*Por Bárbara Carvacho

De mi cama al baño es inevitable ver su carita. Más allá de lo mucho que me guste, es por logística, porque siempre el recorrido cama-baño lo hago ebria, bien atenta, con las pepas grandes, y en medio del cuadro, aparece. Ella, tapada hasta el cuello, con el pelo desordenado, con la cara apuntando a su puerta abierta, hasta el final, como le gusta. Puerta abierta, ventana abierta, y una sola manta. Sencilla, acalorada, sola.

Se arruga chistoso, hace un micro-puchero. El pelo se le desordena mucho más que cuando anda de pie dando vueltas por el resto de las habitaciones, menos cuando hace frío y se pone ese horrible gorro rojo de polar. Aunque encuentre linda tu carita, ese accesorio no le hace favor a nadie. Es un detalle que se pierde rápido, el recorrido mental pasa de esa tela asquerosa a tu nariz tan respingada como imponente, para terminar en tus manitos abrazando la sábana como si no quisieras despertar. Muchas veces me da miedo que no quieras despertar.

Sería una tristeza llegar borracha al baño, ver tu carita, y dormirme para despertar sabiendo que no podré ver más esos ojos miel que conquistaron tantos niños, tantos hombres, ¿conquistaste mujeres? Espero que despiertes para preguntarte si lo hiciste. Sería una tristeza que de un día para otro tu carita deje de estar presente en este trayecto que me ha visto con los pantalones abajo y el vómito en la boca.

Las mantas no me dejan ver tu cuerpo, pero no es excusa para no recorrerlo. No sé si quiero volver a este recuerdo pero ese cuerpo es parte de ti, y lo conozco, mucho. Mucho más de lo que me gustaría, ¿o no? Lo conozco tanto que me ha penado en sueños tanto como tu carita lo hace en la realidad. No sé cuándo fue la primera vez que te vi las tetas, pero sí me acuerdo que fue lo primero que observé cuando abrí mi puerta durante el terremoto. Ahí estaban ellas, libres, sueltas, caídas, hermosas, como tú. Que eres suelta, que te has caído, que aprendiste a ser libre después de sobrevivir a todas esas hecatombes personales que se reflejan alrededor de tus ojos.

Voy a recorrer tu cuerpo con mi mente. Lo haré aunque le tema. Mientras me siento en el water pienso en cómo estas piernas son tan tuyas como mías, o cómo esta forma de la rodilla, que sostiene una mano, se parece tanto a esa que descansa en tu cama. Y mis uñas ¿o tus uñas? Nos mimetizamos ¿será que por eso te temo? Puedo recorrer tu cuerpo y pensar que será el mío en un par de años. Puedo recorrerte y saber que me estoy recorriendo. Un viaje al futuro. No quiero temerte.

Quizás por eso me atemoriza aquel sueño. Tú, persiguiéndome por toda la casa, con las tetas al aire, con obvias ganas de abusar sexualmente de mí. Y tu carita no era dulce, ni guerrera, era ojerosa y violenta, como nunca la he visto. Tus tetas bailaban locas mientras tú escalabas sillones y murallas con tal de atraparme para quién sabe qué, y yo me escondía en armarios pidiéndote que, por favor, detuvieras esto, que no es correcto, que no estaba bien, que no era lógico ni mucho menos hacía sentido.

Pero ahora te veo, con tu carita hermosa, durmiendo plácida como si fueses domingo, y tal vez pienso en que tal vez no era tan ilógico, que no hubiese estado tan mal, que hubiese hecho mucho sentido en mi cabeza que pelea a diario con este constructo de no saber qué es lo que puede y debe. Esta cabeza que está aburrida de pensar que hay cosas que no están bien o que están mal.

Porque, de pronto, entre todo el recorrido mental que hice por tu cuerpo y el miedo de mis falsos recuerdos, caigo en cuenta de lo obvio: lo mejor que me pudo haber pasado fue tirar contigo, mi mamá, porque todos los días soy tan hétero y todos los días me meto penes de personas que no quiero recordar. Pero tirar contigo hubiese sido casi como tirar conmigo misma. Y yo te quiero recordar. Un viaje al futuro. No quiero temerte, quiero tenerte.

Podría ver tu carita para siempre, mientras voy de mi cama al baño. Tal vez hubiese sido bueno verte las tetas hasta la eternidad, también. De todas formas, fue lo primero que probé.

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Y lloramos si queremos.