Frente a mi casa se mudó una pareja que vive con las ventanas abiertas y las cortinas no existen. Los veo ir construyendo su vida todos los días, sobre un local de La Cámpora y un negocio de venta de pollos y huevos de campo. Hay que tener valor.  Si la teoría no me falla, la posibilidad de esta pareja de existir como tal se dio por la muerte de alguien. La anciana que bajaba lentamente las escaleras desde el primer piso ya no las baja más. Se inventaron en donde había pasado un futuro.

A la mañana cuando me voy, los veo despertar de a dos, a la tarde cuando vuelvo, está ella sola frente a la computadora, a la tarde noche cuando me voy a nadar a veces, están los dos y a veces aún sólo está ella, a la noche definitivamente están los dos. Las luces siempre están tenues y el departamento es lo que conocemos como un piso despojado. Un sommier, un sillón, muchas lámparas, no logro divisar ningún libro, pero sí una guitarra que va cambiando de lugar. No porque la toquen, más bien porque es un objeto con el que se suelen chocar. No vi momentos apasionados y tampoco de ternura. Ni en los días más cálidos lo vi abrazados en el balcón.

Parece ser una pareja en reposo, con la calma de haber dado todas las batallas posibles. Sé como es eso. No estaba nada mal. En esos años se renuncia a muchas cosas que nadie está dispuesto a admitir. Nosotros nunca renunciamos a nada. Así nos fue. Muchas batallas, la guerra no terminó, no hay descanso posible en este campo, las cosas me superan, la historia me pasó por encima, crecí un  año, nació una sombra en mi corazón, nadie me dio una medalla, no tengo pensión vitalicia y en cualquier momento me llaman a prestar servicio otra vez.

¿Venís de nadar? ¿Fuiste a nadar? ¿Saliste de la pileta? No sé si olfateabas en mí como un perro el olor a cloro o, en los días de verano, producto de los químicos cruzados con el sol, te dabas cuenta que venía del fondo del agua.  Casi siempre iba directo de la clase de natación a tu casa como quién va del trabajo a su casa. Siempre apuré los últimos metros como si cada centímetro fuera estar un poco más cerca tuyo, como si cada brazada fuera la posibilidad de tener brazos más fuertes, para sostenerte en cada ataque intempestivo de tu carácter imposible. Hundirme en el agua era, al principio de nuestra relación, el compromiso firme de borrar el rastro de cualquier persona que me hubiera tocado antes. Frente a vos tenía que ser la más limpia. Tarea inútil porque vos no hacías más que ensuciarme.

Una tarde, un tiempo antes de conocerte, mi amigo Blas me pregunto para qué iba a nadar. Yo le contesté voy a nadar para pensar. Reímos ante semejante ocurrencia pero es la verdad. En el agua se clarifica la mente y también aparece la verdad. Será por eso que nunca pude verte en la turbulencia del agua y la compañía de los desconocidos que, aunque estén ahí, me dejan más sola que nunca, más sola que antes, nadando sola, intentando tejer con agua pensamientos imposibles de retener entre las manos. El agua es una fuga constante.

No hay nada que me ponga de peor humor que la gente que no sabe nadar y va a nadar. Te juro que soy peor que sojero con 4×4 en el carril. Pero hay gente que va e insiste con que puede nadar y encima en el carril de nado rápido que es el territorio donde todo lo controlo y donde contra todo puedo. Los hombres son los más difíciles, porque son los que más tardan en aceptar que pertenecen al carril de nado lento o, en casos más extremos, al carril de nado recreativo. No aceptan las derrotas ni siquiera en el momento en que se hacen reales, cuando no queda otra cosa que abrirse y pasarlos, dar la media americana y salir disparando mientras -asomando un ojo en el arco que forma la brazada de crawl- los miras con desprecio.

Puesto así, así expresado supongo que siempre te vi  encarnado en otras personas que no saben aceptar que en algunas cosas puedo llegar a ser mejor. No en todas, tengo mis límites. Pero brazada por brazada y palabra por palabra, voy llegando cada vez un poco más lejos y lo que pensé debería acercarnos, no hizo más que sumar litros y litros y litros a este mar enorme que es el espacio entre nosotros. Que no es un espacio vacío, tiene su propia naturaleza, que fue germinando en el fondo.

El canario-timer para escribir, flota entre las piedras que me fuiste atando en los tobillos para que me hunda. Ayer un chico me preguntó ¿cómo haces para nadar sin hundirte? Y yo pensé que, con toda la carga que significaste vos todo este tiempo ya me hundí, sólo que el agua representa un lugar tan natural para mí, que con el llanto hice más cloro para desintoxicar la tristeza y los pulmones cansados de respirar se retiraron de mi naturaleza original y, hoy debo tener otra cosa, debo por fin haber llegado en la soledad del nado a constituirme como una criatura acorde a la soledad, el silencio y la disciplina que se imponen cuando nadar sola es, evidentemente, no llegar a ningún lado.

Este mes cumplí 28 años con el nado y es la edad que voy a empezar a decir que tengo.  A partir de hoy, ya mismo, voy a empezar a decir que tengo 28 años y está bien primero porque puedo sostenerlo y segundo, porque al menos así recupero el año que me robaste, el resto de los años me los regalo porque sí, porque me lo merezco. Las veces que me detuve frente a las casas de deporte señalando los gorros que imitan tiburones y diversos peces decolores, todas ignoradas por vos. Porque si no supiste reconocer los regalos que te trajo la vida ¿cómo vas a ser capaz de regalar algo?

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Helena es argentina, tiene el pelo más bonito que hayamos visto y una banda que se llama Los Galgos. En Twitter @losgalgos