I

A veces siento que me sobra el cuerpo,
Que me sobran los muslos en las sillas,
Que me sobran las uñas, los dedos y las venas en el lavamanos.

A veces siento que me sobra el cabello,
apretado y fundido bajo la correa de la mochila,
que me sobra un poco de cuero,
donde se hunde profundamente el calzón

En este mundo
no hay espacio para los creados por Frankenstein,
No hay espacio para mí,
Que estoy creada con todos los retazos de noticias de almanaque usado,
De enciclopedia rota, de radio AM

Mis caderas rayadas por tigres famélicos lo intuyen,
Lo saben,
Lo escriben
No hay puzzle de cuerpos en el que pueda encajar.
Siento que no calzo en ningún planeta,
— quizás quién rompió el molde –

II

“Mi cuerpo ¿es mío?” se pregunta Silvia Federici, cuando piensa en las formas en que el capitalismo nos tiene situadas y secuestradas, transformándonos en la última frontera de sus tentáculos de dominación. ¿Podemos hablar de “nuestro cuerpo”, como pertenencia, aún cuando la industria y la sociedad del espectáculo nos mantienen atadas a cánones imposibles? Me lo sigo preguntando, mientras lidio con mis cicatrices y estrías.

Es a mí, a la que le pesan los muslos en esas sillas demasiado pequeñas, donde parece que todo se me escapa por los bordes, y donde intento disimular ese triangulo de humedad que queda dibujado en el asiento. Es a mí, a quien mi madre debía cortarle el elástico de los calzones infantiles porque apretaban en esos muslos que ni 4 horas diarias arriba de una bicicleta podían adelgazar. Me dijeron que era indecente por tener un poto más grande que la media. A mí me enseñaron sistemáticamente que un cuerpo gordo era ordinario, vergonzoso, motivo de pudor. Y así me fui cubriendo lentamente, los brazos, tras capas de chalecos y mangas con vuelitos. La copa D fue encapsulada en sostenes reductores que hasta el día de hoy se me clavan en las costillas. Y aún así me amo. Me río. Aprendí a caminar cantando canciones de Shakira rumbo al metro, he ido perdiendo el pudor, me he ido amando. Pero cuesta demasiado unir ese amor mental, etéreo a lo que soy y pienso, al molde que me lleva, que me contiene y transporta a todos lados.

Pienso en eso, y veo por vez número mil la foto de la chica que pesaba 180 kilos y llegó a 60 en Instagram. Veo eso y aunque me ame, dudo. Dudo, porque mi penúltima nutricionista me quitó hasta el aire en la dieta. Dudo, porque aún sigo entrando a medias en los pantalones talla 46, dudo, porque una de las veces que posé desnuda una fotógrafa me cuestionó por tener algunas marcas en la piel, y zonas más oscuras por el sol, y estrías, y aunque estaba ante ella en un acto arriesgado y vulnerable de confianza, esa mujer me traicionó con sus palabras, y me sentí pequeña, muy pequeña y no volví a trabajar en ello.

A pesar de todas esas dudas me arriesgué igual. Me exhibí igual. Así lo hice siempre, pese a que el espejo me devuelve una imagen que no calza con cómo yo me veo. Aún me sigo odiando cuando otra persona me toma una foto, porque me siento ajena, que no hay nada ahí que me represente (y agradezco a la cultura selfie por permitirme sentir cómo soy a mis ojos, aún con toda su carga ególatra encima). Por eso, cuando Andrea me contó lo que le había ocurrido en Revista Viernes, me dio tanta rabia, tanta, que no fui capaz de reaccionar al llamado de inmediato. La empatía me traía también el shock de vuelta al pasado, a esa bata hermosa y reluciente que mentalmente nos va cubriendo y opacando a todas las que alguna vez nos sentimos inseguras de nuestro cuerpo justo en el momento donde íbamos a brillar.

Andrea no necesita nada de eso. Es de las duras, de las más duras que he conocido en esta hermosa residencia en Santiago. Es de las que se puede pasear hasta al más pedante sacohueas y esta vez tampoco decepcionó. Porque podría haberse callado y hacerse pequeñita, como a tantas de nosotras nos pasó cuando alguien nos hirió por este recipiente que nos contiene. Porque desde el privilegio no se ve la humillación. Y lo digo precisamente desde un privilegio: haber tenido educación. Y entonces se me vienen las palabras de mi madre cuando se entera que finalmente Mario deberá llamarse Karen, porque tiene vagina.

III

Y entonces,
¡Para qué naciste mujer!
Pronunció mi madre al parirme.

“Viniste a sufrir en este mundo de hombres
A bruxar los dientes,
A calzarte las medias rotas,
A abandonarte 4 días cada mes.

Viniste a ser llamada de mil maneras
Puta,
Perra,
Maraca

Viniste a ser celada,
Asesinada,
Herida,

Viniste a ser cuestionada
Por madre
O por estéril
Viniste a incendiar las sábanas de camas ajenas

Pero también viniste:
A mi vida a dibujar sonrisas
A equilibrar balanzas,
A encender los fuegos,
Viniste a batallar contra la ira del hombre sublevado,
Y junto con él a enseñarle,
Quien es capaz en su ímpetu mismo,
De elevar las mareas.”

Me pregunto nuevamente ahora, como también lo hizo Silvia… “Mi cuerpo ¿es mío?”. Y sí, es mío. Hoy lo abrazo, así como abrazo la pregunta primordial que se hizo Andrea, “¿A quién le molestó mi cuerpo abierto, exuberante, blanco, inmenso?” Y empezaré a aplicarlo como mantra. Porque nadie a quien moleste este cuerpo merece tenerlo, ni involucrarse con él.

Ilustración de portada: @kalogatias

Author

Periodista, Mg en Estudios de Género (c). Investigadora en violencia, medios de comunicación y cuerpos marginados.

  • Joselyn Barrales Acuña

    Hola, buen articulo, quería consultar el poema de quién es?

    • Karen Vergara

      Hola Joselyn, es mío también.
      Saludos!

      Karen