En la literatura argentina leer con placer a veces parece ser un pecado. De divertirse, mejor ni hablar. Hoy justamente vi un video en donde Sarlo afirma que los mejores libros son los que no entendés, que esos son los que te llevan a la mejor literatura. Me quedé pensando alrededor de esa idea, y la verdad que, para mí, no es así. Los mejores libros son los que entendés o en todo caso, son esos libros que te entienden. Los abrís y sentís que te entienden, aunque vengan de una persona que nunca viste en tu vida, no sabes quién es y escribió este libro hace 20 años. Algo en el libro te comprende y te hace sentir menos sola. En esos momentos de la literatura que se transitan en la adolescencia, siempre hay una parte frágil que quiere volver ahí. Pensar, tal vez soñar, que un libro fue escrito para uno. Para mí. Esas cosas a medida que uno crece se van perdiendo en la tragedia de ser adulto. Pero, a veces la vida se pone un poco amable y te devuelve parte de lo que eras. Para que no te olvides que lo seguís siendo, que todavía no te perdiste en otros. Que todavía sos vos.

Las cosas que decide contar Paula Pérez Alonso en No se si casarme o comprarme un perro son todas importantes. La liviandad con la que comienza el libro es parte del encantamiento -que nace en el título y con el adorable perrito de tapa-, que te miente estar ante una lectura liviana pero de calidad. Lo más trágico (y genial) es que eso no dura más que unas líneas. Al mejor estilo C.E. Feiling, lo que empieza como una comedia no tarda más que minutos en tornarse en una tragedia y también -separándose de Feiling y prescindiendo de los elementos fantásticos-, en una novela de terror.

La historia se centra en la vuelta de Juana al país luego de una relación con un militante político que es detenido y luego desaparecido, para ser posteriormente encontrado en la vuelta de la democracia. Embarazo perdido mediante, y años de exilio que son un estar sin pertenecerle a otro país nunca, Juana regresa y la vida es un poco luminosa pero no tarda en apagarse.

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Da miedo la vida. Da miedo no tener herramientas para enfrentarla. Da miedo dejar de ser joven,  no por las pérdida de elasticidad y belleza, que también da miedo, da miedo porque se vuelve cruel ¿La vida es así de salvaje? ¿Se puede tornar tan jodida? Si, Perez Alonso se anticipaba en 1995 al cachetazo que Bolaño le propinó a toda una generación de lectores con Los Detectives Salvajes (1998) con menos páginas, menos personajes y más economía de lenguaje. Te pone frente a frente con los príncipes reventados de los setenta. Los dueños del mundo, los que iban por otra vida, la última generación dorada nivel worldwide. La generación que nos ponen a todos adelante para dejarnos bien en claro que no valemos nada, la generación a la que tenemos que rendirle tributo a tal punto que una porción de la mía se inventó ser una banda ridícula de covers. Y como si todo esto fuera poco la que le sigue también. Creen que saben y no saben nada. Por ejemplo no saben que nos vamos a morir.
La muerte es el personaje silencioso que domina todo en No se si casarme… Es el personaje a evadir por el resto de los vivos que gravitan alrededor de Juana (Cris, Max, Horacio, Oria) y por la misma Juana. De alguna o de otra manera, todos acoplan a su vida mientras ella busca un señor que compita con las características de un perrito labrador (inteligente, sensible, independiente, apuesto, leal) y se gane al fin su corazón. La trama avanza y se abren subtramas -con mucha naturalidad y al mismo tiempo una brusquedad típica de alguien determinado a que leas y entiendas algo- que van cambiando el tono de la novela de melancólico a terrorífico. El amor es también un elemento central y se expresa de muchas maneras. La más cándida y sentida es el amor que tiene Juana por su hermano Cris, que es también su mejor amigo y un todo. Las parejas se sostienen como pueden y se encuentran, se separan, se miran de lejos. Sufren los hombres en este libro y sufren mucho. No la tienen fácil. Viven a su manera atormentados, son cancheros, pero están un poco rotos y se piensan solos pero se viven dependientes de los otros. Esa desesperación que toda la crítica le marcó de manera elogioso a Bolaño está presente también en este libro. La deseperación no como un estado, directamente como una manera de vivir.

De todo esto se trata la novela y de más cosas también. De no aguantar, de no soportar, de decidir irse o tomarse el palo. Y también se trata de otras cosas, se trata de una manera de hablar en donde uno se encuentra. Decir todas estas cosas es difícil pero ponerlas por escrito es aún más difícil.  En ese sentido es mejor hacerla fácil y prescindir de la obsesión local por trabajar el lenguaje. Esa manera de alejar al lector, al otro, de pedirle credenciales para encarar un libro, para meterse en una novela. Esa cosa enajenada del escritor local de pedir visado de culto para esconder que se carece de agilidad y soltura para llamar a las cosas por su nombre.No va, no va por ahí. La mejor manera de escribir es exponerse, que es la manera secreta que tiene la gente sensible de brindarse.

En ese sentido es justo y es necesario que este libro repita su historia y vuelva a ser hoy, tantos años después, un best seller.

<3

No se si casarme o comprar un perro de Paula Perez Alonso

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Author

Helena es argentina, tiene el pelo más bonito que hayamos visto y una banda que se llama Los Galgos. En Twitter @losgalgos