Miro el sol a través de los ojos entrecerrados. Hoy debería haber amanecido nublado y con mucha lluvia. Hace un día se conoció la sentencia contra La Manada, y nuevamente la justicia nos demuestra que en ninguna parte del mundo existe seguridad para nosotras, que en mayor o menor grado hemos tenido que lidiar con un asalto sexual, la violación de una pareja, el abuso de un familiar o las tocaciones de un amigo. En algún momento de nuestras vidas estaremos vulnerables ante un ataque, y nadie podrá decirnos a ciencia cierta cómo proseguiremos con nuestras vidas.

¿No somos todas eso? ¿Mujeres que caminamos aún después de lo vivido con una sonrisa en la cara? Que vamos a trabajos, escuelas, calles, países distintos. Personas que se siguen desplazando aunque a veces las heridas supuren por debajo de la ropa, esa ropa que cae al momento de ducharnos y nos permite vernos vulnerables nuevamente al espejo. A ese lugar donde el spray de pimienta no puede llegar para darnos un atisbo de seguridad.

Si salimos adelante, quizás “no fue tan grave”. Si nos mataron en el camino, seremos una cifra más que enarbolará la prensa y la política, y se harán velatones con nuestro nombre hasta que un nuevo crimen más macabro aparezca. Si nos hundimos en la oscuridad, nos marginan de la sociedad y nos vuelven parias, si lo gritamos fuerte estamos buscando “algo”.

¿Y si el dolor nos come? ¿Entonces qué? Llega la depresión y con su oscuro manto nos cubre, nos vuelve invisibles, inertes, nos sepulta por años. Pero ahí estarán los mismos de siempre diciéndonos “pero anda, levántate. Tienes que dejar de estar enferma. Tienes que reprogramar tu mente y tu cuerpo”. E intentan darte todos esos consejos de buena crianza para combatir el escudo de tu mente, porque tú quieres estar así, tú te lo buscaste al no dar vuelta la página y seguir como si nada. Ese es el mensaje que nos dan.

Muchas solo quieren ducharse tres veces al día y fregar su piel con jabón hasta sangrar, sintiendo asco por cualquier olor que no fuese a limpio. Dejan de ver películas que insinuen un romance o una relación sexual, libros incluídos. Somos nuestras peores jueces. A veces la culpa nos traiciona, agregándonos una mochila que no merecemos cargar.

Al otro lado de la línea, cuando quieres sincerarte siempre hay silencio. Tengo que lidiar con tu silencio hipócrita, a ti que te llamé amor, ex pololo, papá, tata, tío, primo, profe, médico, amigo. Porque según tú, la sociedad te enseñó a no tener nada que decir cuando una mujer cercana te cuenta que la atacaron o le hicieron daño. Porque según tú, lo primero que se te viene a la mente es por qué no te defendiste, por qué no atacaste con lo que encontraste a mano, si quizás no era tan alto ni tan fuerte, si quizás había una comisaría cerca, o tus padres estaban en la pieza de arriba.

En Argentina hace unas semanas se absolvió a un sujeto que violó a una mujer, porque ésta era obesa. Según la defensa del victimario, eso hacía imposible que él hubiese podido quitarle las calzas si es que ella hubiese opuesto una férrea resistencia. En ese mismo país, Gustavo Cordera decía que algunas mujeres querían la fantasía de ser violadas e incluso lo disfrutaban si llegaba a ocurrir, que sólo podían alcanzar el orgasmo con la violación.

A la víctima de La Manada un investigador privado pagado por los victimarios la siguió por meses, para demostrar que “no estaba tan afectada”, por el ataque. Por querer tener vacaciones con sus amigas y volver a usar ropa veraniega. Por no haber llorado ni opuesto suficiente resistencia aquella noche infame en que cinco sujetos la sometieron en un portal, por haberse dejado hacer cuando la única otra opción era morir.

Sin querer caer en los datos, tengo que hacerlo, ya que al menos un 60% de las víctimas de violación señalaron haber quedado petrificadas mientras eran atacadas. Esto finalmente tuvo soporte científico hace un par de años, cuando se comprobó que un hecho traumático como una violación es capaz de causar parálisis temporal. Que aunque seas luchadora de artes marciales o experta en krav maga, es posible que en ese momento te congeles y no sepas qué hacer. Que aunque una vez te defendiste quizás a la otra no pudiste, porque tu cuerpo reaccionó de otra manera. Que a lo mejor tu instinto de supervivencia susurró bajito que mejor te quedaras tranquila o te hicieras la muerta, como ocurrió con Nabila, acá en Chile.

¿Y si tuviese un arma en la mano? ¿Jalaría del gatillo? ¿Recordaría que voy armada en medio de un asalto sexual? Las respuestas son tantas como universos. No lo sé. Porque nunca lo vamos a saber realmente hasta que nos suceda y ojalá eso jamás pase. Virginie Despentes dice que ser violadas es el riesgo que tenemos que correr por ser mujeres queriendo vivir nuestra propia vida y que tenemos que vernos como supervivientes, sea como sea que hayamos enfrentado esa situación. Corriendo o acatando. Ojalá no fuera así, pero la violencia machista lo comprueba día a día.

¿Cómo vivimos con ello entonces? Si más encima tengo que lidiar con tu silencio, amigo, con tus instrucciones para no ser una víctima, o para no matarme, o para no verme tan feliz después de un tiempo de lo ocurrido.

Me harté.

*Foto: Paula Bonet.

Author

Periodista, Mg en Estudios de Género (c). Investigadora en violencia, medios de comunicación y cuerpos marginados.