A veces siento que soy un apéndice de la historia. Un apéndice de la ciudad.

Un apéndice es un añadido, un agregado, un complemento de algo. El arroz del plato. Una cosa menor que pertenece a otra cosa más grande. Ser mujer es ser apéndice del mundo. Altiro pienso en el mito cristiano del origen de la humanidad: dios creó al hombre a su imagen y semejanza (ergo, dios es hombre) y como lo vio tan solito (pobre), le arrancó una costilla (dolor) y a partir de ésta construyó otra cosa, construyó a la mujer.

La mujer es un pedazo del hombre, su apéndice.

Eso dice el mito. Yo no lo creo. Digo, creo que el mito existe, está escrito en la biblia, la gente habla de él, pero no adhiero. Aunque el mundo entero lo acata.

Ser mujer es la excepción, lo masculino es lo neutral, lo natural, lo general. Es una excepción que haya una presidenta, que Gabriela Mistral aparezca en el billete de cinco lucas o que dos mujeres sean protagonistas en una película sin que se las caricaturice como idiotas o como maniquíes perfectos. La historia es eminentemente masculina. Los héroes patrios son todos hombres. Los ídolos políticos de cualquier cariz tienen eso en común. Pinochet, el Che Guevara, Hitler o Kennedy. Todos hombres. Bachelet y Cleopatra son curiosas excepciones.

No deja de llamarme la atención que, desde una lectura binaria y tradicional, la mitad de la población nazca con pene y la otra mitad con vagina, y sin embargo estemos gobernados y gobernadas por falos. Eso es asimetría. Y la desigualdad en todas sus formas me enferma, me hace doler como si tuviera el apéndice hinchado. Me revienta, como una apendicitis mal cuidada. Como una apendicitih, mejor dicho, porque en Chile nadie pronuncia la ese al final de lah palabrah. La sumisión femenina y la supremacía masculina es la apendicitih de la humanidad.

Sé que ese orden también les revienta la hiel a ellos, a los hombres que nacen con afinidades de loca, como Lemebel; a los hombres heterosexuales que reniegan del fútbol o que prefieren no irse a los combos para resolver un problema. A los hombres que no sienten vergüenza de que su jefa sea mujer, porque para ellos mujer y hombre, simplemente, son sinónimos de ser persona.

Como todo esto lo vivimos en la ciudad, diría que, más que una apendicitih, es una Apendicity. Padezco la enfermedad de ser una excepción cuando salgo a la calle. Salir con una mini, de noche, es un acto subversivo, castigado desde la tradicionalidad con el abuso sexual o con la condena pública. Me miran el escote, hablan sobre mi trasero. Es mi culpa, me dirán después, por exponerme. La calle es hostil, como si ese espacio violento quisiera recordarme cuál es mi (supuesto) verdadero lugar de pertenencia: escondida en la casa, criando a los hijos e hijas.

Tengo Apendicity, porque en Chile todavía ser mujer es sinónimo de ser madre, porque no tenemos derechos reproductivos ni decisión sobre nuestro propio cuerpo. Para hacerte un aborto tienes que disfrazar el embarazo no deseado como un apéndice podrido y a punto de reventar, escondiendo que la que en realidad se pudre eres tú, por estar obligada a vivir como vaca sagrada, cuya misión es parir personitas para el mundo.

Tenemos Apendicity, estamos cansados y cansadas de ser machos cabríos y hembras sumisas. De que el espacio público no se viva de igual forma para ellos y ellas. De que los cargos de poder estén reservados para ellos. De que si hay un naufragio las salven a ellas y a los niños primero por su condición de “débiles”, discriminando a los varones. De que todas debamos ser flacas y deseables y ellos potros rudos y resueltos.

Porque el trasfondo del feminismo es ser una pelea para que hombres y mujeres gocen del mismo poder, liberados y liberadas de todo yugo y opresión. Este cuento no es un delirio de grandeza de las mujeres, también es un asunto que le concierne a los hombres. Para que las dos partes seamos costillas originales, autónomas, simétricas, y no una un apéndice de la otra.

Esto es Apendicity, un espacio de crónicas feministas desde la ciudad, escritas por miembros y miembras del Observatorio Contra el Acoso Callejero, OCAC Chile, una agrupación de hombres y mujeres que lucha porque el espacio público, la calle, la ciudad, sea un lugar que compartamos sin agarrones, sin punteos y sin “piropos” agresivos. O sea, sin violencia.

Bienvenidas y bienvenidos.

*Por Arelis Uribe

  • jisd

    Muy buen comienzo Arelis. Te felcito por tu estilo de escritura y el contenido de tus palabras.