No puedo hablar de Weiwei sin antes hablar de Elefante. Hace un año di mi primer taller literario, en la librería del GAM, y en ese grupo de gente bebedora y lectora estaba el Jose Rocuant. Siempre digo que cuando doy talleres hago trampa porque siento que aprendo más yo que quienes toman el curso. Una vez el Jose leyó y dijo algo así como quiero leer este cuento porque me gusta, porque cada vez que lo leo trato de que me guste más. Y colapsé porque hasta entonces yo evaluaba mis textos en una escala de bueno o malo, jamás de si me gusta o no. Pensaba que en el arte existían los errores. O no veía que el error, la fisura, es justamente la puerta de entrada al arte. Ese día me cambió el paradigma porque si la literatura es una experiencia estética, entonces el placer que genera es todo lo que debiese importar. Creo que esa sensibilidad, ese amor por la belleza de las palabras cuando expresan un sentir, es lo que origina a esta nueva editorial Elefante.

Como todas las cosas, Elefante nació como una idea, como algo que está en una cabeza o un cuerpo y que tiene que dar pasos para salir de ese interior y encontrarse con el mundo. Y para montar una editorial todo empieza con un libro. Me acuerdo que el Jose hablaba de Weiwei como yo hablaría de un golpe periodístico, con un ímpetu y un deseo de saber que se tiene entre las manos algo que puede dejar una gran zorra y estar desesperada por compartirlo pronto para ver el efecto gigante que una sabe que va a provocar. También decía que quería encontrar una escritora joven que lo presentara, ¿pero quién? Yo lo escuchaba y pensaba, ay, yo podría presentar Weiwei, ¿soy una escritora joven o no? Qué ganas de leer el libro. Decía esas cosas en secreto porque me daba vergüenza autoproclamarme. Luego, pasó lo que se imaginan: recibí un mail con la invitación a presentar Weiwei. Me demoré un minuto en responder que sí. Días después, cuando el Jose me entregó el libro físico, le dije esto, que qué bacán porque siempre había querido presentar Weiwei, pero no lo decía porque qué invansiva. Y él dijo: qué bacán, yo también quería que tú lo presentaras pero me daba cosa invadirte a ti.

Entonces pensé: ¿siempre hay que actuar para avanzar o es que incluso quietas podemos llegar al lugar que queremos? ¿Weiwei llegó a mí o yo llegué a Weiwei? Quizá con los libros es igual que con las personas, es un baile balanceado y sincrónico, en el que nadie da más, en el que en algún momento todas las partes cargan el mismo peso.

La cosa es que nos encontramos Weiwei y yo, y en esa coincidencia, me pasaron cosas debajo del cuerpo, que podrían resumirse en un deseo admirado: ojalá escribir un libro así de lindo alguna vez.

Algo que me llamó la atención antes de leer el libro fue el nombre. Weiwei. ¿Qué cresta será Weiwei? ¿Es alguien? ¿Es un lugar? ¿Es un estado espiritual? Agostina Luz López lo explica al principio, Weiwei aparece en las primeras páginas y confieso que me pasé todo el libro esperando su regreso. En eso también acierta Agostina, en que la estructura está hecha para satisfacer la curiosidad de quien lee, para que no queramos soltar a Weiwei libro y a Weiwei personaje. Lo que hay entre las dos apariciones de Weiwei es el libro, igual que la vida, es eso que pasa entre dos paréntesis, el inicio y el final, como dijo Bolaño citando a Pascal: es el viaje, el vértigo que hay entre antes de empezar a hablar y la paz que hay cuando ya lo hemos dicho todo.

Hay muchos extravíos entre la primera y la última aparición de Weiwei. Hay una chica que se la traga un bosque y hay otra chica —que quizá es la misma, no sé— que sufre reflexiones ensayísticas sobre la escritura. Hay desorientaciones, desórdenes, que me hacen dudar respecto de si los accidentes realmente son evitables o es que las cosas al encajar perfecto generan caos. Ese calzar armonioso es parte de la estética de Agostina, que es impactante, porque escribe como si lo hubiese medido todo, como si supiera la porción exacta de palabras que usar para expresar las emociones, como si al escribir Agostina lograra dar cuenta de qué es el equilibrio, la justicia o la igualdad.

Siempre rayo los libros que leo, destaco con tinta roja las frases que me hablan, que resaltan por sí mismas entre el texto, en las que me reconozco. Subrayé Weiwei desde la primera página, marqué esa parte en que la narradora habla de que ve mal, de que tiene problemas a la vista, y dice cosas como “lo que está lejos no llega a formarse”. Últimamente pienso que toda descripción es una metáfora de la conducta humana, de cómo conectamos con otros, de cómo queremos a otros, entonces pensé, sí, es verdad, no se puede formar nada con alguien que está lejos. Weiwei está lleno de esas verdades sencillas que resumen lo universal en pocas palabras.

En Weiwei ocurre todo. Hay muerte, violación, amistad, amor, desamor, lesbianismo, secretos familiares. Y todo lo que ocurre se cuenta con una voz clara, limpia, poco pretenciosa; cuya belleza radica en nombrar con candidez lo gigante, lo indecible, lo que supera al lenguaje. Y en esas formas también aparece el origen. Amo que este libro esté lleno de conjugaciones verbales argentinas y de pibes, de forras, de bebas y de pochoclos.

Quizá esas son conexiones a las que podría llegar cualquiera, para ser honesta tengo que reconocer en qué lugares aparecí yo en Weiwei o en qué momentos sentí que Weiwei me hablaba solo a mí. Lo que más me persiguió leyendo a Agostina es que muchas de sus frases resumían con ese equilibrio de pequeñez gigante cuestiones que yo recién ahora estoy tratando de poner por escrito. Y lo narraba con sabiduría de vieja, con la confianza de quien ha vivido mucho o sentido mucho, que es lo mismo.

En Goodreads transcribí las frases de Weiwei que más me tocaron y me gustaría leerlas todas, quisiera leerles el libro completo, para que sintieran lo que sentí, pero quizá eso grande que me inundó se resume en una frase que se dice sobre una chica que investiga los secretos de su familia para luego escribir, para entender. Dice: “Lo único que le interesa son los sentimientos”. La literatura es eso y la vida y la política y el humor y el cine y toda la industria creativa e incluso la industria o el mercado en general, porque se trata de conectar con otros, de intercambiarnos algo intangible que luego produce otra sensación intangible que se traduce en un cliente satisfecho, una experiencia de usuario, un clima laboral. Es lo que siente el cuerpo cuando algo le pasa. Y Agostina o su voz o su narradora o su alterego se pregunta si ese sentir está condicionado por el pasado, no sólo el propio, sino el pasado de quienes la tocaron antes, como si la humanidad fuera una gran cadena, una gran autopista, donde traficamos nuestros afectos.

También se pregunta si ese sentir es fuerza o energía y de dónde viene y por qué se expresa de la forma en que se expresa. Escribe Agostina: “La forma también son los sentimientos, cada forma impone una emoción”. Y pienso en esa frase cliché que es decir: no me molesta lo que me dices, sino cómo me lo dices. En el arte y en la realidad como reflejo del arte todo se juega en las formas, que a su vez, dependen de un fondo. Como si los límites de la ética y la estética nunca estuvieran claros, porque se necesitan para expresar, siempre, sin división.

No sé cómo lo hiciste, Agostina, para escribir frases como: “Me conté a mí misma el deseo de usar estos relatos para sanar a mis conocidos”. “Toda mi estadía tratando de no herirme y la herida llega desde afuera”. “Lo que era del lenguaje lo llevábamos a nuestras propias vidas, a nuestras propias relaciones”. “No voy a poder salir a la calle con toda esta mierda que es la calle, y que en definitiva somos nosotros los que la hacemos”. No sé cómo lo hiciste para escribir un libro tan lindo como Weiwei.

*Si quieres una copia de Weiwei, comenta más abajo ¿cuál es tu frase favorita y en qué libro aparece? Recuerda comentar con tu nombre completo y correo electrónico de contacto, para poder contactarnos contigo. 

Author

Periodista y autora de Quiltras