de trabajo estimulante con las lecturas que nos interesaban. No teníamos ninguna experiencia previa en el mundo editorial, desconocíamos todos los procedimientos involucrados en el armado de un libro, y estábamos lejos de tener una lectura muy acabada sobre las características del mercado en el que ingresábamos. En cambio, lo que sí fue muy claro cuando empezamos fue nuestra voluntad por hacer de Caja Negra un espacio en el que confluyeran muchas de las cosas que nos interesaban: la literatura, la filosofía, la música, el cine, etc. Cito una frase que Ballard utiliza para pensar su obra que siempre nos resultó muy atractiva para comprender nuestro modo de trabajar: “Lo único que hago como escritor es seguir mis propias obsesiones, cualesquiera sean: accidentes de autos, las cirugías faciales, los paisajes mediáticos, Ronald Reagan, etc. Y empleo deliberadamente mis obsesiones porque puedo confiar en ellas y porque son lo bastante fuertes como para darme el principal impulso imaginativo”. En el origen de Caja Negra entonces, un punto de vista bastante subjetivo que nos hace formar parte de una tradición de editores que a la hora de tomar decisiones privilegian sus inclinaciones estéticas antes que criterios de selección más canónicos y aburridos como pueden ser los géneros, determinada lengua o determinada época de la literatura.

Con el correr de los años, fuimos ganando conciencia editorial y nuestro impulso inicial fue adquiriendo una fisonomía más precisa. La sucesión de nuestros libros empezó a tomar la forma de un discurso editorial comprensible (para nosotros y para los demás) y a tener consistencia de catálogo. Para que esto fuera posible, tan importante como obedecer la sentencia ballardiana fue seguir muy de cerca la recepción que los lectores tenían de nuestros libros y aprender a leer de manera estratégica los faltantes y las oportunidades no aprovechadas del mercado editorial. Luego de haber publicado libros como los de Spinoza, Burroughs y Godard, libros como la Antología del decadentismo francés y libros que analizan géneros como el postpunk y el hip-hop, fuimos percibiendo cada vez con mayor claridad qué es lo que nos interesaba construir con Caja Negra: un lugar de enunciación en el que pudieran convivir los problemas del racionalismo del siglo XVII con la contracultura del siglo XX; un lugar de enunciación en el que poner en diálogo la subversión mórbida de la experiencia estética que hicieron las vanguardias del siglo XIX con la experimentación sonora y poética de las bandas del postpunk de la década del 80; generar una plataforma en la que pueda asociarse un tipo de música (por ejemplo, el free jazz o la música disco) con experiencias políticas y culturales radicales (el black power, los movimientos de liberación sexual e integración racial). En definitiva, una invitación a tejer alianzas improbables entre objetos culturales de la más diversa proveniencia, una invitación a armar tradiciones heterodoxas.

Creo que en ese tipo de tránsito, en un montaje con estas características está el rasgo diferencial y la contribución de Caja Negra. Creo también que una de las cosas más importantes a las que puede aspirar un proyecto editorial es a elaborar una mirada propia, un estilo, su propio estilo de hacer las cosas y de interpelar a los lectores.

La editorial tiene, a fuerza de tiempo y trabajo, prestigio. ¿Cómo se sienten frente a eso ustedes? ¿Dan al lector por “ganado”? ¿O apuestan siempre a seguir buscando renovar la fidelidad?

La primera sensación ante la constatación de que el enorme esfuerzo de tanto trabajo tiene buena recepción entre los lectores es, por supuesto, de mucha satisfacción. A lo largo de casi diez años de trabajo, creo que la relación que la editorial fue armando con los lectores es muy empática. Como les decía en la pregunta anterior, una de las características de Caja Negra es un marcado sesgo personal en la selección del material: el catálogo de Caja Negra es algo así como la galería de nuestras propias obsesiones y por lo tanto tiene la lógica de una biblioteca personal, la sintaxis del coleccionismo de objetos, con libros que se agrupan de una manera aparentemente caprichosa pero que esconden conexiones internas, más vagas o sutiles y, al menos para nosotros, más significativas que las clasificaciones de género, regionales, epocales o idiomáticas que por lo general suelen organizar las librerías o los catálogos de las editoriales. Sentimos que esto nos permitió generar un lazo especial con nuestros lectores, un vínculo que apela más a la pasión del coleccionista o del buscador de objetos culturales que al interés del especialista o el consumidor de mercancías. Esto nos parece bastante clave en un momento en el que la industria editorial y la literatura están acechadas por múltiples competidores: la omnipresencia de la cultura visual, la cultura digital en general, los e-books. Y sin dudas es uno de los activos que más apreciamos de nuestra editorial.

En la medida en que un editor no es sino una subespecie muy específica de lector, suponemos para los lectores de Caja Negra la misma capacidad de aburrirse y de sentirse estimulados que nosotros. Ponemos mucha atención en producir contenidos para aquellas zonas del catálogo con las que nos fue bien. Pero cuando nos encontramos abrevando reiteradamente en las mismas fuentes y empezamos a sentir que nos repetimos mucho, sabemos que llegó la hora de introducir matices dentro de lo mismo o buscar nuevas perspectivas. Algo de esto sucedió cuando decidimos abrir una nueva colección que estamos lanzando ahora en octubre de este año: Futuros Próximos.

 ¿Cual es el libro más exitoso de la editorial? ¿Cual es el libro al cual le guardas más cariño?

Para evitar entrar en proyecciones no tan sencillas por el hecho de que algunos de nuestros libros tienen apenas días o meses de existencia en las librerías y otros casi diez años, elijo uno –que, por otro lado, tuvo un buen comportamiento de ventas: Después del rock, de Simon Reynolds. Elijo este libro porque con él abrimos una línea de trabajo con aspectos novedosos si consideramos la disponibilidad previa que había en español de libros de crítica musical, línea de trabajo que hoy es uno de los rasgos más característicos de la editorial. Cuando empezamos a publicar este tipo de materiales, teníamos la sensación de que faltaban espacios para la promoción de cierto tipo de escritura, teníamos la sensación de que había mucha gente aguardando que alguien les hablara sobre la música que les gustaba en los términos en los que habla Reynolds, muchos lectores aguardando por el tipo de “comunión estética” en la que entrás cuando lées determinado tipo de crítica musical. En la medida en que nos abrió todo un universo de publicaciones, ese libro tiene para nosotros un valor fundacional.

La otra parte de la pregunta es muy difícil de responder. Hay muchos libros por los que guardo mucho cariño, y también hay muchas formas de cariño distintas. Pero elijo algunos: los dos primeros que publicamos, Acéphale y El arte y la muerte, de Artaud, porque con esos libros mi socio Ezequiel Fanego y yo empezamos a entrever lo que era corregir una traducción, encargar un prólogo y encontrar el tono con el que queríamos presentar los libros en las contratapas; empezamos a comprender la importancia y la dificultad de encontrar un lenguaje visual para diseñar los libros; en definitiva, todos los procedimientos que transforman una idea en un libro. Guardo también un cariño especial por Postpunk. Romper todo y empezar de nuevo, de Simon Reynolds, porque es un libro genial sobre una escena con la que se formó la sensibilidad con la que hoy sigo escuchando música. Y Pequeño mundo ilustrado, porque esa fue la primera vez que trabajábamos en diálogo muy cercano con una autora, María Negroni, con quien armamos desde entonces una muy buena relación que no deja de generar proyectos en conjunto.

Los libros vienen sufriendo muy fuertes aumentos y cada vez es más difícil comprar. Como editorial ¿cómo se aumenta sin perder al lector? ¿cómo se sobrevive al fuerte impacto de la inflación?

Se sobrevive pero cada vez en peores condiciones. En enero de este año nos sucedió algo muy curioso: el día que terminamos de armar el presupuesto de la editorial para todo el 2014, Argentina devaluó la moneda e inmediatamente se transformaron en “viejos” todos los cálculos que acabábamos de hacer. El aumento permanente de los costos te obliga a resignar cada vez más un poquito del ya de por sí escaso margen con el que trabaja una editorial como la nuestra, porque trasladarle al precio de los libros de manera directa los aumentos que tenemos en los costos generaría un precio muy restrictivo. De todos modos, considero que trabajamos para un universo de lectores para los que los libros son objetos de primera necesidad, no tan distintos que la comida y que la ropa. Quiero decir que, en cierto sentido, estamos inmunizados frente a algunos comportamientos de la economía. Seguramente otro tipo de editoriales sufren mucho más que editoriales como la nuestra los procesos traumáticos como la inflación permanente. Por último, en contextos de relativa incertidumbre es cada vez más importante afinar la puntería y aplicar filtros cada vez más selectivos a la hora de elegir qué publicar y qué no.
Próximos lanzamientos y expectativas para el futuro.

Cerramos el año con el lanzamiento de dos libros:

Carsick, de John Waters, que a los 65 años decidió hacer un experimento hermoso: cruzar los Estados Unidos a dedo, desde Baltimore a San Francisco. El resultado de esa aventura es este “road book” que nos permite continuar con otro libro del autor luego de la publicación de Mis modelos de conducta.

Y Los condenados de la pantalla, un libro de ensayos de la artista y filósofa alemana Hito Steyerl, ensayos que analizan con un enfoque político y materialista los distintos flujos de imágenes producidas por lo que denomina el capitalismo de la información (en la línea de las reflexiones sobre el semiocapitalismo de Guattari, Franco Berardi “Bifo” y Lazzaratto, entre otros). En particular, lo que le interesa a Steyerl es la dimensión política de las imágenes basura: los formatos de baja resolución, que son para Steyerl como los proletarios de la sociedad de clases de las apariencias como el AVI o el JPEG, la imagen-spam o las fallas técnicas o glitches. El libro se llama Los condenados de la pantalla, parafraseando al célebre libro de Fanon Los condenados de la tierra, porque el libro intenta diagnosticar los peligros de colonización de la imaginación contenidos en los regímenes de producción audiovisual del presente.

Este libro forma parte de una de nuestras apuestas más fuertes en este momento: el desarrollo de una nueva colección para la editorial. Los dos primeros libros (Volverse público, de Boris Groys y el de Hito Steyerl) salen este año, y para el año que viene estamos preparando cuatro títulos más. El nombre de la colección es Futuros Próximos, y a grandes rasgos esta nueva línea de publicaciones responde a la percepción de que a lo largo de los últimos años se consolidaron una serie de comportamientos sociales y culturales novedosos que requieren ser interpretados con nuevas perspectivas teóricas. Me refiero, entre otras cosas y a modo de ejemplo, a la sustitución de la cultura de masas por un escenario de fragmentación en el que millones de personas producen fotos, videos, sonidos y textos para un espectador que no tiene tiempo de leer, escuchar ni ver ni siquiera una parte muy menor de todo lo que se produce. O al hecho aterrador de que para una enorme cantidad de personas el medio principal para dialogar con el mundo es Internet, y el lenguaje con el que se interroga al mundo, con el que se le hace preguntas al mundo es el lenguaje regulado por Google. Estas cuestiones nos impulsaron a generar una nueva colección de ensayo y crítica, que intenta buscar los lenguajes apropiados para acceder a los fenómenos del presente. El año que viene se suman a esta colección los libros de Quentin Meillasoux y Graham Harman, dos de los representantes de una de las corrientes filosófica más novedosas y provocativas de la filosofía actual: el realismo especulativo. Un libro de Vilém Flusser: El universo de las imágenes técnicas. Elogio de la superficialidad; y un libro de ensayos de Kenneth Goldsmith, el creador del sitio www.ubuweb.com.

El desarrollo de esta colección y fortalecer la presencia de nuestros libros en algunos puntos de Latinoamérica (Chile es uno de ellos, donde tenemos nuevos distribuidores) y España son algunos de nuestros objetivos inmediatos. Creemos que nuestros libros tienen lectores posibles en distintos países, y queremos de a poquito ser cada vez más una editorial argentina para lectores del mundo hispanohablante en general.

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