Now Reading
A Daniel Matamala le gusta el hueveo (un abrazo para Dominique)

A Daniel Matamala le gusta el hueveo (un abrazo para Dominique)

Luego de ver una y otra vez estos dos minutos de Aquí se Debate de CNN, lo primero que pienso, riéndome, es: ¡Que le gusta el hueveo a Daniel Matamala! 

Lo escribo riéndome de nuevo. 

¿Cómo no? En medio de una entrevista a tres hombres, que son parte de la elite política de Chile, preguntar “¿alguno de ustedes se considera feminista?”, es ser bueno para el leseo, para qué estamos con cosas. También es una buena manera de despertarnos del letargo de escuchar a estos tres señores que ojalá hubiesen tenido algo de voz, algún espacio, por más chiquito que fuera, durante los últimos 30 años, para impulsar algún cambio de esos que hablan. Entonces también siento deseos de regalarle un sticker de estrella a Matamala, en esta ocasión, por su sentido del espectáculo. Algo de lo que carece prácticamente toda la televisión chilena.

Tengo una teoría que solo se sustenta en mi percepción: a los medios de comunicación chilenos, especialmente a los espacios de periodismo político les falta chispa y personalidad. Desde mi perspectiva, La Objetividad es un camino mentiroso. Todo es perspectiva: preparar una entrevista, escribir, la forma en la que cuentas un secreto, lo dulce o salado de las comidas, las relaciones que crees tener con tus parejas o amigas (tu estima puede ser diferente a la de ellas y no lo sabes) o incluso la imbecilidad propia. Lo que para mí puede ser una genialidad, para un otro u otra puede ser una basura y ¡ya es tiempo de aceptarlo, por el bien de la civilización!

Por otra parte, eso de La Objetividad en un pueblo chico, infierno grande como Chile, está más cerca de cuidar los intereses del patrón que de buscar esa meta final de virtud, la iluminación, el rigor y un lugar en el cielo del Premio Periodismo de Excelencia, porque la verdad es que nadie es tan excelente ni los premios tan importantes. Menos aún si se mueven de forma centrífuga. 

Me duermo. 

La Objetividad, esa mentirita que cubre los manuales del buen periodismo local, permite algunas atrocidades. La primera que se me ocurre, debido a los tiempos que vivimos, es la de un nazi al micrófono. Un nazi con —cada vez menos caros— minutos al aire, listo y dispuesto para soltar toda la basura que tiene en la cabeza y en el alma. Pero no se equivoquen. El problema no es solo el nazi amplificado, sino su contraparte. 

Vayamos a un ejemplo más contingente (que se acerca bastante a los nazis, la verdad). Hace pocos días supimos que Donald Trump fue bloqueado hasta de Spotify. Qué tristeza saber que ya no recibirá su descubrimiento semanal, pero es aún más triste que quienes amplificaban su mensaje lo hayan dejado llegar hasta acá. Los que le reían hace cuatro años atrás sus Trumpicosas (¿les suena?). Los que apostaban a su derrota, por vivir en una sociedad “mejor” que la que en realidad es. Los esfuerzos —de tan solo algunos medios estadounidenses— que instalaron como política de trabajo hace ya unas buenas temporadas decir explícitamente que el presidente mentía, no bastaron. 

Y eso me lleva a una pregunta que me hago sin parar, todos los días de mi vida adulta ¿Por qué en Chile no existe la contra pregunta? ¿Es algo que se derrite al intentar cruzar la cordillera? ¿Se pierde y muere de sed en el desierto? Creo que tiene más que ver con los nombres de millonarios tatuados en los salmones asquerosos que se crían en el sur del país. En los apellidos que toman la forma de tumores en las radiografías de los pulmones atestados de cáncer de los mineros en el norte. 

Se me ocurre un nuevo deporte nacional. Qué tal si tuviéramos que jugar a tomar un corto de pisco solo cuando escucháramos en una entrevista “¿de dónde sacó ese dato?”, “¿quién respalda esa cifra?”, “según estos documentos usted miente”. Es posible que a los productores de esas botellitas riquísimas no les gustaría mi idea o se dedicarían exclusivamente a la exportación, que tampoco está mal.

¿Qué tienen que ver mis deseos de jugar con alcohol con el periodismo o con que a Daniel Matamala le guste el hueveo? Podríamos averiguarlo si la pandemia estuviera controlada y nos juntáramos a juntar con pisco, pero por ahora, esto tendrá que seguir siendo un misterio.

¡Sigamos!

La Objetividad. Es mentira. Y es peligrosa, pero no solo porque promueve que los villanos del videojuego campen a sus anchas, sino porque en su nombre se instalan los debates más pobres y faltos de personalidad. No sé ustedes, pero si día a día se está hablando sobre cómo vamos a seguir sobreviviendo en este planeta, yo quiero ver pasión. Porque la pasión es lo que nos permite estirar nuestros propios límites de pensamiento, de aprendizaje. La fuerza para dejar la flojera de preparar bien una entrevista ¡incluso! Ya no por la dignidad de una solamente ¡por la humanidad!

Me reí con esa pregunta de Matamala, en un primer momento, porque no fue un dardo envenenado o algo parecido, tampoco una pregunta tonta (no existen las preguntas tontas, sino los contextos equivocados). Fue simplemente una pregunta-Twitter: saber que las respuestas caerán en la casilla de pedirle peras al olmo, para que las manzanas nos riamos, enojemos o lo que sea que sintamos y reaccionemos. Me reí, porque en el 2021, los señores siguen pensando que pueden —en sentido figurado y práctico— seguir sentándose con las piernas abiertas en el Metro o la micro y nadie reclamará. Que pueden continuar siendo mediocres y seguir teniendo trabajo y, en este caso, electorado. 

Pero fundamentalmente, me hizo reír porque vi a tres hombres siendo absolutamente patéticos, y al mismo tiempo, ignorándolo por completo. ¿Por qué me resulta placentero ver a un hombre en situación de poder ser completamente ignorante? Ver cómo esas neuronas están cayendo en un glitch, que la sinapsis no resulta porque no estaban preparados para oír lo que oyeron, porque es algo que se escapa de ese preciado espacio que necesitan sus testículos para existir en el transporte público de la vida que es la sociedad.

Fácil: Porque no puedo tener rabia todo el tiempo. 

Sé que por más malas que fueran sus respuestas sus carreras no van a tambalear, seguirán teniendo poder, personas que los encuentren ¡brillantes! ¡faros para la sociedad!. Porque it’s a man’s world. Hay veces en que río para no llorar y el 2020 me reafirmó algo que vivo desde mi nacimiento, por más difícil que sea para una mujer latinoamericana de clase trabajadora (la clase media no existe, chiques, es una más de las atrocidades que se cometen desde La Objetividad) conseguir esta meta: yo vine a la Tierra a sentir placer (me lo dice mi madre desde que tengo memoria, mis elecciones siempre decantaron por la vía del placer, el gusto y la belleza). 

Pasados esos segundos de fuego interno o pipí feliz, como dice mi amiga Natalia, pensé: “yo no quiero que los hombres sean feministas. No lo necesitamos”. Me perdonará Comunidad Mujer y ONU Mujeres, pero ese es un profundo sentimiento, una llamita en mí que jamás se apagará. 

No quiero que los hombres sean feministas, no necesito que los hombres sean feministas. Solo necesito que sean decentes. Sé que usar la palabra decencia inmediatamente hará que algún hombre —si es que hay alguno que lea esta columna— deje de leerla. “moralista, guácala”, lo escucho refunfuñar en mi mente, mientras mira la hora para saber cuándo su madre tendrá listo el almuerzo. Ese pequeño gran hombre, el que ve el fin de la sociedad moderna en las manos —mal cuidadas— de las dictadoras de lo políticamente correcto, de las hipersensibles, ese ofendido por el levantamiento las atroces mujeres feas y amargadas de los últimos años, que ignora por completo que las feas y amargadas nos hemos levantado siempre, a lo largo de la historia, hombro a hombro, con las bonitas.

Decencia. ¿Qué es ser decente? Podría alargarme en pajas filosóficas, pero en resumen, creo que ser decente solo significa encontrarle sentido, significado y aplicación a lo que entra por nuestros oídos y ojos. Porque todo es perspectiva ¿no? Y no se puede vivir toda la vida pensando que nuestro pedacito de existencia cubre las mismas necesidades, alegrías, placeres y tristezas de la sociedad completa. 

Ejemplos de decencia no voy a dar (¡quién es una!), pero como a mí también me gusta el hueveo, voy a nombrar aquellos en los que hay una falta de: 

”He transitado del machismo más brutal impuesto particularmente por mi madre, nunca vi una mujer más machista que mi mamá. Te voy a decir un hito. La persona que a mí me empezó a convencer fue María Antonieta Saa, cuando fui su jefe de campaña en el año’ 93 me empezó a adoctrinar”. (Francisco Vidal)

”Absolutamente feminista porque además tengo una hija feminsita y no podría ser de otra manera” (Heraldo Muñoz) 

“Feminista…evidentemente la igualdad de derechos de hombres y mujeres… Además fíjate que siempre en mi trabajo como parlamentario trabajé con mujeres y déjame decirte una cosa, son tan leales las mujeres para trabajar… no miden nada el sacrificio, es lo mejor que uno puede tener como ayuda es las mujeres y partiendo por Dominique mi propia mujer, que me ha acompañado siempre en todas las campañas y en todo lo que he hecho (Jorge Tarud). 

Escúchenlo ustedes mismes y cuéntenme si sintieron cosquillitas por un segundo en el estómago.

Y no. 

Las feministas no adoctrinamos. Es solo que a veces, cuando tenemos ganas o un buen día, decidimos sacar las figuritas de Lego para explicarle a los hombres que el mundo es mucho más amplio que lo que ellos ven. Que existen otros problemas, otros miedos. Si las dendritas de las neuronas de Francisco Vidal interpretan lo que puede ser una búsqueda de empatía como un adoctrinamiento, bueno, paz para ellas. Que les sea leve. 

Heraldo Muñoz. Es un contrapunto escucharlo hablar después de Vidal, un tono tan distinto. Tan suave, cordial, tan caballeroso que casi te engaña. “Soy feminista porque mi hija es feminista” is the new “amo a los gays tengo amigos gays”. No hay mucho que desentrañar ahí. 

Y bueno, lo mejor para el final. Jorge Tarud. Me imagino a jorgetarudcitos en su cabeza, corriendo en círculos, después de oír la pregunta. Qué gran respuesta dio, en términos de espectáculo televisivo, claro. Tan buena, tan buena, que hasta Francisco Vidal no daba crédito a lo que estaba oyendo, así que vamos por partes.

“Siempre en mi trabajo como parlamentario trabajé con mujeres”. Denise Rosenthal y su crew de trabajo de solo mujeres was found dead, porque en realidad, el primero que lo hizo fue Tarud, según él. Le dio trabajo a mujeres. Entréguenle pronto una medalla, por favor.

“Déjame decirte una cosa, son tan leales las mujeres para trabajar… no miden nada el sacrificio, es lo mejor que uno puede tener como ayuda es las mujeres y partiendo por Dominique mi propia mujer, que me ha acompañado siempre en todas las campañas y en todo lo que he hecho”. 

Lo que Tarud considera lealtad es algo mucho más escabroso. En primer lugar, se trata de estar siempre al límite, de saber que nunca hay terreno ganado, que siempre hay hipervigilancia, que un error te cuesta años de carrera. Que si tus compañeros se van a las 5 pm, tú te vas a las 9 pm, porque todo lo que salga de ti tiene que ser brillante. Porque eres la excepción a una regla. La misma regla estúpida que esa explotación contigo misma se llama, para otros, lealtad. La entrega sin límites es también el trabajo doméstico no pagado. 

El sacrificio, el no medir nada, es para nosotras las mujeres despertar todos los días sabiendo que podemos perderlo todo. 

Y ¿qué más? Dos apuntes: por favor, asesórense. Y un abrazo a Dominique.