Llegué a Joan Didion porque le conté a un amigo que mi vida estaba cambiando mucho. Él me dijo: tienes que leer “El año del pensamiento mágico”. Es la crónica del primer año de su viudez. Y su pensamiento es mágico porque es desquiciado, porque no responde a ninguna lógica, porque aunque sabe que su marido murió, desea que regrese e intenta torcer la realidad a favor de ese deseo y vive como si pudiese controlar que se concrete.

Y escribe con tanta lucidez su ceguera mental. Dice cosas como “yo había estado igual que los niños, como si mis pensamientos o deseos tuvieran el poder de darle la vuelta a la narración y cambiar los resultados” o “me sorprendí a mí misma preguntándome, sin experimentar sensación alguna de falta de lógica, si la cosa (la muerte de John) también había sucedido en Los Ángeles” o “yo no estaba preparada para aceptar que la noticia fuera definitiva: a cierto nivel seguía creyendo que lo sucedido todavía era reversible. Por eso necesitaba estar sola. Necesitaba estar sola para que él pudiera volver”.

Últimamente, pienso mucho en por qué soy tan ansiosa, por qué sufro por adelantado y antes de emprender cualquier proyecto, prefiero no hacer nada porque siempre avecino finales catastróficos. Entendí que eso es miedo. Como dijo el burrito de Shrek: el miedo es la respuesta sensible ante una situación desconocida. Joan Didion tiene miedo, está cagada de susto de vivir sin su marido, porque no sabe cómo vivir sola después de décadas de estar casada.

Entonces escribe: “Yo ya había comprendido, porque era una persona que había nacido con miedo, que en la vida había cosas que yo nunca tendría capacidad para controlar o dirigir. Que había cosas que simplemente sucedían. Y esta era una de aquellas cosas. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”. Enviudar es una situación desconocida. Vivir sin las personas que queremos es impensable. Pero nada es para siempre. Lo único permanente es el cambio. No sé por qué aunque una sabe eso, le teme tanto. Cuesta vivir, porque no se puede acomodar la vida al gusto propio.

Didion escribe sobre la ansiedad que da salir de la zona de confort, sobre ver la vida como una jungla descontrolada, sobre el pánico de no querer que nada cambie porque hay gente como ella y como yo, que pensamos el cambio como muerte y destrucción, y no como desarrollo natural del universo. En una parte, Didion dice: “como nieta que soy de un geólogo, aprendí muy pronto a tener en cuenta la absoluta mutalibidad de las colinas, las cascadas y hasta las islas. Cuando una colina se hunde en el océano, yo veo orden en ello”. Yo veo caos y horror. Entonces, igual que ella, aunque avance un poco, añoro tanto retroceder al lugar donde ya probé que puedo ser feliz. La candidez humana está en que al intentar retroceder, violamos “un precepto básico de la física moderna: resulta imposible ir hacia atrás en el tiempo”. Dicho de otro modo: “cuando acababas golpeando por otro coche era cuando intentabas dar marcha atrás”.

Lo raro es que aunque está paralizada de terror, Didion sabe que hay una sola solución para superar el miedo: “John nunca tenía miedo. Había que sentir el cambio del oleaje. Había que seguir aquel cambio”.

Es tan tonto que una viva pensando que la muerte es algo que le pasa a gente descuidada o desafortunada. Somos como esa tecnología desechable, creada para dejar de funcionar deliberadamente. Qué rara la idea de desaparecer, al morirnos o al morir la relación que teníamos con alguien. “Cuando lloramos a nuestros seres queridos también nos estamos llorando a nosotros mismos. A quienes éramos. A quienes ya no somos”, dice Didion.

Una belleza de libro. En su forma, en esa mezcla monstruosa entre novela autobiográfica, crónica y ensayo. Y en su fondo, en las verdades que comparte. No quería terminar de leerlo, pero se acaba, como todo en la vida.

Author

Periodista y autora de Quiltras