“Me gusta tu letra, la mano, es increíble. Es muy linda”, dice la autora Romina Paula mientras mira mi libreta, con las preguntas que preparé para ella. Estamos en el centro, en medio del parque y las micros, sentadas para conversar sobre Agosto, su segunda novela publicada originalmente en el 2009, pero que editorial Elefante reeditó ahora para Chile y que se presenta esta semana.

—¡Es apurada!— le digo. 

—No, no, es muy prolija— responde.

—Qué bueno que hablamos de escribir a mano. Llegué a una sección el otro día, en un diario, en la que te preguntaban qué salvarías de un incendio. Y lo primero era una lapicera, y explicabas la importancia de escribir a mano, sobre todo cuando estabas haciendo narrativa.

¡Ah ja, ja, ja! Todo lo escribía a mano porque soy de la época pre computadora. Ya habiéndola adoptado, descubrí un poco esa cosa media fetichista del papel, a veces el lápiz, a veces la lapicera, esa cosa del objeto y del tiempo que te impone eso. Algunas obras de teatro también las escribí en papel, pero no sé por qué asocio la fluidez del diálogo con el tipeo y el tiempo de la narrativa con el silencio… también me pasa algo con las computadoras. Aunque una no entre a internet, hace ruido la computadora, emite un sonido.

—¡Es como que no estás sola!

¡Sí! ¡No estás sola! Hay una dimensión abierta, hay luz, hay sonido. Algo que ya propone el objeto ese… hay una fuente de energía, en cambio, el papel te ofrece un silencio que bueno, la ciudad, ja, ja, ja … (apunta a las micros que pasan cerca de nosotras), ya es una utopía. Dentro de eso, el papel ofrece un silencio que lo asocio a la narrativa. Quizás también algo del teatro… creo que tengo un vínculo más pragmático con la escritura teatral, entonces, si escribo es porque la voy a hacer. Entonces, voy de inmediato a la etapa dos que es la computadora. La narrativa también pasa por esa etapa pero es como una segunda etapa.

Quizás suena más ideal ¿no? pero llega un momento en que tengo un caudal, así que lo paso a la computadora y una vez que está allí, sigo ahí. Pero si estoy fuera, sigo en el cuaderno, luego lo paso y van dialogando las dos cosas. Pero sí. Tengo una lapicera hace diez años y uso esa, la cuido mucho. De hecho, hoy se la tuve que prestar a un compañero en el avión y era raro decirle ‘no te la presto porque estas no se prestan’. Así que se la presté para rellenar la cosa de migración y yo como ‘eeeeeeeh’, él no sabía la carga que tiene para mí, ja, ja, ja, ja. No podía decirle ‘no, no te la presto’.

—No he tenido la oportunidad de leer tus otras novelas, pero en Agosto, hay una gran carta escrita para una amiga muerta. Igual me hace sentido comenzar a escribir algo como eso a mano, porque es un pulso diferente.

Sí, es un pulso diferente, tú que escribes a mano también lo sabés. Hay un vínculo entre la velocidad de pensamiento y la velocidad de ejecución de la mano. Por supuesto, la computadora también tiene una velocidad, pero hay algo de ese vínculo que es muy…bueno, eso, ja, ja, ja.

—Eres dramaturga, actriz y también has escrito novelas, una serie para tele. No eres solo escritora o dramaturga. Se puede definir mejor todo como creadora o autora.

Sí, ¿acá no hacen eso de que una persona haga muchas cosas?

—Es más raro. Puede pasar, pero en general, la gente se centra en una cosa.

El que escribe teatro, escribe teatro, quizás escribe una novela, pero no es tan común. ¿Y la gente de narrativa no está necesariamente en el teatro?

—No, no es lo común, la verdad. Quizás alguien que escribió poesía pueda pasar a la narrativa y viceversa, pero que alguien actúe y pase a la narrativa, no es algo que pasa todos los días. ¿Allá sí?

Sí es común que en el teatro la gente escriba y dirija, eso es bastante común.

—Sí, eso acá también pasa.

Sí es cierto que allá la narrativa y el teatro no están tan ligados. De hecho, mucha gente del mundo literario que no va al teatro. Quizás algunos sí, pero todavía el género teatral está como exiliado de la literatura. Ni siquiera es un género siento, es otro lenguaje.

—¿Es otra escena, otras referencias?

Claro. Creo que hace muchos años que trabajo, haciendo cosas, ja, ja, ja, tampoco soy muy prolífica. Y siempre estoy haciendo lo que estoy haciendo. De la actuación en realidad, son unas clases con unos profesores que incitan mucho la dramaturgia de actor, o sea que forman actores que piensan en la escena, piensan en el lenguaje de alguna manera también, entonces, de ahí que mucha gente se pasa para el otro lado. Ahora hay carreras universitarias y del Estado en las que puedes estudiar Dirección de Teatro o Dramaturgia. Pero antes, cuando yo empecé a formarme no, los conservatorios no estaban en un muy buen momento y yo no conocía a nadie que haya estudiado dirección, era como un oficio, algo que se hacía. De las escuelas de actuación salía más esa idea de escribir y dirigir. Y a mí me gustaba escribir, en paralelo empecé a dirigir y escribir teatro, continué con narrativa. No sé, fui haciendo las cosas una tras de otra.

—¿Pero sentiste alguna vez que existía ese límite entre ambas cosas?

Sí, claro, siento que no son las mismas personas las que escribe y dirige teatro a la que escribe narrativa. Es cierto que son unas partes de mí levemente distintas.

—¿En qué se diferencian?

Siento por ejemplo… ¡parece una sesión de terapia lo que estás haciendo Javiera! ¡Ja, ja, ja, ja!

—Bueno, cuéntame, cómo te hace sentir eso, ja, ja, ja ja.

Ja, ja, ja ¡llorando! Te diría que siempre en la zona de la literatura… o sea, siempre leí narrativa, veía que existía el teatro, pero no lo leía, digamos, no sabía de su proceso de escritura. Creo que tengo una percepción más melancólica de la escritura… creo que tiene que ver con la soledad. Una escribe sola y lee sola, excepto en ciertas ocasiones de lecturas que se hace más ahora, pero si no, es en solitario. En cambio en el teatro, sí, escribís pensando en que lo vas a montar y luego confrontás ese texto con seres humanos y seguís trabajándolo con seres humanos, eso se vuelve algo más comunitario y menos solitario. Y también está lo de la acción, llevar la palabra a la acción, y todo lo que significa llevar un montaje de obra de teatro, que es de mucha acción y presencia de otros y de uno, que para mí lo hace menos melancólico.

—También deja de ser tuyo. Los libros también una vez que se publican, pero en la dramaturgia deja de ser tuyo en el proceso, o sea, los actores lo hacen cambiar.

Sí, lo cambian completamente. Es por eso que me gusta trabajar con actores con los que establezco un vínculo profundo. A veces se convierten en amigos y a veces no, pero durante el proceso, estás compartiendo un material muy íntimo para todos. No íntimo porque sea biográfico, sino íntimo porque uno está trabajando con un material con el que está en contacto mucho tiempo. Y sí, es eso, de alguna manera deja de ser tuyo, es de ellos también pero no del todo, después es de la gente, es lindo como circula.

—Cuando leía Agosto me llamaba mucho la atención la descripción de los lugares, habían muchos detalles, pero también, la descripción del movimiento, de las acciones. Eso también es muy teatral, como si fueran acotaciones de un guión, pero incorporadas a la narrativa.

Mira, me gusta eso, porque en las obras de teatro que escribo casi no hago anotaciones, ja, ja, ja. Las dejo para la narrativa, ja, ja. Solo en la primera obra que escribí tengo bastantes acotaciones y luego fui depurando la acotación, en las dos últimas, directamente casi no hay o son medias elípticas, casi que no te ayudan a pensar la escena, para nada. Sí, es verdad, me gusta esa observación, porque no la había pensado, pero sí, hay mucha descripción de cómo hace cada cosa, de lugares, sensaciones.

—Creo que si alguien no conoce la Patagonia, puede llegar a imaginar algo, leyendo Agosto.

Ahora que lo pienso, quizás es por eso que quizás es la única que tradujeron. Quizás sí hay algo de esto que decís, de la descripción de los lugares, que uno puede imaginárselos aunque no seas de ahí. Igual ustedes tienen mucha Patagonia también, aunque distinta.

—Sí, es muy diferente. O sea acá todo está lleno de hojas gigantes, todo frondoso y allá un descampado sin fin.

Sí, ese verde bonito de ustedes no hay, es la estepa total.

—La primera vez que crucé a Argentina…

¡Te preguntaste dónde están los árboles! ¡Ja, ja ja!

—Ja, ja, ja sí. Crucé y vi eso, ja, ja, caminos interminables. Esa imagen en esta historia igual es poderosa. Es una mujer que va por ese camino sin fin, a pesar de ser un espacio totalmente abierto, igual me producía claustrofobia cuando iba leyendo. Y bueno, en lo práctico es un viaje para ver los preparativos de una ceremonia fúnebre de una amiga muerta, pero también hay otro nivel, que es un viaje al pasado personal. Y es interesante lo que surge, porque cuando una crece, esas sensaciones o cosas que vivió comienzan a tener otro nombre, cambian de sentido, una encuentra explicaciones…

Sí, en su momento, ya lo he pensado un poco, pero tengo esa sensación de que cuando uno vuelve a un lugar que percibía de una manera y que ya no es así… siento que el libro es un duelo, pero no solo de la muerte de la amiga, sino de esa ella que ya no existe más. Es ese duelo de cuando una comienza la vida adulta. Que quizás, siento que precipitado por cómo está armado el sistema de educación uno a los 17 debería saber quién quiere ser o quién es y eso es muy absurdo… hay gente que lo sabe a los 45, hay gente que no lo sabe nunca. Hay gente que lo sabe a los ocho años. Es un momento en el que si tuviste contención social o padres o alguien que te cuidó, y tuviste la suerte de llegar a la secundaria, ahí existe ese duelo en el que dejan de cuidarte, en el que tienes que comenzar a ser vos mismo, que creo que está un poco subestimado ese duelo. Pasa eso de “ah, es que ahora empiezas la universidad”, o comienzas a trabajar o te vas a vivir a otro lado, lo que sea…

—Ese paso del “bueno, ahora subsiste por ti mismo”.

Sí, eso mismo. Que en los animales lleva menos tiempo, ja, ja, ja. A la semanita ya está.

—Ja, ja, ja sí. Es como, ok, ¿puedes caminar? Mi trabajo está hecho.

Ja, ja sí, somos lentos los seres humanos para muchas cosas. En ese sentido, sí, el duelo está puesto en eso de que le habla a la amiga, y se puede leer de manera más sencilla, pero también siento que es ella dándose cuenta sobre la marcha que esa ella ya no existe tampoco. La que amaba a ese chico, la que podría haber sido la madre de esos hijos, la que podría haberse quedado a vivir ahí, la que podría no haberse ido a Buenos Aires. Eso de hacerse cargo. Siento que ella se encuentra con ese mundo cambiado, como si fuera medio como Volver Al Futuro, volver a un lugar que ya no es el mismo y la gente ya no es la misma.

—Igual se detecta un poco eso, porque está este viaje en el que va a otro lugar y se encuentra con ciertas personas, pero también está esta voz interior, la que habla para sí misma todo el rato, explica eso que dices, la percepción. Hay como dos niveles en el relato que se ven de forma clara en la escritura.

Sí y es lindo si lo pienso ahora igual. En estas historias de vuelvo al pueblo, siempre se cuenta que allá todo sigue igual, y es lindo pensar que allá nada sigue igual, en realidad. Es ella la que no está pudiendo soltarse a sí misma en esa que fue.

—Eso es muy humano, de todas formas. Acá hay una mujer también que está profundamente insatisfecha con su vida, dentro de lo “bien” que está. De alguna forma, el viaje también abre esa puerta para probar si esa idea “estabilidad” o “bienestar” es realmente como tiene que ser la vida, si eso debe ser la felicidad o no.

Sí, se podría decir que va por la excusa de las cenizas, pero en realidad, lo que va a ver es si ese ex novio podría haber sido, o si todavía lo es, pero también siento que de alguna manera usa la trama del ex novio para no conectarse del todo con el duelo de la amiga, porque es terrible lo que va a hacer allá, también. Creo que la pequeña intriga romántica también le permite eso. Hoy Jose (Rocuant, de Editorial Elefante) me preguntaba por los capítulos de los asesinatos y como ella nunca habla sobre la muerte de la amiga, nunca dice lo que sucedió, se da por sentado, nunca entra en eso, yo quería desplazarlo y quería que todo lo truculento estuviera en esos capítulos paralelos. Pero sí, pienso que cada una de las cosas a ella le sirve para quitarle peso a la otra. También me lo imaginaba para ver si había una última oportunidad, iba con el ánimo.

—También me daba esa sensación de que la protagonista pensaba “desde la insatisfacción que siento, quiero ver si quizás eso no es insatisfacción y en realidad la vida buena es así”.

Claro, como si “era esto”. Totalmente. Creo que ya no escribiría esto así, creo que es una situación de la vida.

—Te quería preguntar algo relacionado con lo que acabas de decir. ¿Qué tanto de ti tiene la escritura de Agosto? Que no es lo mismo que preguntar sobre si es o no autobiográfico. Qué se llevó de ti este libro.

Creo que la cadencia, de cómo va el texto y la gramática, es muy mío. No escribí un personaje desde mis antípodas. En algún lugar me siento muy afín a ella, sobre todo como a esa velocidad de pensamiento y de la asociación de las cosas. En la novela posterior, Acá Todavía es bastante similar, en la primera menos, porque son sólo monólogos y diálogos y hay algo de la oralidad, bueno, pero acá todavía se puede leer una voz parecida o igual diez años después, con eso de la primera persona que va avanzando. En ese sentido es parecido, lo más yo creo que es eso, ese modo de contar. Y que siempre, cuando salen las novelas, son mujeres un par de años más jóvenes que yo. Como que me van acompañando en la escritura, en momentos de mi vida. Mis tres novelas han sido de esos momentos de mi vida, en edades, solo que salen mucho después, entonces siempre soy un poquito más vieja que las chicas de las novelas. Ahora, por ejemplo, estoy escribiendo algo que también tiene esa velocidad, pero es sobre una niña. Aún no defino si tiene doce o quince. Sería la primera vez que rompo con eso. Soy más vieja y voy bien atrás.

En realidad, es algo que empecé a escribir y no sé dónde va aún, pero mi fantasía es poder escribirlo ja, ja, ja. La primera persona es una chica que vive con su madre adoptiva y quiero que cuente cosas de sí misma y que vaya contando todas las cosas que le contó su mamá. Entonces ahí la vieja sería yo, de alguna manera. En algún lado igual estoy…

—¡Proyectando!

Ja, ja, ja sí. Y quiero que, de alguna manera, cuando vos estés leyendo algo te preguntes, “pero quién está hablando”. Consturir una especie de discurso indirecto de lo que la madre le dijo a ella. Entonces, es medio enloquecedor, porque habla de ella, de sus cosas, pero hay muchas páginas en las que está citando a la madre.

—Igual Agosto tiene algo bien interesante, que si bien hay mucha descripción, hay una historia clara, siempre faltan piezas del rompecabezas. Si una es ansiosa, quiere saber y le grita al libro ¡qué pasó!

Ja, ja, ja. Sí, nunca está completo.

—¿Crees que las técnicas de la dramaturgia se metieron en Agosto en este sentido?

Sí, totalmente, eso te iba a decir. Mis obras están menos completas todavía. O sea, hay una, que es a la que mejor le fue, es la que está más completa ¡ja, ja, ja, ja! Para que te des una idea ja, ja, ja. Pero las otras no. Y viste que es muy personal ese termómetro, de “no, esto es demasiado obvio, tengo que quitar, tengo que quitar”. Para mí, aún sigo siendo muy obvia. Hay gente que te dice “es que es muy hermético”, mientras que para ti es muy obvio. Es muy personal eso. Pero sí, prefiero mucho limar, ir sacando.

A CONTINUACIÓN, PUEDES LEER UN ADELANTO DE AGOSTO

Desde que llegué acá no paro de dormir. No puedo, no puedo parar de dormir. Me da un poco de vergüenza, por tus viejos, no sé qué van a pensar, que estoy deprimida, en el mejor de los casos, no sé. Tal vez no, Úrsula me deja el plato de desayuno en la mesa, con una notita, cuando se va a trabajar. Es increíble tu vieja. Y sueño unas cosas rarísimas, porque me paso de rosca, venzo la barrera del sueño y llego más allá, voy más allá y entro en un estado extrañísimo. Y es tu cama, es tu casa, tu habitación, es muy raro todo esto, muy raro. Aunque no se parezca mucho a antes. Digamos que está como neutralizado. Creo que entre medio vivió tu hermana acá un tiempo y ahora pareciera ser de huéspedes, se volvió itinerante. Siempre me pareció bien que tus viejos habilitaran tu cuarto, que lo habitaran, porque de esta manera ni es tuyo ni deja de serlo, no sé cómo explicarlo, es tuyo, pero neutralizado, aplacado. Y sin embargo vos estás, en algunas cosas. Algunos cuadritos quedaron, los de recortes de revistas, el Berni de revista, ¿o era un Petorutti? No me acuerdo, no dice, el que recortaste de la revista, sigue ahí, prendido a la biblioteca por una chinche. La foto de Bulgo también sigue ahí, debajo del plastificado del escritorio y al lado quedó un pedazo de cara de Johnny Depp que, se ve, intentaron arrancar, pero Johnny se aferró al plástico con todo y ahí está, ahí sigue, joven y bonito.

Hay un par de cosas más. Sobre todo en los cajones. Pero eso ya te lo dije. No regalaron todas tus cosas. Tu vieja se quedó con bastante ropa, algunas cosas las usa, alguna que otra me había llevado yo también, en su momento, el pulóver azul de bolitas, dormí con él hasta hace muy poco, ya está medio asqueroso pero todavía no pude tirarlo, aunque ya no signifique, el pulóver quiero decir. Es raro ver prendas tuyas, muy tuyas, reencontrarlas acá, prácticamente intactas, y que sigan siendo.

Hablé con Ramiro y parece que el ratón todavía no se fue pero él ya tomó un par de medidas. Compró una trampa para ratones (iács, inquisición) y le puso un pedazo de queso; que el ratón todavía no picó pero que ahora toda la cocina huele a queso. Por otro lado puso veneno para que coma y lo mezcló con no sé qué semillas de qué para que pique pero que le dijeron que igual el envenenamiento lleva días, porque va comiendo de a bocaditos tan chicos que tarda en morir. Un espanto. Mi humilde hogar devino de pronto en una especie de lugar del horror con muerte institucionalizada y todo, no sé, me da asco de solo pensarlo. A Rama, por el contrario, se lo escucha bastante entusiasmado. Estimo que se reencontró con su antigua vocación de atrapa-cucarachas, esa cosa tan masculina/viril de la sed de sangre.

Hoy voy a ir a dar una vuelta por ahí, a ver si me topo con alguien, de casualidad digo, igual espero que no me reconozcan, no tengo muchas ganas de ir a tocar timbres, hay muy poca gente que me dé ganas de ver. Después me encuentro con tus viejos para cenar. Julián por ejemplo, Juli es alguien, uno de los que (el que más) quiero y no quiero ver. Desde que llegué acá, desde que empecé a acercarme al valle, en el bondi ya, a la mañana, ni bien me desperté y empezó a haber montañas me vino una sensación tan potente de Julián, como si simplemente hubiera estado anestesiada, como puesta en hielo, o en sal, la sensación, todo este tiempo; desperté y mi nariz dormida había empañado el vidrio, helado, mi cara estaba fría y aplastada, esparcí el vapor en el vidrio con la manga de mi campera, vi el primer sol de mañana sobre los picos, todavía no daba sobre la ruta, y sentí, qué horror, la memoria en el cuerpo, en la vista, todo, una memoria sensitiva, de sentidos, alojada ahí, la memoria se ríe de planes, de decisiones.

Y ahora que me acuerdo, en esos sueños extraños de anoche también apareció Julián. No sé muy bien qué era, pero me quedó la sensación de él. Ahora no entiendo muy bien si eso significa que tengo ganas de encontrármelo o todo lo contrario. Me doy cuenta de que saber, como saber, quiero saber de él, pero cualquier cosa que haga, cualquier movimiento, podría ser malinterpretado. Tengo miedo de llamarlo y que me atienda la mujer, no sé si tiene, ni siquiera sé si todavía está en España o si volvió y si volvió no sé si se vino para acá o se quedó en Buenos Aires, no creo, eso lo dudo mucho, no sé, no tengo idea. A tu vieja no le quiero preguntar, no sé muy bien por qué, creo que me da un poco de vergüenza que piense que todavía estoy enganchada o algo, no sé. Tal vez ni siquiera sea eso, tal vez simplemente haya ciertas respuestas que no tengo ganas de escuchar, qué sé yo. Odio que estas cosas sean así, tan escabrosas, los ex novios. Lo raro es, de un día para el otro, ya no saber nada de una persona con la que compartías todo y a la que conocías íntimamente, compartir todo, de cada día, lo que le pasaba cada día y después, de repente, de un momento a otro, ya nunca más nada y ni siquiera tener derecho a llamarlo o sí, o llamarlo igual, pero todo se vuelve incómodo, hasta lo más básico se vuelve incómodo. Dejar de tener derecho al otro, perderlo por completo, tan así, como si tal cosa. Odio eso, esa muerte artificial, ese ensayo de una muerte: hacerte a la idea de que esa persona desaparece, desapareció, se fue de tu vida y ya no tenés derecho a saber más nada de él. De ella. De la persona. Es absurdo, violento. Si sigue viviendo y anda cerca, o no, querés saber cómo está, en qué anda, no sé, algo. ¿O no? ¿No sería eso lo lógico? Voy a ver, a lo mejor paso por su casa hoy a la tarde, por la casa de los viejos, a ver qué onda, a ver si toco el timbre, a ver si me entero de algo.

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Discos por sobre ahorros en el banco. En Twitter: @javieratapiaf