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Viajes – De la Amazonia a las Malvinas de Beatriz Sarlo

Viajes – De la Amazonia a las Malvinas de Beatriz Sarlo

Jamás me hubiese imaginado que Beatriz Sarlo era capaz de sacarse huevos y larvas del interior de su pierna. Pero según lo que cuenta en su libro, y no hay porque no creerle, parece que lo hizo. En la Amazonia Peruana hay bichos de todo tipo, Sarlo tuvo suerte de no ser picada por la Manta Blanca, un zancudo casi transparente que te produce llagas en todo el cuerpo. Esto no lo sé por mi propia experiencia -apenas soporto el campo, no quiero saber lo que me depara la selva- esto lo sé por internet. Así funciona la profilaxis de Google, que me mantiene a salvo del mundo y me ayuda, cuando decido y puedo visitarlo, a armar mi paquete de vacaciones. Y esa es la diferencia entre Sarlo y yo: yo soy turista, Sarlo fue viajera.

Sarlo vio en vivo a Art Blakey en un boliche de Nueva York. Para hablar de su llegada a esta ciudad, la autora se define a sí misma de la siguiente manera: “Me conduje como una perfecta argentina: autosuficiente y, en consecuencia, no cosmopolita”. De todas maneras, dice Sarlo, que se enfrentó a la ciudad, ahora nosotros dos, frente a frente, al estilo Balzac, y la conoció primero mediante una guía para luego, al modo de Benjamin, poder perderse. Si en la Amazonia Sarlo había actuado como viajera, en Nueva York Sarlo se encuadra en la categoría de flâneur. 

Su relación con los clubes de jazz fue cotidiana. Eso se debe leer al pie de la letra, la asistencia de Sarlo a los boliches de jazz era diaria. Se paraba en la barra y hablaba con cualquiera, tomaba una cerveza y entablaba una conversación. Esa invitación a la charla con totales desconocidos, sólo se da en las grandes ciudades, únicos lugares en donde se puede ser un extraño entre miles de personas. Contra lo que se cree, al menos la palabra cosmopolita me hace pensar en estas cosas, las ciudades están para atenuar la soledad y su dinámica -bares, cines, teatros, museos, librerías- existe para eso.  La ciudad es un buen lugar para estar solo, si vivo en una ciudad nunca estoy sola, estoy con mi entorno.

Cuando Sarlo hizo historia con su propia historia, descubrió que uno de sus viajes, en la aldea perdida en la frontera entre Perú y Ecuador, convivió con Jíbaros.  Como también descubrió que pisó el último lugar que vio con vida al Che Guevara. La agenda del recorrido de América Latina de Sarlo y su generación -no estaba sola en todo esto- es para nosotros hoy imposible. No sólo porque esas zonas han sido ganadas por el narcotráfico, el desmonte y en el mejor (¿mejor?) de los casos la civilización. Es imposible por falta de valentía y amor al confort. Mirarse en el espejo de los 60s y de los 70s es complicado, la tendencia suele empalidecer a cualquiera. Si tuviera que argumentar una defensa, aunque sea mínima, diría que yo no emprendería el mapa que se trazó Sarlo, por miedo a la violación seguida de muerte o la violación seguida de prostíbulo.

¿Cómo hizo Sarlo para dormir a cielo abierto en el norte argentino? No parece haber rastros de miedo alguno en su relato, tampoco se ve miedo en su incursión a las minas en Bolivia y tampoco se intuye miedo en su llegada a Brasil. Si tuviera que definir esa generación, la palabra que elegiría sería arrojada.  Atravesados por sus prácticas políticas y apoyados en sus convicciones, se brindaron a la aventura. A su favor se debe decir que no existía el turismo tal cual lo conocemos ahora: con la aventura controlada. Pero lo interesante de esos viajes, que incluían ver el funcionamiento del troskismo en tiempo real, más que su carácter político, era el carácter temerario de quienes decidían emprenderlos. Se brindaban a la aventura, también se brindaban al error.

La memoria más tierna de Sarlo es la que la conecta con su infancia, el viaje original. Gran parte de esa infancia transcurrió en el campo y en esos tiempos conoció a Lajos, un húngaro que hablaba castellano con fonética propia. Lajos fue su primer húngaro y también su primer viaje sin desplazamiento. Sarlo llama a Lajos su maestro y en ese aprendizaje, aparecen principalmente los caballos. El caballo se utiliza para trabajar, en casos extremos para la guerra y nunca para pasear. Eso último le era permitido por Lajos como un acuerdo tácito, un permiso de él hacia ella. Lo que parece nada a veces, si se ubica en el lugar correcto, es un acto de amor.

No tengo mucho más para decir sobre este libro de Beatriz Sarlo, excepto que transcribiría párrafos enteros del mismo para que se sepa qué bonito es. A mi manera, esto dicho como el mayor de los halagos, lo leí como un libro de aventuras. Esos libros que de chica me fascinaban, donde habían tigres, panteras, selvas, montañas, lagos, grandes travesías en el mar, cataratas, misterios profundos. Lo leí así y así lo disfrute. Porque una parte mía necesita, por su bien, separarse de cierta realidad histórica que rodea a Sarlo y el objetivo no es, en absoluto, negarla. Es simplemente para poder emprender, eventualmente, mi propio viaje.

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