El último domingo de febrero los debates se encendieron en Hollywood, tras la nominación y posterior premio Oscar a mejor actor a Casey Affleck por su papel en Manchester By The Sea. Affleck estuvo involucrado en un proceso judicial en 2010 por dos denuncias de acoso sexual, maltrato laboral, violencia psicológica y vulneración de derechos laborales hacia la directora de fotografía Magdalena Gorka y la productora Amanda White, quienes eran parte del falso documental I’m Still Here, dirigido por Casey, y que fue protagonizado por Joaquin Phoenix, íntimo amigo del actor y su cuñado en ese entonces.

Gorka señaló en el expediente que Affleck se había metido en su cama mientras ella dormía y la había intentado tocar y Amanda White, aseguró que el actor la había agarrado con fuerza después de que ella rechazara sus insinuaciones, todo esto sumado a actos de acoso laboral y psicológico, gritándoles en diversas ocasiones en el set de grabación, hasta hacerlas llorar. Tras las denuncias, Affleck contrató a Brian Procel, abogado experto en acuerdos extraoficiales y encargado de representar a grandes estrellas de Hollywood involucrados en conflictos similares, lo cual también ocurriría en este caso. Tras un acuerdo de carácter secreto, las víctimas retiraron la demanda, sin retractarse por el hecho, causa que pueden observar en el siguiente enlace.

En la gran industria del entretenimiento, los conflictos de género han sido perpetuados durante años. Actrices que reciben hasta un 60% menos que sus partners masculinos, castings que las estereotipan solo en la femme fatale o la madre, en un rango de un par de años, hasta testimonios de agentes que se aprovechan de la inexperiencia y juventud de aspirantes a actrices para cometer abusos de todo tipo, involucrarlas en drogas, violarlas, entre muchas otras situaciones abrumadoras. Actrices bacanes como Julianne Moore, Patricia Arquette, Jennifer Lawrence, Meryl Streep, han denunciado públicamente estas situaciones, instando el debate, que sin embargo, parece ser sólo para la portada. Año a año la academia escoge un marginado para elevar una débil defensa de principios.

Si a mediados de los noventa las voces se alzaban para denunciar la guerra por el petróleo en Irán e Irak (recordados carteles como “Stars no Wars” en la alfombra roja), durante nuestro siglo se han elevado discursos criticando las fronteras (como Drexler interpretando ‘Al Otro Lado Del Río’, cuando originalmente le desplazaron y pidieron a Antonio Banderas que la interpretara en el escenario por temas de “marketing”), la esclavitud, la homosexualidad, y algunas causas más, las cuales pasan al olvido al año siguiente y así. La tele olvida, el cine olvida. El año pasado la ceremonia brindó un homenaje a las víctimas de violación por parte de Lady Gaga, mujer ícono en la denuncia y apoyo en temas relacionados a la violencia, acompañada por Brie Larsson, quien obtuvo el premio Oscar por su papel en “Room”, una película que trata sobre una mujer cautiva desde adolescente por un psicópata. ¿Qué tanto le queda de ese discurso a la Academia? ¿Qué tanto queda en nosotros? La imagen de Gaga, junto a mujeres que lograron salir del círculo de la violencia parecía inspiradora. Pero un año más tarde Larsson debe entregarle sin ánimo y con impotencia el premio a Affleck.

¿Podemos separar obra del artista?, me pregunto nuevamente, con una institución que no solo marca pauta en el cine, si no también en la cotidianeidad de los discursos, y en un momento crucial de la historia, con un presidente estadounidense electo pese a la decena de denuncias en su contra por abuso y acoso sexual. ¿Puede una mujer denunciar en Hollywood? Affleck parece blindado por su hermano, su gran amigo Matt Damon y Joaquin Phoenix, quienes en numerosas ocasiones lo han defendido, hablando de denuncias que buscan perjudicar a Casey. Pero ¿quién resulta perjudicado finalmente en una denuncia de acoso sexual, violación o incluso, de acoso laboral? Ni siquiera hay que estar en Hollywood para reconocer que el ojo siempre se concentra en las víctimas, no tan sólo cuestionadas diariamente, sino siendo criticadas en tanto siguen con una demanda o desestiman de ella. ¿Le habrá costado encontrar a Affleck un puesto de trabajo tras las denuncias de 2010? La respuesta es no.

Ingenuamente, alguien me debatía que si Affleck era culpable estaría en la cárcel. Pero quisiera que me enumeraran cuántos acosadores o violadores que ustedes conozcan por la prensa, etc están realmente cumpliendo su condena? Súmenle el componente de popularidad. Ninguno. Bill Cosby, por ejemplo, quien tiene más de quince denuncias de violación en su contra, pero sigue siendo idolatrado y defendido por los grandes de la industria y por consiguiente, de sus espectadores. Podría haber escrito de él pero daba para otra columna completa, porque también recordé a otro favorito del espectáculo, Woody Allen, quien sigue teniendo fuerzas para negar la violación por la cual su hijastra le denuncia. Allen, quien ha sido homenajeado en distintos festivales en el mundo, ante la atónita mirada de quienes han acompañado a Dylan Farrow, quien en una carta pública comentó:

“Desde que tengo memoria, mi padre siempre me había hecho cosas que no me gustaban. No me gustaba con cuánta frecuencia me apartaba de mi madre, mis hermanos y mis amigos para estar los dos a solas. No me gustaba que me metiera su dedo pulgar en la boca. No me gustaba tener que meterme en la cama con él, bajo las sábanas, cuando él estaba en calzoncillos. No me gustaba cuando colocaba la cabeza en mi regazo desnudo y respiraba hondo. Me escondía bajo las camas o me encerraba en el cuarto de baño para evitar esas situaciones, pero él siempre me encontraba. Ocurría tantas veces, como si tal cosa, ocultándoselo con tanta habilidad a una madre que me habría protegido si se hubiera enterado, que yo creía que era lo normal. Creía que así era como los padres mimaban a sus hijas. Sin embargo, lo que me hizo en el ático me pareció distinto. Ya no pude seguir guardando el secreto”.

Dylan cuenta además cómo fue el asalto sexual que sufrió por parte de su padre adoptivo. Ocurrió cuando ella tenía siete años, y Allen le tomó la mano y la llevó al ático que había en la segunda planta de su casa. “Me dijo que me tumbara boca abajo y jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Y entonces me agredió sexualmente. No dejó de hablar mientras tanto, de susurrar que era una buena niña y que aquello era un secreto entre los dos, de prometer que íbamos a ir a París y yo iba a ser una estrella en sus películas. Recuerdo mirar fijamente el tren, no perderlo de vista mientras daba vueltas por el ático. Todavía hoy, me resulta difícil contemplar trenes de juguete”.

El demoledor testimonio, sin embargo, no fue impedimento para que la Academia homenajeara a Woody Allen en su momento, ni para que cientos de fanáticos de su cine se volcaran a dudar de los testimonios. “Separar la obra del artista” vuelve nuevamente a hacerse escuchar, y se recuerda a otros teóricos, artistas y personajes públicos de hace algunos siglos que estaban involucrados en historias similares.

Pero se nos olvida que las sociedades evolucionan, y así deberían serlo también los parámetros de lo que damos cabida. El cine de Allen, así como probablemente el cine de Affleck pueden ser reconocidos pero en lo personal, para mí también elegir no validarlos es un gesto político. Y me genera incomodidad.

Vanity Fair se lo pregunta en un artículo recordando Clownhouse, la película de terror donde Victor Salva dirige una historia donde un grupo de niños son aterrorizados por un payaso. Poco después, el director fue condenado a prisión por haber abusado sexualmente de uno de los menores protagonistas, que entonces tenía 12 años. Tras pasar tres años en la cárcel, Salva retomó su carrera dirigiendo una película de …¡Disney! llamada Powder y luego otro clásico de terror, Jeepers Creepers. ¿Se puede continuar en la industria del entretenimiento juvenil con esos antecedentes? ¿Incluso si te condenaron por pederastia y posesión de pornografía infantil? Vanity Fair se pregunta si podemos separar tan bien la faceta artística de la personal como para no sentir un estremecimiento al ver actuar al pequeño Nathan Forrest en Clownhouse, sabiendo lo que estaba teniendo lugar tras las cámaras.

La conclusión es clara: el mundo es permisivo con hombres que cometen abusos de cualquier tipo, el cine es solo un reflejo más de lo que ocurre en la sociedad. El sistema sigue montado sobre el privilegio de hombres con poder. Y sino, recordemos el caso del director de El Nacimiento de una Nación, Nate Parker, quien fue acusado de violación en 1999 por una compañera en la Universidad de Penn. Pese a que Parker fue absuelto, la historia presentó dudas sobre su comportamiento. Después de una muy buena crítica previa a la difusión de su caso, sus opciones de postular a los Oscar fueron nulas. Ni siquiera recibió una nominación. Como era un director joven no habían celebridades que apelasen por él, a diferencia de Affleck. ¿Deberían haber sido ambos medidos con la misma vara? Al menos para mí, sí. No esperaba a Parker en la ceremonia, tampoco a Affleck.

Pero cómo podríamos tomar como ejemplo al país que escogió un presidente que habla que la única gracia de su mujer son sus senos, o que para “mandar en la casa” hay que “agarrar a las mujeres por la vagina”. Esperaba mayor participación de la Academia al menos en esta ocasión, un discurso incendiario, un faro en el cual reflejar algo del brillo que muchos creen que tiene la industria. Lo único destacable quizás fue la parte donde los mismos actores y actrices hablaban de los tuiteos ofensivos que habían recibido. ¿Se dieron cuenta que hacia las mujeres fue siempre el mismo epíteto? O fea, o mandona. Perra, si es que en algún papel tuvo que romperle el corazón al actor principal.

Hace algunos días la Municipalidad de Providencia anunciaba que el concierto en la conmemoración del Día Internacional de la Mujer en la comuna estaría acompañado por el tenor Tito Beltrán, quien fue condenado en 2009 por la justicia sueca por violación contra una joven de 18 años, proceso que lo llevó a la cárcel. Dos años antes, además había sido acusado de abusar sexualmente de una menor de siete años, y de utilizar su popularidad en ese entonces para manipular el caso. Si bien, tras conocerse el tema en medios, el cantante fue bajado del show (porque eso es, un show, no una conmemoración). Al respecto señaló que “lamenta que se reviva este tema de hace diez años luego que él rehiciera su vida con una nueva familia”. Así, tal cual, porque siempre puedes rehacer tu vida y cantar en eventos que conmemoran la lucha histórica de miles de mujeres en el mundo. Las patitas.

¿Ustedes pueden separar la obra del artista? Las leo atenta.

PD: Les recomiendo ver “Hank after dark”, capítulo de la serie animada Bojack Horseman (está en Netflix), donde muestran perfecto cómo es que operan los privilegios en la industria del entretenimiento norteamericano. Hay unos guiños a Bill Cosby y David Letterman realmente fascinantes y a la vez demoledores.

Author

Periodista, Mg en Estudios de Género (c). Investigadora en violencia, medios de comunicación y cuerpos marginados.

  • hps18

    Esto mismo me lo preguntaba muchas veces despues de saber lo de woody allen y últimamente lo de affleck. Y ahora,despues de leer este artículo, no puedo separar la persona del artista, al leer lo de woody me dieron ganas de llorar por q realmente fue una pieza clave a q me gustara el cine y actualmente me da vergüenza decirlo, me da impotencia y faltan pocos años para q entre en a la industria,me gustaría obtener algun reconocimiento pero el rumbo q quiero tomar, tengo miedo hacer callado o vetado, mi intención en el cine sera hablar de estas problematicas y sacar el cliche del genero.suena fastante optimista pero lo peor seria no intentar