Tormenta en Buenos Aires. Una lluvia que sumada a la humedad y el viento hacía sentir que el Obelisco era una piscina helada. Una piscina en la que todas nadábamos en dirección a la Plaza de Mayo.

El 3 de junio de 2015 se hizo la primera convocatoria por el #NiUnaMenos. Este año se repitió en la misma fecha y ahora, post Encuentro Nacional de Mujeres, post femicidio de Lucía Pérez, dos hechos demasiado contradictorios y demasiado cercanos. O no.

Si como dice mucha de la gente desencantada con el feminismo (y/o con la movilización social), una marcha no sirve de nada, las cosas siguen igual.

Primero: sí sirve.

Segundo: las cosas sí cambian.

Hoy estamos bastante más conscientes de la alienación machista, la que se sostiene en un supuesto funcionamiento “natural” del mundo: las cosas son así, y siempre han sido así.

Creer eso me condena a mí como mujer a ser violentada de todas las formas posibles, física y simbólicamente. Me hace aspirar a una relación donde tarde o temprano seré cagada, o abandonada por alguien “más joven”, porque los hombres “son así”. Me impide a mí misma a comportarme “como hombre”, ya que mi castigo por tal atrevimiento es la violencia posible de una pareja.

Creer que las cosas “son así” es considerar normal que nuestras abuelas sean o hayan sido violentadas, igual que nuestras madres. Vivir en la espera de un acoso o una violación, ya que como “es así”, parece que hablamos simplemente de un acontecimiento del devenir mujer, lo mismo que vivir con la amenaza de un terremoto.

Pero mientras uno es un movimiento telúrico, lo otro es el funcionamiento de un sistema patriarcal y capitalista que nos somete a vulnerabilidades de acuerdo al rol de género que elijamos interpretar, las que también son distintas de acuerdo a nuestra clase.

Y en el machismo, ser mujer, ser no-hombre, ser no-heterosexual, nos tiene el puesto preparado: la subalternidad.

El 3 de junio de este año, a un año del primer #NiUnaMenos en Argentina, una chica me contó que su hermana había sido violada.

En el curso del año, una amiga fue violada y eso me hizo recordar el caso de otras dos amigas que fueron violadas en su infancia; otro episodio donde tres compañeros de la universidad se acostaron con una chica que estaba en una pieza, borracha, lo que en su momento fue relatado como “chiste” (Uno de ellos posteriormente cultivó su fama como abusador de chicas en estado de ebriedad, por supuesto protegido por sus amigos, que también lo encontraban chistoso). Otra anécdota contada por un amigo donde una chica fue golpeada por un grupo de hombres que intentó violarla, cerca del Parque O’Higgins, mientras regresaba de un carrete. Además de otro episodio donde otro compañero de la universidad amenazó en el patio a una compañera a vista y paciencia de todxs.

La violación no es una excepción. Es una situación real a la que estamos expuestas sólo por el hecho de ser mujeres.

Sin embargo, muchas personas viven creyendo que es eso, una excepción, que pasa en situaciones excepcionales; “no cuidarse”, “exponerse” de la forma que sea. Pero para darse cuenta de lo distinto de las experiencias basta con preguntarle a cualquier amigo hombre qué es lo peor que le ha pasado por quedarse dormido borracho en una fiesta. Por quedarse sólo con un familiar mayor. Por caminar en la calle.

Obviamente es duro ser feminista. Resulta mucho más consolador pensar que las mujeres violadas, violentadas, o asesinadas “se lo buscaron”. Así, vivo mi vida no buscando la violencia, y ya. Pero para derrotar al patriarcado, no basta con una solución individual.

Como bien dijo una amiga, el feminismo es como elegir la píldora que desmantela la mátrix. A veces leo argumentos de mujeres en contra del feminismo y parecen fundarse en su resistencia a considerarse inferiores, como si fuera el feminismo y no el machismo el que nos ofrece ese lugar. Sin embargo, reconocer nuestra subalternidad es un paso necesario para dar mil pasos más hacia adelante.

Porque no hay cosa alguna “natural”. Y porque las cosas sí han cambiado. Si no, seríamos las mismas personas que nuestras madres y nuestras abuelas.

Pero también es cierto que las cosas no cambian de la noche a la mañana. Y no cambian a menos que se seamos nosotras quienes tomemos un rol activo para cambiarlas.

Ir a la marcha no es la culminación de un movimiento, es sólo un evento. Un evento para celebrar, y para alegrarse. Para encontrarse con amigas y amigos en la calle. Para hacer pancartas, sacarnos fotos, y decir con orgullo, sí, somos feministas, y la violencia a la mujer no nos parece “normal”, mucho menos “natural”.

Pero si el día de mañana volvemos a nuestra soledad de “ser feministas” sin sentarnos a discutir cómo construir feminismos, de la marcha el único recuerdo que quedará será la foto.

Si no peleamos en cada uno de nuestros espacios. Si no apoyamos a las amigas y amigos cuando denuncian el machismo, entonces ocupar la calle no habrá servido de nada.

Porque sí, una marcha, por sí sola, no cambia nada.

En Mar del Plata hubo una nueva violación grupal. En Mendoza una mujer fue asesinada a golpes, y en Monteros otra chica fue quemada por su pareja. Todas noticias de hoy.

Author

Periodista y escritora estupenda.