Les voy a contar un cuento: una mujer denuncia abuso sexual por parte de un artista, creador u hombre con (un poco de) capital cultural o social. Un hombre con (un poco de) poder. Con redes, al menos. Con ello, la discusión pública se traslada a dos ámbitos. Primero, que es un tema que debe resolver la justicia. Y luego, que debemos separar al autor de su obra.
 
¿Cómo se llama el relato?
 
Soy un(a) egoísta de mierda.

Hace algunas semanas publiqué un reportaje sobre casos de acoso y abuso sexual, además de otras malas prácticas -discriminatorias- hacia mujeres que trabajan en escenas musicales. Y la última parte de este trabajo, creo, es la que todos deberíamos tener grabada en la cabeza, al menos, cuando pensamos en dejar todo en manos de la justicia:

Lo que no puede pasar, y en eso quiero ser clara, es que en ese proceso de entender qué pasó con ese cercano acusado de este tipo de agresiones, se decida por el camino de atacar o desacreditar a las víctimas, porque una cosa es que algo no se pueda probar y otra cosa muy distinta es que una víctima haya mentido. Eso no lo sabrá nadie, salvo quien cometió el hecho, en su fuero interno, al que nunca podremos acceder. En mis diez años de Fiscal especializada en Delitos Sexuales no he visto más de cuatro casos en los que los imputados han reconocido los hechos. Así, desde mi experiencia, esperar que un imputado de este tipo de delitos reconozca estos hechos es un porcentaje tan marginal, que casi no existe y así y todo el sistema penal funciona y conoce y condena este tipo de hechos. Por eso en el Foro se habla siempre de la verdad verdadera y la verdad formal o jurídica, el proceso penal apunta a esta última”.

Sobre lo segundo, ¿qué significa separar al autor de su obra en términos prácticos? ¿en lo cotidiano? Significa seguir pagando por su trabajo, significa seguir validándolo en el ámbito de lo público.

Pero estas dos respuestas representan algo mucho peor y vergonzoso, además. Simbolizan que las horas de debate y el gasto de papel impreso para reflexionar sobre este tipo de hechos siguen prestándose para relativizar hechos de pura y dura violencia. Significan también que la discusión se sigue enfocando en subsanar la posición de aquel hombre en la sociedad, cuando en realidad, los focos debieran estar en los testimonios de las víctimas.

El lenguaje no debiera utilizarse para seguir buscando zonas grises. Para validarlas. Zonas en las que el no tal vez no fue un no directo, contextos en los que el consentimiento es relativo. El lenguaje es un arma que nos permite —si queremos— mejorar el mundo, avanzar y evolucionar en aquellas bases en las que nuestra sociedad está construida.

Anoche tuve una pesadilla. Soñé con Roberto Merino. Menos mal que no apareció su banda Ya Se Fueron, o todo podría haber sido mucho peor. Soñé con él y con otros hombres, soñé que se burlaban de las mujeres en el patio de una casa. Declamaban estupideces y las mujeres estábamos en el otro extremo del patio escuchándolos. A veces los sueños son como la realidad.

Sé de dónde vino este sueño. Justo antes de dormir, apareció en mi pantalla un estado del escritor:

Un rasgo difundido entre inquisidores y comisarios amateur es la mediocridad. En esa miasma parecieran bullir sus pensamientos vindicativos. El mundo de sus sueños es más que nada punible. Pequeños sádicos al acecho de un momento en que se pueda castigar ilimitadamente sin ser cuestionados ni juzgados ellos mismos.

Más abajo, una buena cantidad de escritores(as), editores(as) y profesores universitarios le encontraban la razón. La discusión se trazaba sobre la defensa corporativa que durante meses se ha hecho de Francisco Ide, acusado de violación por Manola Pérez (lo digo acá, claro, porque durante meses hemos tenido que leer diferentes formas de defensa tiradas al aire, como si esas personas no tuvieran nombres). ¿Recuerdan cuando la editora de Saposcat Marcela Fuentealba dijo que Ide “no era un abusador a tiempo completo”? Ese sigue siendo el nivel de la discusión.

Llevamos meses leyendo cómo esa defensa de gremio, género y clase hace ver que Ide es una víctima de los tiempos. Tiempos horribles para los pobres hombres, en los que los inquisidores acusan sin pudor, sin asco (de verdad, en esa conversación se podían leer analogías ridículas sobre la Inquisición Española y también sobre los nazis). Y sí, por fin, son horribles tiempos para los acosadores, para los violadores, para todos aquellos que utilizan su poder para ejercer violencia sobre las mujeres.

Durante todo estos meses hay algo que también me ha llamado profundamente la atención. Desde que apareció en Estados Unidos la primera acusación en contra de Harvey Weinstein hasta ahora (son muchas), nadie del gremio ha salido a defenderlo. Después de haber sido protegido durante décadas por un círculo de trabajadores y redes que sabían lo pasaba, nadie públicamente salió a hacerlo ahora.

Cuando en Chile hemos visto este tipo de acusaciones, como por ejemplo la que se hace en contra de Francisco Ide, su gremio le ha dedicado posts en redes sociales y también en la prensa. No olvidemos la publicación de María José Viera-Gallo en revista El Sábado este fin de semana (no lo nombra, pero ha sido una constante entre ese grupo protector), una de sus más férreas defensoras, junto a Marcela Fuentealba, editora del escritor.

No es un tema fácil. Cuando aparecen acusaciones de este tipo, muchos no saben cómo reaccionar. Hay miedo. Pero también hay mucha ignorancia. Frente a ese desconocimiento, el primer impulso es decir y pensar que es mentira, que una persona cercana no puede cometer tal horror. El primer impulso es desacreditar a la víctima por aquella confusión de no saber qué hacer con sus sentimientos. Y la realidad es que sus sentimientos, su forma de pensar, no son responsabilidad de una mujer que está acusando haber sido violada o acusada. Sus sentimientos y reflexiones son suyos y no debieran importarle a nadie más que a ustedes. Háganse cargo y dejen de revictimizar a las mujeres.

Cuando me iba yendo de ese muro, de esa discusión, vi que Merino había posteado un artículo. El titular: ¿Firmar un contrato antes del sexo? La corrección política podría destruir la pasión. 

¿Tienen miedo?

Yo creo que sí.

Qué bueno.

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Discos por sobre ahorros en el banco. En Twitter: @javieratapiaf