Había escrito algo muy cebolla. Muy. Porque a veces soy así: reflexiono sobre el mundo, sobre mi entorno machista, la normalización de la violencia, del acoso, sobre la forma en que las mujeres no somos consideradas personas -porque estamos definidas por tener vagina- y de la lucha anarco-feminista, cantando a todo pulmón Alejandro Sanz, Mon Laferte o Gilda, la más grande de todas.

Y había escrito algo así -cebolla- porque de esa forma ha sido todo el proceso este que he vivido. Bien dramático -a lo Laura Pausini cantándole a Marco-, cambiante y valiente. Porque por la cresta que hay que ser valiente cuando se está un poquito cerca de salir de un rol establecido y de las expectativas que tienen de una. Porque las tienen, y si te dicen que no, es mentira.

Varios de los psicólogos con los que alguna vez he conversado, han estado de acuerdo, más o menos, en los problemas que me atañen: rebeldía total ante las expectativas, mommy issues y que odio ser mujer. Sí, dicen que odio ser mujer. Y lo pienso y lo repienso y lo vuelvo a repensar mientras canto Bebé caminando por las callecitas de Santiago centro.

¿Odiar ser mujer? Qué hueá es eso. “Si tenemos un hijo, ojalá sea hombre porque las mujeres lo pasamos muy como el hoyo”, le dije un día a un pololo en un momento de furia. Y ¡paf! Claro que la psicóloga tiene razón. Lo explicito constantemente. Aclarar que no me gusta odiar ser mujer, pero -supongo y espero- que todo se explica por las cosas que una va viviendo. Porque obvio que no soy la única.

Como casi todas las mujeres, he sido acosada en la calle, he caminado con miedo, me han toqueteado sin mi consentimiento. Me han dicho que tengo que ser de cierta forma porque soy mujer y que no puedo ser de otra porque se ve mal, que tengo que verme de una manera, que “ya me puse mina pa’ mis cosas” cuando me enojo o me quejo. Que ponga atención en la ropa que uso, que me falta perfume, me falta labial, que “soy linda e inteligente” -porque, claro, que una mujer sea ambas cosas es extraño (?)-. Mi opinión ha sido considera menos porque soy mujer y me interrumpen más.

Basta.

Tengo una historia muy cruda de violencia en una relación sentimental, y que creo que nunca seré capaz de soltar todo lo que pasó. Tengo un dolor corporal desde que salí de ahí, hace por lo menos ocho años, y que a veces se vuelve insoportable. Tengo pesadillas recurrentes que me han pillado durmiendo con mi pareja, donde termino golpeándolo porque, en mi pesadilla, me estoy intentando defender de mi abusador. Hay ciertas cosas de las que sencillamente no puedo hablar. Porque me angustia, porque me duele.

¿Cómo no decir basta?

El 2015, me dio endometriosis, mientras vivía en Pitrufquén (mejor lugar para vivir o mejor lugar para vivir). Me operé, me sacaron un par de cosas, y en la primera conversación que tuve con el doctor, me comentó que no iba a poder tener hijos de forma convencional. De querer tenerlos, debía pasar por un tratamiento.

De ahí fue todo cuesta abajo: el mundo opinando, ejerciendo presión sin querer hacerla (que creo que es todavía peor), diciendo que me haga ese examen, que congele óvulos antes de que sea demasiado tarde, que lo haga aunque no quiera porque “algún día mi pareja puede querer tener hijos” y que cómo yo no voy a complacerlo. Me dicen que la maternidad es hermosa, pero que me prepare para estar más sola que nunca con cualquier tratamiento que quiera hacer, que piense en tener familia ya, cuando de ninguna manera, en ningún nivel, lo había pensado.

Por favor, basta.

Me frustra y me enoja cuando me dicen que me calme o que le pongo color cuando me pongo feminista furiosa, porque por la cresta no tienen idea, loco. No saben. No saben ná que me compré el pack de 24 colores de lápices Sharpie -incluyendo los fluorescentes- para ponerle más color si es ser necesario.

Me harta escuchar sus expectativas. Me hacen mal y no les pregunté su opinión.

Me enojé. Para qué me invitan, si saben cómo me pongo. Como sea. De eso les vengo a contar: el detalle de estas historias que brevemente enuncié y de cómo crestamadre una sobrevive a todo esto, a un sistema que te presiona a ser algo, al “pobrecita, tan jovencita y estéril”.

Author

Periodista, maniática y lectora compulsiva. Feminismo, revolución y educación. Papas fritas, siempre.