Por Camila Bustamante Pérez 

Llevo seis meses estudiando en Londres y he conocido gente de lenguas, colores, países muy distintos al mío. El choque cultural es difícil y desafiante. Por eso es fácil sentirse identificada y cercana a personas que viven en culturas hermanas. Hablamos el mismo idioma, nos relacionamos parecido, nuestros países tienen problemas similares. Pero nunca pensé que me iba a sentir cercana a otras por la forma en que se vive la violencia.

Con la que se ha transformado en mi mejor amiga acá, conversamos hace no mucho sobre Yuliana Samboní. Una niña de 7 años que fue violada, torturada y asesinada en Bogotá, por Rafael Uribe, arquitecto miembro de una importante familia colombiana. El caso, por supuesto, está teñido de enredos políticos, manipulación de evidencia y obstrucciones que protegen al agresor en un claro esfuerzo por no manchar su apellido.

En mi clase de economía feminista, hace algunas semanas, conocí a una compañera argentina. El feminismo y la cordillera en común nos acercaron instantáneamente. El otro día conversamos sobre el caso de Lucía Pérez, de 16 años, que fue violada, empalada y asesinada en Mar del Plata por Matías Farías y Juan Pablo Offidani. Su caso, como muchos otros, fue tratado por la prensa de manera vergonzosa.

Mientras conversábamos, ella me habló de un texto que circuló por redes sociales tras el Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario, el 2016. Mientras hablaba, se me paraban los pelos de los brazos. Hoy me lo envió. En él, la autora invita a preguntarse por la justicia. ¿Qué piensa la sociedad cuando clama por justicia para las paredes violadas por las feministas, que las rayan, manchan, graffittean de rabia después de los encuentros feministas, después de la muerte de Lucía, después de la muerte de las Yulianas?. Las paredes “no tienen la culpa de lo que les pasa. Ni aunque estén así, blancas, lisitas y grandes, están incitando al sacrilegio. No hay nada en ellas que justifique el ser violadas”. Parece preocupar más la protección de la propiedad privada que la vida de una mujer.

La historia se repite una y otra vez. En cada rincón de América Latina. Hoy me encuentro que en Chile volvemos a caer esta espiral vergonzosa de la justificación. De preguntarnos qué habrán hecho. De que Nabila, al parecer, no es una blanca paloma. Que su vida sexual, de alguna forma, en alguna mente retorcida y patriarcal -como las que hablan de blancas palomas-, es justificación suficiente para que Mauricio Ortega haya decidido quitarle los ojos. Para quitarle culpa a su agresor. Para desacreditarla. Para hacernos cuestionar sus palabras. Para que dejemos de creernos.

Y no. Suficiente. Basta de que escudarnos en que era muy tarde, era muy corta la falda, era el alcohol que consumió, era como vive su sexualidad. Suficiente. La culpa la tienen Rafael Uribe, Matías Farías, Juan Pablo Offidani, Mauricio Ortega. La tenemos todes, por permitir que sigamos funcionando de esta manera. América Latina criando hombres femicidas.

Empecemos por creernos entre nosotras. Porque todas hemos vivido algo. Sabemos de algo. Conocemos a alguien. Nosotras sabemos que no es la hora ni el largo de la falda ni la cantidad de personas con las que nos acostamos. Nabila, nosotras te creemos.

Foto* Agencia UNO

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Y lloramos si queremos.