Este es uno de los dos cuentos ganadores de nuestro concurso de relatos. El autor es Gaspar Marín, de Chile.

Llegaba temprano todos los días con sus cuadernos, útiles y mochila de Enrique Iglesias, nadie sabía de dónde los sacaba pues en ese lejano año de 1999 el merchandising en los materiales de escuela se limitaba únicamente a los dibujos animados, al blanco del Colo y al azul de la U.

Sea como fuere, ahí estaban sus materiales de estudio con los que se lucía absorbiendo el conocimiento que impartían los subvencionados profesores. Matemática, Castellano y unas dudosas clases de Historia, todo lo asimilaba y lo transformaba en un 7 en cada una de las pruebas.

Donde también se lucía con conocimientos era en el recreo, pero ahí la primera guerra mundial se transformaba en una Experiencia Religiosa y las fracciones en Esperanza. Y es que su saber y la capacidad impresionante que tenía por memorizar información también daban para su pasión: Enrique Iglesias.

Un disco homónimo, “Vivir” y “Cosas del Amor” eran las tres placas con las que el hijo de Julio Iglesias deleitaba recreo a recreo los oídos de la púber, que con devoción le recitaba sus himnos personales y deliberadamente desentonados a quien osara acercarse a ella, daba lo mismo si estabas en la onda de Tiro de Gracia o de American Sound, todos nos sabíamos alguna letra del lanzador de gaviotas gracias a ella.

Y era inentendida, en una ocasión se peleó con unas compañeras evangélicas porque ellas consideraban que el hombre del sexy lunar se acercaba mucho a Satán con sus letras mundanas, no se hablaron en 3 semanas. En otra, el profe de arte le puso un 1, porque utilizó la poca creativa clase de “tema libre” para plasmar todo su amor por el hermano de Chabeli. Corazones, su nombre con distintos colores y tipografía y el dibujo de ella y un vestido de novia protagonizaban la hoja A4 del bloc de dibujo que terminó en el escritorio del profesor, con los apoderados de la dolida fan exigiéndole una explicación al pedagogo.

A mí me llamaba profundamente la atención el fanatismo religioso que ella profesaba, en ocasiones me daba pena, en otras rabia porque escuchando los balbuceos llenos de sintetizadores y efectos malos se perdía la grandeza de Limp Bizkit y Korn, que en esa época eran los tesoros de mis oídos, y que le hacía escuchar para que se diera cuenta en el error que incurría.

Pasaron los días, uno que otro año y me cambiaron de escuela a una ciudad vecina. Siguiendo mi – en aquella época – incipiente costumbre de no esforzarme en mantener las amistades, ignoraba en qué seguía su fanatismo, incluso había olvidado su existencia, como la de muchos otros de los miembros de ese numeroso curso.

Y el tiempo siguió caminando, hasta que la volví a ver. Yo tenía 21, supongo que ella también.

Era un domingo caluroso y tenía que ir a mi pueblo a votar, entré al recinto convencido de cada pelo, vena y mancha que pondría en mi papeleta. Había aprendido a escribir con una caligrafía clara la frase “políticos conchas de su madre” y en eso pensaba, cuando la vi salir de una sala.

Me pareció cara conocida hasta que sus facciones me dijeron innegablemente que era ella, con un cuerpo más maduro y otro peinado pero definitivamente era ella, y yo justo andaba con ganas de saludar gente.

Me disponía a gritar un amistoso “hola” cuando vi el cuaderno que en ese momento ella levantaba y ponía en su pecho para mostrarle al mundo el contenido de su tapa: fondo azul, una flecha blanca apuntando a un cielo rojo, encima tres letras amarillas dibujaban la sigla UDI, que se confundían con una credencial que le colgaba del pecho para identificarla como representante en ese recinto del partido de Jaime Guzmán.

Súbitamente mi alegría desapareció, y me di cuenta, luego de años, que prefiero a Enrique.

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Y lloramos si queremos.