La obsesión por los marginales de Ortega me molestó en Caja Negra y también en posteriores trabajos. Son esos permisos que se otorgan los directores  argentinos para probarle a otros directores  argentinos que ellos sí están al tanto del país en el que vivimos. Pero la disociación de estilo de vida con verdadera clase social se tolera, como mucho, hasta los 30 años. Pero… los errores de juventud de Ortega fueron los míos. No se puede, ni se debe, abrir un juicio tan severo entonces.

En Lulú, Ortega no abandona su amor por los marginales (que no es lo mismo que el amor por lo marginal, dividido en lo local entre Caetano y Trapero) pero le gana el amor al cine y para eso se apoya en dos cosas: Buenos Aires como actriz principal y Nahuel Pérez Biscayart libre y descomunal.

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Filmar Buenos Aires es tan fácil que no se entiende porque los directores la hacen tan difícil. Por un lado, están los que borran todo tipo de rastro y la convierten en un spot publicitario a fuerza de planos ultra cerrados y casas manufacturadas en Buenos Aires Design (Winograd y la factoría Pol-ka) y después está el indie que la estetiza hasta donde le da y lo que le da es Palermo, o cualquier cosa que más o menos se parezca a Palermo (Acuña). Pero Buenos Aires es mucho más que eso, y es fundamentalmente su centro y los barrios que respiran a su alrededor. Nunca hubiese apostado que Ortega iba (en el marco de su generación) a ser el que conjura tan bien Manal/Billy Bond y la Avenida Corrientes. Pero lo hace  y su pulso documental le da una mano que se traslada a los bellos planos con la edificación de Lugano de fondo, Mataderos, los subtes y los bordes de Plaza Francia. Ortega asimila Buenos Aires como la asimilamos los que, por condena o por lujo, vivimos en ella. Cruzar la capital es ver un poco de todo y que ese todo encaje aunque entre en contradicción. Buenos Aires no es esquizofrénica, tampoco es marginal y tampoco es lujosa. Es Buenos Aires. Una ciudad compleja, que se despliega en cada viaje en colectivo y que pega un cambio en cada estación de subte. Es “Avenida Rivadavia” de Manal y el el grito de “Salgan al sol, idiotas” de Billy Bond.

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Después está la historia de Lucas y Ludmila, que ocupa un lugar marginal cool que no molesta porque es verídico y no se había tratado así en el cine argentino, aunque sí se vio en un referente de los directores locales, los hermanos Dardenne.  La referencia directa de Lulú es “El Niño”, pero Ortega logra salvar su película dándola aire desde la ternura y la gracia con otros referentes: Jules Et Jim, The Knack And How To Get It,  y algunos aires de Favio.  Esas inyecciones le dan un piso para que el pesimismo no derrote a Lulú y que las puertas de cierta fantasía se abran sin parecer inverosímiles. Así es como no está de más el hábito de Lucas (Pérez Biscayart) de andar revoleando tiros por ahí, sin que nadie se alarme o nada se le vaya de las manos.  A Ludmila (Ailín Salas, en un papel que la revela como una actriz al menos correcta) le toca cargar con la silla de ruedas que ilustra el poster y también con una pelea familiar que apenas se termina de develar sobre el final de la película y que no suma, pero tampoco resta

Pero si se trata de cargarse la película es Pérez Biscayart el encargado de hacerlo. Que es un buen actor no es novedad, pero que es un gran actor sí lo es. Sin tocar las fibras de los lugares comunes, su Lucas va navegando por la ciudad entre el capricho de robar sin dañar a nadie y el trabajo desolador de recolectar los sobrantes de las carnicerías. Hace una cosa de la misma manera que hace la otra: con una violencia que lejos de desbocarse, se controla, se retrae y finalmente se suelta cuando está harto. La vida debería ser más fácil pero no lo es, pero si nacer es una tragedia hay que llevar esa tragedia adelante.  Lucas que se fuga persiguiendo chicas en el subte, en la calle y en su departamento. Su manera de mantener affairs es extremadamente particular y su disposición para con el otro, su manera de seducir en realidad, es tan taxativa como desconcertante. Enamorado, lumpen, delincuente, curioso, trabajador, sacado. Muchos adjetivos que contienen muchas órdenes para un solo personaje. No irse de registro es una virtud; y transitar emociones sin pasarse de rosca es otra. Es interesante ver cómo se conjugan las dos en el cine local.

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Lulú desde ya tiene sus momentos fallidos y, a pesar de su brevedad, muchas veces parece caerse. Algunas cosas están demás (Melingo y su clarinete) y cuando se cuela el realismo mágico el film se resiente. Eso siempre responde a lo mismo ¿Sí o sí los directores argentinos tienen que escribir sus guiones?. Es una hipótesis, acertada o no, y es también una pregunta. Muchas veces, el talento para escribir no va necesariamente de la mano del talento para dirigir. Lulu tiene sus problemas de guión, como también tiene momentitos de diálogo muy brillantes, que se ven siempre en las películas de Ortega. Su necesidad de subrayar en escenas u objetos (el padre enfermo de Ludmila, su valijita que dice Bebe) las razones de sus personajes, parecen ser hija de la falta de tuerca para poner las cosas de manera más simple en pocas, pero justas, palabras.

Sacando eso, Lulu funciona y no está nada mal la grata sensación de entrar al cine pensando “Esto no me va a gustar” y salir pensando “Ey! Me gusto bastante eh”.

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Lulú de Luis Ortega

se puede ver en el Gamount

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Author

Helena es argentina, tiene el pelo más bonito que hayamos visto y una banda que se llama Los Galgos. En Twitter @losgalgos