Por Isidora Páez 

Santiago de Chile, Mayo, 2018. Las universidades están en paro, desde la Chile tan amiga de ellos hasta la Andrés Bello, privada, apolítica y reacia a lo que incluya marchas y lienzos. Todos los días salen a la luz casos de abuso, acoso y violencias, es el momento de hablar, de gritar, de denunciar al viejo verde que te hace clases.

Estoy en primer año de Diseño Teatral en la Escuela de Teatro de la Chile, la escuelita que, en efecto, es como un colegio: compartimos espacios con los de actuación y en total sumamos como 140 alumnos, hay solo un curso por año, incluso tenemos un refri en donde dejar los potes con el almuerzo. En nuestro caso todo partió con una denuncia. Una compañera acusó a uno de sus compañeros por abuso sexual.

La primera denuncia formal en la historia de la Escuela. Directivos que no sabían cómo actuar porque, por ejemplo, no se habían leído el protocolo tan precario. Una alumna con crisis de pánico por tener que seguir en clases con su abusador, “el supuesto abusador”, como le escuché decir a varios profesores. Alumnos que encubrían y otros que, frente a las respuestas de los directivos, rallaban los baños con nombre del tipo. Todo esto detonó la bomba que inició con todo.

Primer acto: Asamblea de mujeres

La cita fue un lunes a las 9 am pero yo llegué a las 10. Entré a la Noisvander con una mezcla de emoción y nervios, me senté en una esquina e intenté encontrar a alguna compañera. Era la primera asamblea de mujeres en la historia de la escuela. Era la primera asamblea de mujeres de mi vida. Habían galletas y tecito y las chiquillas hablaban de un profesor conocido por mansplainear (¿es un verbo?) y no pescar a las mujeres en clases. Con el rato comenzaron a repetirse los mismos nombres, a los mismos viejos del teatro, los intelectuales que al discutir te ignoran o desechan tus posturas porque tienen cinco títulos y hablan más bonito que tú, una niñita.

Ese mismo día, luego de hablar largo, de llorar, de enojarnos harto y darnos cuenta de que “oye, ese loco también me acosó a mí”, decidimos votar paro por toda la semana. Nos dimos cuenta que faltaba tanto por conversar y que necesitábamos tiempo. Una compañera decía, “yo al principio no estaba muy convencida de una asamblea separatista pero ahora sí, y creo que tenemos que seguir así o más radicales”. Cosas preciosas que pasan cuando nos sentamos a hablar entre nosotras.

Segundo acto: La Escuela (otra historia de hombres)

La escuela de Teatro de la Chile fue fundada el año 1949, así me dijeron el primer día de clases y así lo han repetido varias veces profesores viejos y orgullosos de su alma máter. Escribo esto porque creo que en estos casos la territorialidad y las particularidades de donde ocurren estas violencias son importantísimas. En el caso de la gente de actuación, hay una relación particular con el cuerpo y los espacios. Se cambian de ropa en el patio y no hay problema, a menos que tu acosador ande por ahí, mirándote.

En mi escuela hay una larga historia de tradiciones que hasta ahora pesan, personajes que salieron de ahí como Victor Jara, Pedro de La Barra o Agustín Siré. Gente importante pero puros hombres. Nuestras salas tienen nombres de hombres. Excepto sastrería, qué curioso. No hay directivas ni mujeres en cargos decisivos, en las oficinas las únicas son las secretarias. No hay teóricas contratadas. Leemos puros hombres, en la teoría y en la dramaturgia, como si la Isidora Aguirre no existiera, menos la Nona Fernández o la Manuela Infante. Frente a esto, unas compañeras decidieron buscar obras escritas por mujeres y empapelaron el hall con sus nombres. En una cartulina morada con brillos, que no digan que no existen, así escribieron.

Una podría imaginarse que el teatro es un espacio más libre y en parte es así, el problema es que aún hay viejos dirigiendo todo, que una sabe que no van a echar. En el caso de diseño no mucho, y es que hay tanta disidencia entre nosotres que no se alcanza a ser muy misógino, homofóbico o transfóbico. Por lo menos no entre alumnes, sería como pisarnos la cola. Pero sí afuera, cuando te toca trabajar y eres técnica y los otros técnicos no te pescan y piensan que no vas a poder subirte a una escalera o desmontar.

Tercer acto: Repartir la palabra del feminismo (si mañana no vuelvo _ quemen todo)

Han pasado los días y hay marcha. Voy con gente de la escuela y con la Naio, amiga mía. Llevamos carteles y la gente nos saca fotos. Estamos ganando puntos feministas, le digo. Para ser las presidentas del feminismo, me responde. La marcha avanza, aparecen las batucadas, las niñas que bailan, los queques mágicos, los perritos. Sacamos fotos, aparecen unos pacos, cresta. Unos basureros quemándose, el guanaco y nosotras corremos. Me encuentro con mi profe de color y su ayudante, las saludo media torpe, es que nunca me había encontrado a una profesora en alguna marcha. Supongo que de esto se trata todo.

Nos devolvemos a la casa y en el camino hablamos de lo lindos que son estos momentos. Pero volvemos algo que siempre aparece, y es que aún estamos un poco dentro de una burbuja. La mayoría de mis compañeros han sido decentes, han hecho sus propias asambleas repensándose a ellos mismos y sobre cómo pueden aportar. Pero esto no es la norma, no pasa en otras facultades, una compañera de Beauchef contaba que sus compañeros se burlaban de ellas, que hacían memes (y en parte, por eso mismo han tenido que hacer tomas separatistas, es lo que les queda). En el grupo de WhatsApp del ex curso de mi papá, lo eliminaron por decirle a sus amigos que todo esto era necesario y solo el inicio de algo más grande. Y, por más que lo intente, no pasa en la casa de mi abuela en donde aún ella es la que se sienta más cerca de la cocina.

Pero por otro lado pienso, esto está empezando. Durante estos días vamos a presentar un petitorio a la Escuela. No sé qué digan, ni cuánto más sigamos en toma ni cuántas marchas más hayan. Y lo que más me urge, no sé si mi compañera tenga que seguir en clases con su abusador. Solo espero que nos tomemos todo Chile, que las autoridades sean decentes y tengan nociones mínimas de empatía con las víctimas y reaccionen desde la duda, intentando igualar víctima y victimario, Que de una vez entiendan que hay cosas que no se hacen, que no estamos quitándoles derechos, ni estamos pidiendo privilegios, sino cosas que son derechos humanos. Que somos personas, y tienen que tratarnos y vernos como tal. Y que vamos a hinchar, en pelota, vestidas, como queramos. Porque como nunca, esta historia es nuestra y tiene nuestros nombres.

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Y lloramos si queremos.