Texto publicado originalmente en Revista Azmina.
Escrito por Rebecca Souza. Traducción por Oriana Miranda.

Muchas gitanas dicen que feminismo es una palabra no-gitana, pero luchan por el fin de los casamientos forzados, el acceso a la educación y el derecho a vivir su sexualidad.

Mi nombre es Rebecca Souza, tengo 31 años y soy una mujer de etnia gitana. Para mí, no hay una “identidad” gitana: gitana es lo que soy, con pantalones o con las ropas tradicionales de mi pueblo. También pertenezco al feminismo descolonial, corriente feminista latinoamericana que intenta romper con el eurocentrismo, diciendo en los debates “¡yo hablo por mí misma!”.

Cuando digo que soy gitana y feminista la primera pregunta que recibo es: ¿existe el feminismo gitano? Sé que en muchos países europeos, donde hay una gran comunidad gitana, existe un tímido ensayo de esta corriente. No obstante, aun siendo un ensayo, está rindiendo frutos, como la elección de una parlamentaria gitana en Suecia, Soraya Post, perteneciente al partido sueco “Iniciativa Feminista”.

No debemos olvidar que el sentimiento anti-gitano es muy fuerte en países europeos. Por lo menos siete de ellos tienen leyes rigurosas contra personas de mi origen étnico. Hay países miembros de la ONU que todavía lloran a sus muertos de la Segunda Guerra Mundial, pero continúan negando el “holocausto gitano”.

En muchos países de América Latina, los gitanos están íntimamente ligados al misticismo. Explicar a las personas que somos un grupo étnico y no una religión es siempre un obstáculo que oscurece la lucha principal: que somos un pueblo perseguido y nuestras mujeres están en riesgo.

En mis palestras, siempre digo que la xenofobia también es violencia de género. Cualquier mujer de una minoría étnica y racial corre el riesgo de ser violentada dos veces: por pertenecer a aquella minoría y por ser mujer.

Nuestra ropa es celebrada como “moda alternativa”. Sin embargo, en nosotras, se convierte en motivo de desconfianza y hace que seamos hostilizadas. Al mismo tiempo que se crean “academias de danzas gitanas”, nuestros campamentos son objeto de vandalismo. Se conmemoran fiestas con temáticas gitanas, mientras casi la mitad de nuestra etnia es semi analfabeta.

Los estereotipos sobre nosotras son fuertes. Analicen en sus recuerdos: naturalmente, gitano es sinónimo de la ópera “Carmen” y la gitana seductora e infiel. Incluso en la cultura popular infantil, la película “El jorobado de Notre Dame”, exhibida por Disney en 1996, es un ejemplo. Mientras las otras princesas tienen una imagen delicada y hasta una virginidad implícita, Esmeralda, la gitana, es presentada como una mujer sensual que seduce y hechiza con su danza, haciendo que los hombres de la iglesia, santos y piadosos, y todos los “hombres buenos” caigan en pecado. Todo eso ligado a la imagen de una niña de 16 años – la edad del personaje en la obra de Víctor Hugo.

Esmeralda es el mayor símbolo del odio contra nosotras, las mujeres gitanas, y por eso un feminismo que hable de nuestras demandas es necesario.

Mientras tanto, y si todavía no existe un feminismo gitano, ¿cómo luchan las mujeres gitanas? Desde hace un tiempo, comenzamos a organizarnos y hablamos cada vez más sobre nuestros derechos individuales.

En muchos lugares existen asociaciones de mujeres gitanas que luchan por su derecho a la dignidad, algunas más tradicionales y otras reconocidamente feministas. Gitanas como la ya mencionada Soraya Post, Rita Iznov (relatora de ONU Derechos Humanos) y otras están ocupando posiciones cada vez más visibles.

Muchas mujeres gitanas dicen que “feminismo es palabra de payo (no-gitanos)”, pero aun así luchan por el fin de los matrimonios forzados para nuestras niñas, por el acceso a la educación y por el derecho de vivir su sexualidad sin “velos de pureza”. Eso es feminismo aunque ellas nunca hayan leído a Simone de Beauvoir, aunque no estén en universidades o lugares académicos, aunque no participen de marchas o colectivos feministas.

Porque, finalmente, ¿qué organizaciones feministas estarán abiertas para mujeres gitanas, musulmanas o indígenas sin lanzar su mirada colonizadora, sin sacudir sus cabezas y proferir “yo soy quien sabe lo que es mejor para ti”?

Podemos y debemos hablar de la legalización del aborto, pero ¿cuándo hablamos de mujeres de minorías étnicas que sufren esterilizaciones forzadas en algunos países, o que no tienen ningún acceso a tratamientos obstétricos de calidad? Muchos dicen que el velo es sumisión, pero se olvidan de que también puede ser un símbolo de resistencia.  

Por otro lado, muchos nos acogen cuando nuestro propio pueblo pierde su antigua identidad matriarcal, en la que había viejas y sabias mujeres que se reunían en tiendas en noches de luna llena, y sustituyen nuestras Diosas Negras por una santa de la iglesia. Vivimos una pérdida de identidad que apoya cada vez más el cristianismo, principalmente en iglesias protestantes que se introducen en nuestras raíces y las demonizan.

Curiosamente, aun siendo usurpados de nuestros derechos identitarios, estamos orgullosos de nuestras raíces y nuestras creencias, porque pertenecemos a un pueblo que se reinventa cada siglo. Decimos que “nuestra patria es donde caminan nuestros pies”. Para muchas mujeres gitanas, nuestra patria, en este momento, son las áreas en las que caminamos por nuestros derechos.

Portada: pintura de Lita Cabellut

Author

Vive en el norte de Brasil, es feminista descolonial y mujer de etnia gitana. Es activista de derechos humanos y fue considerada “joven mujer líder” por las Naciones Unidas.