Fue una mujer

La primera vez que alguien me intimidó usando su cuerpo, tirándolo encima de mí y trancando la puerta para evitar que yo pudiera cruzarla, fue una mujer. Las que lo supieron y decidieron omitirlo, también eran mujeres. La que celebró un ataque en redes sociales por parte de un abusador hacia mí: fue una mujer. 

Las que decidieron que su lugar dentro de la militancia de un partido era más importante que la denuncia por violación de uno de “los compañeros”, también eran mujeres. Las que reprimen en la calle, son mujeres. Usan casi el mismo uniforme que los hombres, pero las obligan a usar perlas y, cuando están en formación, el labial Pamela Grant número 460. 

Las que firman las leyes para que nosotres seamos reprimides en las calles, para que estudiar signifique endeudamiento y para morir esperando atención médica, también son mujeres. 

Las mujeres roban, matan, mienten. Son egoístas. Golpean. Trazan planes a su conveniencia. Matan animales. Firman acuerdos económicos que destruyen el planeta.

Pero no son las únicas.

Las mujeres no son de Venus, ni los hombres de Marte. John Gray publicó ese libro en 1992 y creo que hizo mucho daño. Las mujeres y los hombres son del planeta Tierra y ambos pueden ser lo peor. 

“La Comisión de Mujeres de la Cámara de Diputados y Diputadas rechazó la idea de legislar del proyecto de despenalización del aborto”. Me dio vergüenza escribir esta frase. ¿No les da vergüenza leerla? La vergüenza fue mi reacción inicial, pero luego volví a mí, a lo que he aprendido y pienso que caer en ese sentimiento, es caer también en la trampa.  

Las mujeres no nacemos con un gen particular de la bondad. No existe un llamado de la naturaleza que nos haga ser empáticas porque sí. No somos feministas de nacimiento tampoco, eso se aprende sobre todo a partir de las experiencias y la politización que hacemos de ellas. Con otres, con nosotras mismas, con nuestro entorno.

Ser mujer no es una identidad política. Y aquellas que se dedican a la política institucional, son parte de la construcción de proyectos colectivos con visiones y metas particulares. Y esta es una idea clave que muchas mujeres como, por ejemplo, la diputada Joanna Pérez de la Democracia Cristiana y tantas más, solo ponen en práctica. 

Ser mujer en política institucional no es un sinónimo de ser feminista, por más atractivo que sea decirlo sobre todo en años electorales. Es más, hay mujeres dentro de la política institucional que son anti-feministas. Así consta en las actas de votación de leyes, una fuente mucho más valiosa que cualquier entrevista de cualquier medio, en el que alguna pueda decir que sí lo es, porque es mujer. Porque cree en la igualdad. Porque cree en que las mujeres también tenemos que llegar a puestos de poder. ¡Porque girl power!

¿Cuál poder? Esa es la pregunta que me hago siempre. Es por eso que a principios de este año electoral, por ejemplo, me parecía de una bajeza (a la que solo los políticos y políticas de carrera pueden llegar), el argumento de que los candidatos de Apruebo Dignidad bajaran a LA ÚNICA MUJER (Paula Narváez) de una primaria, por machismo (si hablamos de machismo, sabemos que hay una larga lista de situaciones en las que podríamos ahondar).

Salieron varias voces a poner el grito en el cielo con la estrella del feminismo al centro, como si la situación fuera un duro golpe a los movimientos feministas. Como haciendo un llamado a que las integrantes de esos movimientos -en su amplio espectro- la defendieran. La defendieran por ser mujer. ¿Se imaginan? ¡Una concentración multitudinaria se toma la Alameda!: Feministas marchan por la candidata que defendió que el Servicio de Impuestos Internos no se querellara en los casos de financiamiento ilegal de la política.

Si yo hubiese tenido que pedir algo para Narváez, es que su partido (Elizalde, ejmmmm), dejara de humillarla. Nada más.

Las preguntas que me parecen fundamentales son, en este y otros casos: ¿Quién es la candidata? Si se dice feminista ¿cuál es su idea de transformación del sistema? Aquella de la que hablan los feminismos, por cierto (cuando hombres políticos dicen que son feministas, ya ni siquiera me hago preguntas, solo los miro con mucha más desconfianza).

Por más estudios costosos que hagan ONGs, las actas que se registran en el Congreso y la vida misma, día a día, muestran que más mujeres en cargos de poder no significan nada (imagínate tu vida con Van Rysselberghe de presidenta, uf). El discurso que levantan algunas es conveniente, pero en días como hoy la verdad sale a flote y no hay que olvidarla. Romper el techo de cristal. Conveniente. Suena precioso. Poético. Pero en la realidad, cuando algunas rompen ese techo, otras limpiamos el vidrio que dejaron botado en el suelo y miramos desde lejos queriendo creer que algo puede cambiar. 

Sí creo que una feminista colada en un espacio de decisión significa algo importante (un gran ejemplo es la Convención Constitucional). Es también un lugar muy difícil de defender (el del poder), porque por tradición, podemos pensar que en ese lugar, ella esté en minoría. Y bajo amenaza: De ser expulsada o, incluso, la posibilidad de ser corrupta, porque ¡noticia de último minuto! Las feministas también son personas. 

Hoy Joanna Pérez, diputada de la Democracia Cristiana, fue el voto decisivo (6 contra 7) para rechazar la idea de legislar del proyecto de despenalización del aborto, en la Comisión de Mujeres. Las otras seis que rechazaron fueron las anti feministas o anti derechos Nora Cuevas y María José Hoffmann (ambas de la UDI), Karin Luck, Francesca Muñoz, Ximena Ossandón (las tres de RN) y Virginia Troncoso (Independiente ex UDI). 

“He sido clara y lo reitero: la despenalización del aborto no es un tema valórico sino de DDHH de las mujeres y mi compromiso está en que el proyecto sea aprobado. Me la jugaré para que diputados DC apoyen en la Sala la iniciativa. Las mujeres de Chile merecemos más”, dijo un rato después de la votación, Yasna Provoste, candidata a la presidencia de la Democracia Cristiana.

¿Por qué tendríamos que creerle? Joanna Pérez no es solo una diputada DC, sino la vicepresidenta de su partido. Y si una vez más debemos buscar evidencias -porque acá no se trata de repartir carnets de feminismo, sino de usar la razón y revisar datos- tenemos décadas -hasta el presente- de votaciones de ese sector en contra de los derechos de las mujeres. Votaciones mixtas.

Mientras tanto, seguimos abortando. Otras muriendo. Otras llevando adelante embarazos que nunca quisieron. ¿Sabías que la Ley de aborto en tres causales aprobada en 2017, tiene grandes dificultades para ser aplicada? ¿Sabías que en el 2019 ingresaron 647 niñas, entre 10 y 13 años, a programas de prenatal, pero las interrupciones sólo fueron 128? ¿Sabías que esos 519 casos restantes son violaciones que no están accediendo a la causal?

Hoy se rechazó la despenalización. Votar en contra de la despenalización, es votar a favor de la clandestinidad y el sufrimiento de mujeres y personas gestantes. Es votar a favor de romper vidas enteras. Vidas que se rompen por el miedo de la ilegalidad, jamás por el procedimiento médico.

Hoy, como casi todos los días, las que nos siguen haciendo daño también son mujeres. Y lo entiendo cuando utilizo la razón, así evito caer en la trampa patriarcal que tanto daño ha hecho: no nacimos santas, ni piadosas. Las mujeres somos seres humanas y podemos ser miserables. También podemos encarnar proyectos políticos terribles. Para mí el feminismo significa también esto: Conocer nuestra historia y nuestro presente. Conocer a las villanas. Es saber que las mujeres también somos seres complejos, que pueden poblar la luz o la oscuridad. Y si es nuestra decisión, luchar contra eso.