Me daba vergüenza salir, me daba vergüenza pedir ayuda. ¿Cómo entrar en una comisaría para registrar la violación? Yo, con un cuerpo de hombre, pero con una vagina. Sólo se iban a reír de mí.

Por Anónimo.
Publicado originalmente en
Revista Azmina.
Traducción por Oriana Miranda.

Nací mujer, pero conseguí hacer mi transformación cuando era muy joven. Poco después de los 20 años de edad, prácticamente ya había concluido mi transición hacia el cuerpo masculino, con el cual realmente me identificaba.

Con mi nombre social y mis documentos, entré en una facultad de derecho en Salvador de Bahía. Todo parecía desenvolverse en la normalidad que siempre soñé. En paz con mi cuerpo, estaba a punto de comenzar una carrera y seguir adelante. Pero en los pasillos de la universidad, mi presencia parecía incomodar.

Percibía las miradas por donde pasaba. Intenté ignorarlas, pero las actitudes pasaron a ser más violentas. Comencé a ser perseguido. Algunos eran más agresivos y lanzaban comentarios ofensivos cuando yo pasaba. Pasé a ser segregado. No me parecía, sin embargo, que la situación pasaría de ese punto, del punto de la ya muy dolorosa humillación cotidiana. Al final, estaba entre personas inteligentes, jóvenes universitarios de una gran ciudad capital.

En febrero de este año, saliendo de una clase en la noche, sentí que algo malo estaba por suceder. Pasé por un bar cercano a la facultad y noté un clima extraño en una mesa con un grupo de hombres jóvenes. Cuando pasé, ellos fueron detrás de mí. Cuando nos alejamos del bar, comenzaron a insultarme a los gritos. Apuré el paso, pero ellos fueron más rápidos.

Me agarraron, me tiraron dentro de un auto, me pegaron, me violaron. Eran cinco hombres. “Voy a mostrarte que eres una mujer”, “te voy a corregir”.

Todo se oscureció. Desperté desnudo al amanecer, en un matorral, todo moreteado. Tal como estaba, caminé hasta mi casa. Solo, me encerré por dos días. Me daba vergüenza salir, me daba vergüenza pedir ayuda. ¿Cómo entrar en una comisaría para registrar la violación? Yo, con un cuerpo de hombre, pero con una vagina. Sólo se iban a reír de mí.

No fui a la policía, no hice el exámen del cuerpo del delito, no fui al médico. Quería olvidar, pero eso no era posible. Sentí mucho dolor. Intenté suicidarme tres veces.

Un mes después, ya sin las heridas, comencé a tener sensaciones extrañas en mi cuerpo. Una luz roja se encendió para mi. Desconfiado, hice un test de farmacia y descubrí que estaba esperando un bebé.

No tenía a quién recurrir, me sentía completamente solo. Necesitaba interrumpir aquel embarazo y no encontraba una salida. Tenía la sensación de que todas las puertas estaban cerradas para mí.

Fui salvado por una red de apoyo a lesbianas y mujeres bisexuales. Conseguí tomar un remedio abortivo y dar fin a ese sufrimiento. Sé que corrí riesgos, hice todo sin orientación médica. Pero tener aquel hijo, para mí, era impensable.

Tuve suerte, todo salió bien. Me recuperé. Me gradué a mitad de año y hoy, con 23 años, soy un abogado de verdad, como siempre soñé. Estoy reconstruyendo mi vida del trauma de la violencia y sé que hacer el aborto era la decisión correcta.

Pienso en quienes no consiguen la ayuda que yo sí. En quienes mueren en clínicas clandestinas, sangrando, en quienes sufren en manos de estafadores que venden remedios falsificados, en quienes no consiguen interrumpir un embarazo no deseado.

Los que vociferan contra la legalización del aborto batallan duro. Pero la suya es una guerra sin vencedores.

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Y lloramos si queremos.