“Mujer trabajadora”. Estas dos palabras resuenan en mi cabeza desde que tengo uso de razón. Mi madre salía temprano de la casa y no la veía hasta después de ver los Power Rangers en la tele, de vuelta del colegio. Más tarde, esas palabras se transformaron en lo mi abuela exigían para mí. “Tienes que estudiar, ser una mujer trabajadora y no depender de nadie. Así crié a tu mamá y así te vamos a criar a ti”. “Pero tú también trabajas y todos dependemos de ti”, le respondía yo. “Pero no es lo mismo”, me decía ella. Con el paso del tiempo entendí a lo que se refería, pero sigo pensando que sí, que era una mujer trabajadora y que todos dependíamos de ella. Sin ella, se nos desarmó el cuerpo y se nos desarmó la vida.

Ser una mujer trabajadora hoy en día significa, aunque algunas no lo quieran reconocer, trabajar en un ambiente hostil y violento en diferentes niveles. El sistema de trabajo, en todo orden, no está hecho para y por nosotras. No es un triunfo que hayan mujeres CEO de empresas, no es un triunfo tener una presidenta. No puede ser un triunfo en el 2017 que las mujeres nos desarrollemos en ámbitos públicos. Nada de esto es un premio si tenemos que hacerlo bajo las reglas de quienes nos oprimen.

Una vez, haciendo la práctica, recuerdo haber ido a la cocina de aquella oficina en la hora de almuerzo, a buscar un vaso de agua. Ahí estaba otra practicante. En pleno enero, tres de la tarde, me dice “¿por qué tu vestido es tan corto?”. Un poco descolocada le digo, “porque estamos en verano y hace mucho calor, no lo soporto”. “Bueno, si te corren mano en el Metro entonces, no te puedes quejar”, respondió. Junto al refrigerador estaba un hombre, de cuarenta años, con poder dentro del medio. “Tiene mucha razón la Jose, tienes que aprender a cuidarte”, explicó, sin que nadie lo invitara a la conversación.

Trabajando en otro medio, tuve que aguantar que durante meses el director no me dijera por mi nombre, aunque fuera una buena trabajadora. Era la más joven del lugar y, al parecer, tenía que ganármelo. El resto iba a su casa los fines de semana, salían juntos, en medio de la jornada de trabajo se escapaban por cafés. Yo era la única mujer del equipo.

Constantemente he tenido que probar una y otra vez lo que sé. Cada conversación, cada argumento, cada movimiento se evalúa de forma diferente. Un paso en falso de una mujer es más enjuiciado que el de un par, en cualquier ocupación. Y además, al ser criticada, tienes que escuchar cosas que no tienen que ver con tu trabajo, como por ejemplo, que eres histérica si eres dura, eres emocional si empatizas con el otro, eres conflictiva si eres crítica, eres difícil si no das tu brazo a torcer frente a una situación en la que sabes que tienes razón.

Hace un año, un periodista con años de experiencia era capaz de decirme “feminista trasnochada” por escribir piezas respecto al sexismo en el periodismo musical. Trató incluso de que me despidieran de mi trabajo. Hace poco, otro (que se declara feminista públicamente), afirmaba que yo era una buena periodista, que se nota que sabía, pero que por ser como era (no me conoce, sólo lee mi trabajo), iba a perder muchas oportunidades de trabajo. En otro momento, una pésima compañera de trabajo me dijo “es que yo soy un tiburón, soy dura, no soy como tú”, confundiendo la eficiencia y el profesionalismo con ser egoísta, cruel y poco empática. Podría seguir con los ejemplos, pero el punto ya está claro.

Todas esas malas experiencias lejos de ponerme en el lugar de una víctima, me han fortalecido mucho. A todas esas personas les digo que yo no quiero su poder. No quiero ser como ustedes. Quiero ser una mujer trabajadora que lo hace codo a codo con los equipos en los que está. Que critica con argumentos cuando debe hacerlo pensando en un bien común. Que empatiza con las personas que tiene a su alrededor y busca soluciones que sirvan para todos. En el día de la mujer trabajadora, quiero hacerle honor a la crianza de mi madre y de mi abuela, poniéndole el hombro a todas las mujeres que trabajan. Quiero hacerlo confiando en las que estuvieron antes que yo y pidiendo ayuda, confiando en las que están recién empezando y ofreciéndoles todo lo que les pueda entregar para que encuentren su lugar y mejoren.

Quiero rendirle honores a todas aquellas que se sacan la cresta todos los días sin pensar en que existe un techo de cristal. Porque no tenemos un límite de vidrio amigas, eso lo inventó el privilegio de la clase. Lo que tenemos es un sistema entero que nos tira hacia abajo, una y otra vez. Todos los días nos levantamos a trabajar en medio del barro y es desde ahí que tenemos que construir. Ese es el lugar desde el que también debemos acompañarnos.

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Discos por sobre ahorros en el banco. En Twitter: @javieratapiaf