Por Arelis Uribe

Este texto es triste, porque un amigo me dijo “si erís mujer y no cachai que por eso erís más pobre, estai cagá”. Lo dijo así, en una frase, con tanta soltura que me dolió mucho más que cualquier conjetura académica.

A ver, no es que me haya abierto los ojos sobre algo que no supiera, lo que pasó es que me impactó cómo lo dijo. Masticó el enunciado a lo chicano, a lo punk, a lo violento. Porque la teoría me la sé, la discurseo. Sé que la economía mundial se basa en la división sexual del trabajo, que relega a las mujeres a labores domésticas no remuneradas, invisibilizando tanto esta tarea, que los hijos e hijas de una familia terminan diciendo frases como “mi papá trabaja, mi mamá es dueña de casa”. Como si todos esos quehaceres -lavar, planchar, cocinar- no fuesen trabajosos. El punto es que al no existir un sueldo, esta ocupación desaparece de las estadísticas financieras del mundo.

Sé que los roles asociados a esa división sexual del trabajo se extienden al mundo laboral remunerado, entonces hay profesiones y oficios femeninos y masculinos. Los primeros se vinculan al cuidado y formación de los otros, como enfermería, pedagogía o cualquier asistencia de niños y ancianos. Los masculinos, se relacionan con la creación y el mando, ahí aparecen las ingenierías, la medicina o cualquier tarea de maestro chasquilla o mecánico. Quizá la división no sería grave, si no fuera por la brecha salarial que hay entre ambas: las ocupaciones femeninas son peor remuneradas que las masculinas. En corto: los varones perciben mayores ingresos que las mujeres.

Sé también que las mujeres ocupan menos cargos de poder o de toma de decisiones. No recuerdo los datos de memoria, pero de cien empleados en una empresa, en general existe paridad: 50 ellos y 50 ellas. Sin embargo, los cargos más altos -gerencias y jefautras- están principalmente ocupados por varones. En consecuencia, los sueldos más suculentos y las mayores responsabilidades recaen en hombros masculinos. En corto, de nuevo: las mujeres ganan menos plata que los hombres.

Podría seguir dando ejemplos, pero ya saben para dónde voy. Lo que quiero decir es que esta realidad me duele, me perturba, me da impotencia, pero creo que hasta que no tuve esa conversación con mi amigo, esto me hacía sufrir racionalmente. Cuando se mandó su directa y concisa frase, me hizo padecer emocionalmente.

Entonces me puse a pensar en ejemplos concretos de mi familia, como mi mamá y mi papá. Son separados. Ella se quedó con nosotras -labor femenina: la crianza- por lo que tenía doble trabajo -en la casa y en su oficina- y por diversas razones, un sueldo menor que el de mi papá. Ahí está a la vista: mi vieja siempre ha sido más pobre que mi viejo. Luego pensé en mi hermana mayor. Es dueña de casa, es decir, no recibe ningún ingreso, aunque trabaja sin horario de entrada ni salida. Mi cuñado tiene el rol proveedor, de llevar plata para la familia. En consecuencia: mi hermana es materialmente más pobre que su pareja.

La conversación con mi amigo avanzó. Después dijo algo así como que ser mujer era como ser negro o ser pobre. Chuata, pensé, yo no tengo plata, mi familia no es cuica, entonces si por el sólo hecho de ser mujer soy más pobre, es como ser estafada dos veces: pobre por pobre y pobre por mina. Bien feo el escenario. De lo que no hablamos fue de cómo darlo vuelta. Si ya todos conocemos el problema, ¿por qué no ideamos formas de emparejar la cancha? Pienso que por ahí debería seguir esta conversación.